Descartes, ¿Dudar para qué?
Por Salvador Espinosa
@Meta_noesis
Si acaso hay alguna duda que haya
atravesado todas las capas de la realidad, esa es la cartesiana. Con la leyenda
del fundador del escepticismo, Pirrón, de quien se cuenta que, el poder de su
duda era tal que, con tan solo poner en tela de juicio el abismo que se le
presentase frente a él podía atravesarlo sin verse afectado ni por la caída ni
por la impresión de aquella oscuridad absolvente, no es ni por mucho
equiparable a la duda cartesiana. En la duda pirrónica cabe en la posibilidad
de desafiar las leyes naturales, concediéndole una suerte de poderes
sobrehumanos al filósofo; la cartesiana, por su parte, cruza los límites del
firmamento y, de acuerdo con él, accede al conocimiento de lo divino sin
necesidad de ir más allá de sí mismo.
¿Qué plantea la duda cartesiana?
Pocos saben que en ella tiene lugar el nacimiento del famoso método científico,
es paradójico que, pese a su cuna, hoy día parezca no reconocerla, incluso, la
niega. Como bien sale del manual, o más correctamente, de las reglas, poner en
tela de juicio es el primer paso para el conocimiento. Dudar para conocer, una
propuesta clara, la finalidad más asequible. Pero cabe preguntar, ¿conocer qué?
El mismo Descartes en su Discurso del
método narra la historia del origen de su ejercicio, la necesidad de un
camino frente a sus inquietudes del mundo. ¿Qué es el mundo? Se pregunta, y
consultando a los sabios conocidos se le revela que conocen muy poco o nada del
mismo, estudios que son castillos de arena. La finalidad está puesta y el
método también, lo que falta es llevar a cabo el ejercicio.
Aquí es donde la duda cartesiana entra
en acción. En sus famosas Meditaciones
metafísicas, Cartesio pone sobre la mesa que el mundo conocido comienza a
derrumbarse con tan solo hacer evidente de lo endeble de sus pilares: los
sentidos. La cuestión existencial que hay detrás de ello descansa en percatarse
no sólo en la confianza ciega que se le ha puesto a los mismos, sino también,
en como los juicios y las relaciones que se han establecido reposan en ello.
Alguna vez San Agustín expuso una duda semejante: ¿Cómo saber que su madre,
efectivamente, era su madre? Su duda muestra que los juicios empíricos flaquean
pues no hay modo alguno de hacer patente lo dicho, ya que no se es testigo del
nacimiento propio. Lo que se derrumba con esa duda es el sistema familiar, y lo
que se levanta es la sospecha, la desconfianza, la inseguridad que alguna vez
se habitó. Surge la necesidad de otro tipo de argumentación que permita
reconocer la identidad entre el hijo y la madre. Con Descartes, la duda
mantiene la misma esencia, demanda pruebas más contundentes de que el mundo
conocido es, efectivamente, el mundo.
Ahora bien, son tres momentos en lo
que la duda cartesiana escala (¿o desciende?) hacia la negación absoluta del
mundo: los sentidos, el sueño y, finalmente, el genio maligno. La diferencia
que hay entre el fundador del escepticismo y Descartes es que éste último
presenta una duda hartamente racional, y por consecuencia, convincente. Dudar
del mundo porque los sentidos no dan ninguna garantía de certeza es una
experiencia cotidiana, es común equivocarse sobre las afirmaciones que se hacen
en un día: “ya va a llover”, “las llaves están en el buró”, “Juanito me ama de
verdad” entre otros tantos ejemplos. No es difícil realizar un examen sobre
cuantas veces uno se equivoca sobre las aseveraciones diarias; apenas uno se
percate de su falta de credibilidad y se anda con cuidado, realizando
aseveraciones que más bien caen en la probabilidad, pues de ese modo, si se
equivoca, no quede mal parado y su reputación sea la de alguien prudente, y si
le atina, sea algo cercano a un sabio.
Sin embargo, es en la cuestión del sueño es donde el asunto hace que el mundo comience a desbordarse, pues, si con la cuestión de los sentidos se habita una desconfianza e inseguridad, es en el sueño donde el mundo, o lo que se nombra como realidad, se desdibuja y no descansa en el miedo de que las cosas no sean como son, sino más bien de que las cosas no sean en absoluto. De acuerdo con Descartes, así como en el estado de vigilia, en el sueño también hay sensibilidad; la experiencia del sueño resulta tan nítida en ocasiones que podría decirse que en el sueño se vive otra vida. ¿Cómo es posible que en el sueño se sienta si el cuerpo no es perturbado por los objetos? Lo que la presencia de los sueños presupone es que el origen de la sensibilidad no reside en los sentidos sino el algo diferente de ellos, ya que el sueño puede generar su propia sensibilidad a expensas de los oídos, los ojos, los brazos y el tacto. ¿Cómo se puede ver en los sueños si los ojos están cerrados? Para este punto, la línea que trazaba la diferencia entre el estado de vigilia y de sueño ha desaparecido, no se puede saber cuándo se sueña y cuando no. Pero más perturbador, no se puede saber qué es eso de la realidad, del mundo, si acaso tiene existencia o no la tiene. A diferencia de un psicoanalista, que se inquieta por el significado de los sueños y se afana en su interpretación, el filósofo va un paso más lejos y no es el contenido de los sueños lo que le interesa, sino lo que la presencia del sueño pueda implicar en el mundo. La desaparición entre los límites del sueño y la vigilia sumergen a cualquiera en un ciclo infinito de incertidumbre, un sueño del que no se puede despertar por más que se intenten abrir los ojos, o peor aún, en la inconsistencia del mundo mismo. Se podría abrir una puerta y estar de un momento al otro del día a la noche entre habitaciones, pasar del exterior al interior, cualquiera y ninguno resulta conocido, un engaño absoluto.
Finalmente, con la propuesta del
genio maligno, Descartes va más lejos del sueño; por una parte, trata de
retomar la duda en vista de que existe un argumento suficiente para volver a
separar el sueño de la vigilia, que consiste en que no hay sueño que no tenga
como material la realidad, rescatando el mundo por consecuencia. Pero con la
hipótesis del genio maligno, el filósofo da un salto más allá de los límites
del conocimiento. Quien es creyente, coloca toda su confianza en que el mundo
es una suerte de creación de este ser divino, y que los acontecimientos dentro
y fuera de éste son parte de su obra divina, planeados por su infinita
sabiduría, de modo que todo lo que pasa, acaece por una razón, incluso, las
situaciones funestas. Pero la apuesta del genio maligno, reduce la totalidad
del mundo a un engaño. Toda una obra compleja: el sol, la luz, las estaciones
del año, el nacimiento y la muerte, son orquesta del genio que dispone sus
esfuerzos en engañar. El mundo como la más grande ilusión. Detrás de cada cosa,
una nada absoluta.
Esta es la duda más profunda del
filósofo, y pese a serlo, también es la menos reflexionada. Los esfuerzos de
sus contemporáneos y filósofos posteriores a él se afanaron en refutar el
famoso argumento ontológico. Pero no es ese donde reside el peso de la
meditación, sino en todo lo que acarrea consigo la hipótesis del genio maligno.
En el fondo de la duda cartesiana, lo que se esconde no es saber sobre si se
puede fiar uno en los sentidos, o si el sueño y la vigilia se pueden diferenciar,
sino que es la verdad en sí lo que
está en juego. Preguntar por el mundo o la realidad es preguntar por la verdad,
¿Qué es el mundo? Equivale a dilucidar su comprensión, es decir, acceder a
aquello que en toda su naturaleza es lo que es. Percatarse que en la idea de lo
verdadero es donde reposa todo conocimiento es mirar el punto de anclaje de la
totalidad. ¿Qué es la verdad? Equivale a preguntar por cualquier otra cosa. No
hay pregunta que se enfoque en encubrirse a sí misma, es decir, no existe pregunta
que no tenga como pretensión el saber la verdad, en todo caso no se formularia,
pues, por naturaleza, el preguntar avecina la verdad. ¿Quién soy yo? Es una
pregunta que busca develar el significado de sí. Pero como el mundo ha caído el significado de
la verdad ha quedado en total vacío, ¿Cuál es el significado de la verdad? Es
la cuestión del fondo de la duda cartesiana. Si la finalidad del dudar es
conocer, lo que está en juego es el fundamento del conocimiento en sí.
Pésimo texto.
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