Cuando el placer ya no basta, caída y renacer de Siddhartha


Por Arthur Cuevas

@arthurcaves

<<“Just ’cause you feel it, it doesn’t mean is there”>>


A lo largo de la historia, tanto tradiciones espirituales como filosóficas nos advierten del peligro que representa el deseo desenfrenado. No por una negación del placer, sino porque el alma humana corre el riesgo de perderse cuando se identifica por completo con los objetos de deseo que ofrece el mundo exterior. Esta tensión entre lo interior y lo exterior, entre el goce y el vacío que le sigue, se encuentra en el corazón de Siddhartha de Hermann Hesse. Especialmente en la segunda parte de la novela, cuando el protagonista renuncia a su vida contemplativa para hundirse en las exquisitas tentaciones mundanas. 

Siddhartha, el más hermoso, el más talentoso, aquel que se nutrió del ascetismo con los Samana y escuchó las enseñanzas de la viva voz del Buda, renuncia a toda doctrina y elige aprender directamente de la vida. Para ello abandona el bosque -que había sido su hogar- y se dirige a la ciudad. Una vez ahí observa a un grupo de sirvientes que se dirigen hacia un huerto. Sobre sus hombros cargan a la hermosa y refinada Kamala. Siddhartha queda admirado por la belleza de la cortesana y “su corazón se regocija”. Ambos cruzan miradas y el Samana se inclina ante Kamala y le sonríe. Ella responde al saludo mientras se adentra en el huerto. 

Seducido por el perfume de Kamala, nuestro protagonista se dispone a entrar, a como dé lugar, al huerto para encontrarse con la mujer que flechó su corazón. Mas por las miradas de desprecio que le lanzaron algunos sirvientes al verlo, se da cuenta que no puede entrar al sitio en las fachas de un Samana, así que se las arregla para afeitar su barba, aceitar su cabello y tomar un baño en el río. 

Su astucia y mejor apariencia lo llevan hasta el interior del palacio de Kamala. Ahí Siddhartha se dispone a hablar con Kamala y le pide que sea su amiga y maestra. De ella quiere aprender todo sobre los placeres del amor. Kamala lo escucha detenidamente, pero le resalta que ante ella han venido muchos varones jóvenes para pedir lo mismo, sólo que a diferencia de Siddhartha, ellos poseen “las más finas ropas, los más finos zapatos, perfume en su cabello y dinero en sus bolsillos”. 

A partir de este momento, Siddhartha empieza a aprender de Kamala: 

“- Me considerarás un alumno aplicado, Kamala. He aprendido cosas más difíciles que las que tú tienes que enseñarme. ¡Así que Siddhartha no es lo suficientemente bueno para ti tal y como es, con aceite en el pelo, pero sin ropa, sin zapatos y sin dinero!” 

Ante estas palabras, Kamala ríe y afirma: 

“- No, todavía no es lo suficientemente bueno. Debes tener ropa, vestir elegantemente, y zapatos, de los más finos, y mucho dinero en tus bolsillos, así como presentes para mí. ¿Lo sabes ahora, Samana del bosque? ¿Lo comprendes?” 

Siddhartha responde afirmativamente. Tras la recitación de un poema, un beso y una breve conversación en la que Kamala descubre que el Samana sabe leer y escribir —habilidades poco comunes entre la mayoría de los habitantes del pueblo—, nuestro protagonista pregunta dónde puede conseguir las tres cosas que Kamala le solicitó para aceptarlo como su amante. La charla se interrumpe por una visita inesperada. Kamala le pide a Siddhartha que se reúnan al día siguiente. Antes de despedirse, ella le regala una túnica blanca y ordena a uno de sus sirvientes que lo acompañe discretamente a la salida, asegurándose de que Siddhartha abandone el lugar sin ser visto.


En el encuentro siguiente, Kamala envía a Siddhartha con Kamaswami, de quien aprende el oficio de comerciante. Gracias a este aprendizaje, Siddhartha acumula riquezas, disfruta de lujos y se entrega a todos los placeres del mundo material. Vive con éxito en ese entorno. Y tal como habían acordado, Kamala finalmente lo acepta como su amante y le instruye en el arte del amor. 

II 

La metamorfosis de Siddhartha es radical, pero se suscita gradualmente. Si bien goza del amor de Kamala y del éxito mundano, no obstante sus habilidades espirituales -pensar, esperar y ayunar- menguan, marchitando así su alma. De este modo, Siddhartha se pierde a sí mismo, se ahoga en los placeres sexuales, de la bebida y la adicción a las apuestas en el juego de dados. 

“[...] Cuando veía su rostro reflejado en el espejo de la pared de su dormitorio, más viejo y más feo, cada vez que le invadían la vergüenza y las náuseas, huía de nuevo, huía hacia un nuevo juego de azar, huía confundido hacia la pasión, hacia el vino y, desde allí, volvía de nuevo al impulso de adquirir y acumular riqueza. Se agotó en este ciclo sin sentido, envejeció y enfermó.” 

Este ciclo de placer y dolor ahogó el corazón de Siddhartha en una miseria profunda que le impedía dormir. Es en esta etapa en la que Hesse nos muestra una escena que resulta inquietante. Siddhartha sueña que Kamala tiene en un jaula de oro a un ave poco común. El pájaro solía cantar todas las mañanas, no obstante, repentinamente su trino deja de escucharse, así que Siddhartha se dirige a la jaula para ver qué había sucedido: 

“El pajarito estaba muerto y yacía rígido en el suelo. Lo tomó, lo sostuvo un momento en su mano y luego lo arrojó a la calle, y en ese mismo instante se sintió horrorizado y el dolor se apoderó de su corazón, como si junto con ese pájaro muerto hubiera arrojado todo lo bueno y valioso que había en él.” 

Una inmensa tristeza hirió el alma de Siddhartha al despertar de este sueño: 

“Le parecía que había pasado su vida de una manera inútil y sin sentido; no había conservado nada vital, nada que fuera valioso o digno de mención.” 

Este episodio es profundamente simbólico. El pájaro representa el alma de Siddhartha, aprisionada por su nueva vida de riqueza y sensualidad. Y su muerte dentro de la jaula expresa la pérdida del sentido. El silencio del pájaro es el silencio del espíritu. Siddhartha, que antes había sido libre, está ahora encerrado en su propio Samsara, cautivo en un ciclo de deseos que solo alimentan más vacío. 

III 

En muchos sentidos, hemos seguido el camino que recorrió Siddhartha. Aquellos que hemos sido rechazados no por lo que somos, sino por no cumplir con las expectativas materiales que parecen indispensables para ser deseados e inclusive, amados. Nuestra Kamala, ya no sólo es aquella refinada cortesana que seduce con su encanto, sino un reflejo de esa exhaustiva búsqueda constante de conquista. Ya sea en la validación a partir de la aprobación de terceros, la caza de nuevas experiencias y placeres fugaces, el juego de la aprobación en redes sociales o la acumulación de seguidores. 

Hemos errado, al igual que Siddhartha, al querer medir nuestro valor en el número de likes, en la persona deseada, en la validación externa, pensando que ahí encontraremos algo real. En cambio, la conquista y la acumulación solo dejan un vacío profundo, una fatiga del alma que ninguna aprobación externa, sea personal o digital, puede llenar.

A pesar de ello la enseñanza de este libro va más allá de simplemente señalar la problemática. Hesse no condena el placer, como podría parecer a simple vista. Más bien lo que muestra es un enfoque más complejo: el extravío de uno mismo cuando ese placer se convierte en el centro de la existencia. Siddhartha no está simplemente aburrido de su vida; lo que ha vivido lo ha destrozado por dentro. Su búsqueda desenfrenada de placeres, de éxito material y sensorial, lo ha apartado tan profundamente de su esencia. 

Siddhartha, entonces, decide renunciar a todo lo que ha acumulado. Deja atrás a Kamala y se despoja de sus posesiones materiales. En un acto de completa ruptura, se aleja de la vida que había conocido hasta entonces, convencido de que la única salida era la muerte. Se dirige al río, como último refugio, dispuesto a terminar con todo. Siente que nada tiene sentido, que el vacío que lo consume es más grande que su propia existencia: 

“- ¡Que los peces devoren a este perro de Siddhartha, a este loco, a este cuerpo corrupto y podrido, a esta alma perezosa y maltratada! ¡Que los peces y los cocodrilos lo devoren, que los demonios lo hagan pedazos!” 

Es en ese instante de desesperación, cuando ya no queda esperanza, cuando Siddhartha escucha de nuevo la palabra sagrada: Om. Este sonido, que en muchas tradiciones orientales representa la unidad del universo, no le llega desde el exterior. Resuena desde dentro de él, como si todo lo vivido, incluso lo más degradante, lo hubiera conducido de vuelta a su verdadero ser. Es un renacer, un regreso a lo esencial. 

Quizá esa sea la enseñanza más profunda de Hesse, es decir que no hay iluminación sin haber atravesado el mundo, sin haber probado sus placeres, sus trampas, sin habitar sus jaulas doradas. El camino espiritual no es un rechazo del mundo, sino una forma más alta de habitarlo. Para despertar, primero hay que dormirse. Para liberarse, primero hay que reconocer la propia esclavitud. 

En nuestro contexto actual, dominado por la saturación de estímulos, el hiperconsumo, la tiranía del algoritmo y la constante gratificación instantánea, la historia de Siddhartha es más relevante que nunca. Muchos de nosotros vivimos atrapados en ciclos de placeres fugaces, buscando satisfacción en cada notificación, en cada me gusta o en el siguiente objeto de moda. Pero, lejos de llenarnos, esos placeres nos vacían. Cada scroll en las redes sociales, cada compra impulsiva, cada dosis de dopamina inmediata, nos aleja más de lo esencial. Y mientras más nos sumergimos en este ciclo, más olvidamos el silencio interior, ese espacio donde aún resuena el Om y el ave que canta en nuestra alma se silencia un poco más. 

¿Dónde está nuestro Om? Quizá no lo encontramos necesariamente en los templos ni en los dogmas. Tal vez está en lo pequeño, en la atención al presente, en la contemplación, en la creación artística, en cocinar para alguien que amamos, en sentarse junto al río —real o metafórico— y simplemente escuchar. 

Hermann Hesse no nos da respuestas, pero sí una imagen poderosa, una imagen del ser humano que ha caído tan profundamente en el mundo que solo el recuerdo de la unidad puede salvarlo. Nos recuerda que la libertad no se encuentra en el rechazo del placer, sino en no perderse dentro de él. En recordar, aun en el corazón del ruido, que somos más que lo que deseamos.


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