Conociendo a Sherlock Holmes, el personaje que eclipsó a su creador
Por Rubén Gómez
Sherlock Holmes
es un personaje que no necesita presentación. Pues seguramente todos hemos
visto en el cine o la televisión alguna adaptación o parodia del detective
consejero consultivo más famoso de Londres: desde las adaptaciones en dibujos
animados hasta las más recientes y elaboradas producciones de la BBC. Sin
embargo, a diferencia de Holmes, Arthur Conan Doyle es un autor del que muy
poco o casi nada se sabe, y que sí requiere presentación. Tal vez a Conan Doyle
le ocurrió como a otros tantos autores que desaparecen o son eclipsados por la
magnanimidad de sus obras y/o personajes.
Sir Arthur nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo, Escocia,
lugar en el que fue pionero como piloto de carreras, practicaba cricket, box y
en cuya universidad terminaría por estudiar y graduarse en Medicina. No
obstante, los primeros años de su ejercicio profesional como médico no fueron
los más prósperos ni los más exitosos. De modo que fue en marzo de 1886, en
medio del desolador escenario que suponía su consultorio desierto ubicado en
Portsmouth, donde Arthur Conan Doyle empezó la redacción de la primera novela
protagonizada por Sherlock Holmes: Estudio en escarlata (1887)
Por su parte, de acuerdo con una conexión entre tres relatos
del llamado Canon holmesiano, (compuesto por las cuatro
novelas y los cincuenta y seis relatos cortos): Su última reverencia en
el escenario (1917), La casa vacía (1903) y El
círculo rojo (1911), es posible inferir que Sherlock
Holmes nació el 6 de enero de 1854. Quizá el hecho de que en dicha cronología
su edad y la de su creador sean tan cercanas, orilló a más de uno a conjeturar
que el Dr. Watson no era sino un pseudónimo bajo el cual, Arthur Conan Doyle
pretendía disimular inútilmente sus relaciones con el verdadero Sherlock
Holmes.
Acaso sin darse
cuenta, sin pretenderlo o siquiera imaginarlo con esa primera novela, Conan
Doyle iniciaba la consumación del sueño de muchos escritores: crear un
personaje que se escapara de las páginas de los libros y se consagrara
indeleble en la memoria de los lectores y, que inclusive, nos volviera confusos
los límites que separan la realidad de la ficción. Esta última consideración
encuentra fundamento en la excéntrica, pero brillante personalidad que el autor
inventó para su famoso detective y de la cual hace una gala inigualable en cada
uno de los casos narrados por el incondicional Watson.
A título
personal, puedo decir que como lector de los relatos escritos por Doyle, uno se
siente tentado a suponer –con numerosos y razonables argumentos- que Sherlock Holmes
fue más que un mero personaje de ficción; que su personalidad tan
autosuficiente, estoica, sensata, racional, con un halo de filosofía en sus
observaciones, de un amplio dominio en el terreno de la química y de la
mecánica criminal, así como de sus notables facultades físicas para el boxeo,
la esgrima y el violín, no puede ser ficticia.
Sin duda, un
elemento que abona de forma sui géneris en la suposición de un personaje como
Holmes más allá de las páginas que relataban sus andanzas por el Londres victoriano,
es el papel desempeñado por su principal antagonista: El Dr. James Moriarty.
Profesor emérito de matemáticas, investigador destacado en el campo de la
astronomía y el genio criminal que encabezaba un sindicato secreto de
criminales que extendía sus tentáculos por todos los rincones de Inglaterra. El
napoleón del crimen era como el propio Holmes había bautizado a su antítesis en
las líneas de El problema final (1893)
Ningún otro
relato ilustra de forma tan clara la oposición entre Holmes y Moriarty como lo
hace éste, texto que culmina la serie de narrativas compendiadas en Las
memorias de Sherlock Holmes. Aquí, leemos los pormenores de la última
confrontación entre ambos personajes: el asalto final de una esgrima de
inteligencias, los movimientos conclusivos de una larga partida de ajedrez. Tan
sublime como irreal resultó el final para ambos en esta historia, que la
mayoría de los asiduos lectores de los casos de Holmes en The Strand
Magazine se negaron rotundamente a aceptar que aquellas líneas pudieran
significar el final de su detective consejero consultivo favorito.
Fueron poco más de tres años los
que duraron las peticiones, las cartas de solicitud, las amenazas y protestas
contra Arthur Conan Doyle y Strand Magazine para que el nombre de Sherlock
Holmes volviera a figurar entre los relatos que el público británico pedía a
gritos. Una vehemente exigencia de los lectores por diferentes medios puso la
presión suficiente sobre la editorial para que ésta a su vez, motivara la pluma
de Conan Doyle de la mano de una muy buena oferta editorial.
Fue
así, como la celebración y el júbilo se extendieron entre los seguidores de
Holmes, habían logrado su cometido: una resurrección literaria. Los apellidos
de Holmes y del Dr. Watson aparecerían nuevamente en La aventura de la
casa vacía (1903) y en El sabueso de los Baskerville (1903).
Relatos que marcaron el inicio de una nueva serie de pesquisas protagonizadas
por ambos y que están esperando con las páginas abiertas nuestra
curiosidad.
Quizá, el único error de Arthur Conan Doyle fue dotar de tantas gracias
a su creación, a su hijo literario, al personaje que terminaría por subsumirlo
y absorberlo, pero que al mismo tiempo, lograría encumbrarlo en cimas
extraordinarias que conservan viva su memoria. A veces, tanto en la vida como
en la literatura, la justicia se muestra escurridiza y parece no compensar a
quien lo merece, pero no hay creación sin creador, y mientras la figura de
Holmes siga vigente, Sir Arthur Conan Doyle seguirá inmortalizado en la memoria
de sus lectores.

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