Cartas a la Luna
Por Rubén Gómez.
"Moonlight by the Sea", de Harald Oskar Sohlberg
Un recuerdo se abre paso con pujanza entre mis pensamientos, una vehemencia que parece desmentir la titubeante convicción para decir adiós. Y es que, cada vez que mis pasos me ponen sobre la ruta que recorría hacia tu casa, ahí, donde nos olvidamos del mundo, resulta inevitable el resquemor que genera la sombra de tu nombre. Hace un rato te me viniste a la memoria, primero como unos labios, luego como unos labios más un rostro iluminándose con una sonrisa que no hizo sino despertar los detalles más minuciosos que ornamentaban el resto de tu figura.
Recordé también algunos de los mejores momentos: tú como protagonista
de esos días que han dado a mi vida verdaderos tintes de epopeya, porque así
fue como fui todos los hombres que te habían amado, y tú, todas las mujeres que
quise tener. Una falta que me deja aturdido, con una inmensa sensación de
pérdida. Te siento como un hoyo en el estómago, como un nudo en la garganta,
pues tanto en uno como en otra es donde aflora mi añoranza.
A la par de toda esa vorágine, volví a sentir tu pelo entre mis manos, recordé tus ojos cerrándose contra mi pecho y me dolió como nada parecido tu ausencia, tu falta, la corporal y la sentimental. Entre todo esto, compruebo una vez más que el amor es menos intenso que la nostalgia de saberlo lejano, y cuando no, perdido. Aprieto mis manos entre sí, y evito escribirte, escribir tu nombre, nombrarte y llamarte.
Y tratando de pagar algo de la fidelidad que le debo a una de las
primeras promesas que te hice en nuestras conversaciones es que te rindo estas líneas,
porque dije que te escribiría, como prosa o como poesía, así es como devuelvo un poco de lo
que aquí has dejado. Cuidando siempre de guardar cualquier indicio que pueda
orientar a tu identidad, porque si lo has notado, no he mencionado ni el color
de tus ojos, ni la disposición de ciertos lunares, ni la longitud de tu
cabello.
Lo que de estas líneas importará es su historia, no los nombres con
los que nos llamábamos entonces. El lector solo sabrá que un “yo” y un “tú” dejaron de verse
alguna vez. Aunque ciertamente, no es todavía una promesa acabada, toma esta retahíla de palabras como el comienzo de la misma.
Pues así como el segador arranca por igual la cizaña y las flores más hermosas, así he de extirpar la belleza de los recuerdos a la par de esa amargura dulzona que queda cuando vuelvo hacia ellos. Quizá, en otro momento, cuando la nostalgia le gane la partida a la ecuanimidad, regrese sobre estas inconclusas líneas a seguir aniquilando, con palabras, las mayúsculas simpatías que todavía albergo por la Luna.
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