Epistolario para un adiós II: Soren Kierkegaard y Regina Olsen
Por Rubén Gómez
«Románticos somos, ¿Quién que Es, no es
romántico?»
Así
reza el primer verso en la penúltima estrofa de La canción de los pinos, composición de mi tocayo, Rubén Darío. Un
planteamiento que no es descabellado si consideramos que tanto en Oriente como
en Occidente, las religiones, la pintura, el cine, las charlas de café y la
literatura -dramática, trágica y cómica-, lo han dicho, aparentemente, todo
acerca del amor.
Diera
por tanto la impresión de que ya no hay nada nuevo qué decir, que no hay
aspecto del que no se haya hablado con antelación; sin embargo, detrás de esos
espejismos de familiaridad se ocultan otros aspectos inusuales y no poco
extraordinarios de este sentimiento. Quizá, la mayor relevancia que le
adjudicamos al amor radica en el hecho de que casi todos nuestros esfuerzos y
proyectos, así como los de nuestros semejantes, están íntimamente motivados por
él.
Pero,
¿Qué ocurre cuando los azares o circunstancias particulares de la vida impiden
que dos que “se aman” no puedan estar juntos? ¿Qué pasa cuando alguien que amó
a otro, que hasta determinado día y hora compartió su calor, su compañía y su
presencia, pierde todo ello en algún punto? Así como hay una serie de gracias
inherentes en la experiencia amorosa, también diríamos que hay un amplio
repertorio de dolores en su ausencia.
Aproximarnos
al estudio de la separación amorosa significa estudiar la presencia de la muerte
en nuestra vida, sostiene Igor Caruso. En cierto modo, la separación es la irrupción de la muerte entre los vivos, pues
implica dar “muerte” a la conciencia de un viviente en un viviente.[1]
Sin
embargo, de entre todos los escenarios que se vuelven asequibles una vez
liquidada una relación, aquí hablaremos solamente de uno.
De
ese que se caracteriza por el lento extrañamiento que viene tras el
distanciamiento, ese proceso largo y penoso, semejante a una enfermedad
crónica, un proceso abortivo que hace del olvido un agregado inherente. Un
sacrificio difícil en pro de una pretendida mejor
conservación de los intereses para las partes involucradas. Una forma de
separación que perfectamente puede ser ilustrada por la pasión y los
sentimientos desplegados por Soren
Kierkegaard en la suma epistolar que remitió a Regina Olsen, en sus Cartas de noviazgo.
A través de las misivas que conforman dicho epistolario resulta posible establecer que la carta se convierte en un elemento que favorece la personalización de los sentimientos, pues en ella, escribir significa escribirse, cuál si fuera otra manera de amar.
La correspondencia amorosa alberga la peculiaridad de crear un escenario sui géneris; desde el instante en que el remitente escribe volcando su ser de amante y enamorado sobre la imagen de su amada, aquel momento en que alimenta el movimiento de su pluma con recuerdos, añoranzas y expectativas: ¿Qué hará mi amada cuando reciba y lea esta carta? ¿Cuáles serán las emociones que aflorarán en su rostro a medida que desplace su vista línea tras línea, palabra tras palabra? ¿Amor? ¿Ternura? ¿Compasión? ¿Reciprocidad? ¿Qué estaré haciendo yo entretanto?
Bajo
dicho preámbulo, se comprende que el halo de misticismo generado alrededor de
la figura de Regina Olsen estuvo motivado, en gran medida, por la construcción
literaria que Kierkegaard realizó en torno a ella. Cada una de esas sublimes
misivas terminó auspiciando y exaltando
con grandilocuencias fascinantes las gracias que él percibía de y en su amada.
Bien podría decirse que Kierkegaard no es diferente de un hechicero que acabó
siendo hechizado por sus propias hechicerías, embelesado por los propios encantos
literarios con que ornamentó la silueta de su amada.
Y
para muestra de ello, hay más de un pasaje en el cual, queda ilustrada la vehemencia
de los sentimientos que Kierkegaard profesaba a Regina, como en el caso de la
carta 9, en la que escribía:
Esta carta no tiene fecha y no puede tener una ya que lo esencial de su contenido es la conciencia de un sentimiento presente en mí en todo instante, aunque en todas las tonalidades diversas del amor, pero que, por esa razón, no está presente en un momento particular opuesto a otros (no a las 10 o a las 11 horas exactamente, no el 11 de noviembre opuesto al 10 o al 12). Este sentimiento, en efecto, rejuvenece sin cesar, es eternamente joven […] Ya que esta carta no tiene fecha y puede entonces ser escrita en cualquier momento, también puede ser leída en cualquier momento; y si alguna duda te atormenta a la noche, entonces también puedes leerla; pues en verdad ni un solo instante he dudado de que yo pueda llamarte “mía”.
Siguiendo
con esta misma relación, no resulta descabellado recuperar esa expresión griega:
Άνθρωπος έρως είναι Θεός (que el
hombre enamorado se siente como dios) y que, de cierta forma, aparece
parafraseada en El banquete de
Platón, particularmente en el discurso de Fedro (180ab). A través del cual,
Fedro sostenía que es más dichoso el amante que el amado, porque el primero es
justamente el que manifiesta en su ser y hacer, estar poseído por un dios.
Asunto que Kierkegaard describe también a su modo:
El dios toma esa forma, o más bien derrama sobre ti un sueño
sagrado y te conduce a mi lado sin saberlo tú; sólo lo sabes cuando mi carta te
informa de su visita; y los dos le damos gracias a él, al dios a quien debemos
tanto y que dispensa tan generosamente sus favores a todos aquellos que ruegan
pero “no exigen”.
Es
posible identificar otro guiño sutil a Platón, en tanto que Kierkegaard también
entendería el amor como esta suerte de perpetuo deseo por completarnos con el
otro, por restituir con él, la unidad originaria. Esa que una vez fue encarnada
por los andróginos. Pero que como en el mito platónico, es una unidad efímera,
la dicha que se alcanza en esa sensación de completitud otorgada por la comunión
con el otro, eventualmente se disuelve; el aburrimiento, el hartazgo o la
muerte son meros agentes de este -aparentemente- inexorable proceso. Y el caso
de Soren Kierkegaard y Regina Olsen no fue una excepción.
De
los dulces versos y de las magníficas analogías desplegadas a través de casi
todas las cartas, llegamos a una serie de raquíticas líneas en extensión y
profundidad, que reflejan la agonía de un sentimiento que se anuncia en
oraciones como ésta, en la carta 26:
Aunque hoy el instante nos haya negado su ayuda, aunque al
escribir esta carta el momento no haya
llegado todavía, recuerdo sin embargo todo esto como un pasado muy lejano donde
el dolor pierde su aguijón y donde persiste una melancólica dulzura.
Palabras
que no eran, sino la antesala de lo que vendría después: la ruptura de su
compromiso nupcial -que apenas duró poco más de un año- el 11 de octubre de
1841 y la partida de Kierkegaard a Berlín dos semanas más tarde.
Pese
a la distancia que suponía su estancia en la capital alemana y aún con las
constantes ocupaciones que le implicaban sus estudios de filosofía con
Schelling y Hegel, Kierkegaard conservó sus interés en Regina, enterándose de
su vida indirectamente a través de la correspondencia que mantuvo con su amigo
Emil Bosen. Esto le escribía al susodicho el 31 de octubre de 1841:
¿Cómo estás tú? ¿Cómo está aquélla a quien no quiero nombrar aunque espero que tus cartas me den algunos detalles? Cuéntame las novedades. Pero el más profundo silencio debe reinar sobre esto. No dejes que nadie sepa que deseo novedades […] ella no debe sospechar que me inquieto por su causa.
Lo
que sigue de esta historia es la ejemplificación de una separación aceptada por
ambas partes como un sacrificio complejo en el que la pasión y el amor son
depuestos o sacrificados en pos de una especie de deber represor que
Kierkegaard le expresa a Bosen en su misiva del año nuevo de 1842 de la
siguiente forma:
Yo la habría aniquilado si le hubiese dejado adivinar mi vida
llena de horribles tempestades para decirle entonces: “Es por eso que te
abandono”. Hubiese sido vil iniciarla en mis tristezas sin ayudarla a soportar
el choque recibido.
A
través de las epístolas restantes de Kierkegaard a Bosen, se vislumbran algunos
atisbos de lo que Caruso llamaría “una
recíproca sentencia de muerte” esto es, un símbolo: cuando uno condena a
muerte al otro en su conciencia, la sentencia es ambivalente, también uno muere
gradualmente en la conciencia del otro. Y mientras sigamos vivos, somos como un
cadáver, una mera silueta pálida, un rostro borroso, un aroma que se disipa,
una sonrisa que se extingue en la memoria del otro, en ese que amé y que
-quizá- me amó.
Simbólicamente,
Tánatos le ha ganado la partida a Eros.
[1]
Crf. Caruso, Igor, La separación de los
amantes, siglo XXI, México, 2019, pág. 12
Otras referencias:
1.- Caruso, Igor, La separación de los amantes, siglo XXI,
México, 2019
2.-
Kierkegaard, Soren, Cartas del noviazgo,
Fontamara, 2001
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