De los mitos de ayer y hoy
Por Miguel Ángel Lugo
Síguelo en @lugoconnor
Los cielos pálidos y los
descorazonados fríos del invierno han ido cediendo poco a poco su lugar a
ambientes más cálidos, húmedos y coloridos. En un par de días Perséfone podrá
reunirse nuevamente con Deméter, su madre, y ella agradecida traerá fertilidad a
la tierra haciendo que todo florezca. Después de seis meses separadas a causa
de las trampas de Hades, dios del inframundo, al fin sus tristezas concluirán y
su alegría llenará todo aquello que tiene vida.
Habrá llegado entonces la primavera…o al menos eso pensaban los antiguos
griegos.
Para nosotros, que vivimos en el
siglo XXI, una historia como la anterior puede parecernos entretenida,
ingeniosa e incluso bella, pero de ninguna manera verdadera. En su lugar, si
alguien nos pregunta sobre las estaciones del año, daremos una explicación
científica, hablaremos de los movimientos de la Tierra, de la posición del Sol,
etc. Bajo ningún escenario recurriríamos a un mito. Nos parecería vergonzoso
hacerlo y nos consideraríamos incluso inferiores a los griegos (o a cualquier
civilización antigua que ocupara mitos) pues ellos creían en estos relatos
porque no se cuestionaban lo suficiente, porque su razonamiento era limitado y
porque no tenían las herramientas necesarias para comprender la realidad. Nadie
dudara en decir que el hombre de nuestra era, iluminado por el conocimiento y
la tecnología no puede caer en este tipo de explicaciones.
Sin embargo, las cosas no son tan
sencillas como parecen y quedarnos en esta oposición entre el Mythos y el logos (entre los relatos fantasiosos y la razón) es ignorar por
completo la esencia de ambos términos. Para entender esto, tendríamos que ir un
poco más allá de la definición clásica del mito como un relato ordenado,
escrito en prosa y que narra la vida de los dioses. Kirk, en su libro El mito[1], nos apunta que un mito conlleva tantos
elementos en él que reducirlo a su forma o un eje temático sería dejar fuera
gran parte de los relatos míticos. Por su parte, y dado que Mythos se nos muestra como un término
problemático, Kerenyi[2]
apuesta por estudiar la Mythologein, la
mitología, esto es, pasar de estudiar lo producido, lo creado (un mito) y
estudiar la actividad creadora (la mitología). Así, se nos abre un panorama más
amplio que nos permite entender un poco la experiencia que tenían de los mitos
las civilizaciones antiguas.
La mitología es entonces un tipo
de creación, pero, siguiendo los apuntes de Kerenyi, "se la denomina así
sólo por analogía con algo ya existente, se la concibe siempre como su
continuación. Presupone una mythologia anterior, de algún modo fija, pero no
extinguida ni entumecida"[3].
Es decir, la mitología se presenta como una experiencia que apunta a algo
anterior, es algo dinámico y en cuanto experiencia creadora se vincula a un
individuo (o a una sociedad) y a un mundo que se experimenta. "la
mitología es al mismo tiempo una forma de vivir y de actuar para aquellos que
piensan dentro de ella y se expresan a tra-vés de ella. No se abre aquí
ninguna fisura entre pensamiento y vida"[4]. En
este orden de ideas, el griego antiguo vive en un mundo que se le presenta como
mítico y en él "hallaba motivo suficiente para sentir a sus dioses como
algo real"[5]
No se trata de si el hombre
contemporáneo tiene la razón más desarrollada que el hombre antiguo, sino de
que ambos experimentan el mundo de una forma diferente. ¿Cuál experiencia es
mejor? Eso es algo que requiere un análisis más detallado. Por un lado, los
defensores de la razón dirán como los ilustrados y siglos más tarde los
positivistas, que hemos salido de una infancia ignorante y que con el uso de la
razón progresaremos cada vez más. Por otro lado, habrá quien critique está
postura, como lo hizo el romanticismo Alemán, argumentando una desconexión con
la naturaleza y buscando implementar una nueva mitología, una que no sólo
explique el mundo natural, sino que fundamente la política y la vida del
hombre.
Con todo, podríamos decir que
ambos bandos han tenido ciertos triunfos a lo largo de los años. Es innegable
que gracias al método y conocimiento científico hemos progresado en muy
diversos campos, pero también es cierto que ideas como el mismo progreso se han
convertido en una especie de mito. En algo que creemos sin dudar, en algo que
vivimos de tal modo en el mundo que no podemos no creer. Algo similar ocurre con
las historias nacionales, en las que ciertos elementos se han creado para
construir la identidad de cada ciudadano y que hoy vivimos sin cuestionarnos.
Parece ser entonces, que no
vivimos en una época tan alejada del mito y quizá lo que tenemos que hacer es
darnos cuenta de ello, vivir mitológica mente o esperar a que alguien pregunte,
cómo el Fedro platónico, si realmente creemos en los mitos.
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