La música de Erich Zann, o de un estudiante de filosofía en la narrativa lovecraftniana
Por Rubén Gómez
@esquirlas_filosoficas
Desde los tiempos de Homero y Hesíodo se popularizó entre los
habitantes de Grecia la idea de que uno
podía homologarse a los dioses gracias a la inmortalidad, y no precisamente
porque la inmortalidad fuera una característica inherente del alma humana. Sin
embargo, cuando las dudas de algunos perspicaces (filósofos en su mayoría)
nublaron la fe en la creencia de algo tal como la inmortalidad del alma, el
ansia de perpetuar el nombre y la fama cobraron nuevos bríos, nuevas formas de
manifestar ese natural afán o aspiración que tenemos por acariciar la
eternidad.
Así pues, la guerra, la escritura, la política y el arte se
erigieron como los medios predilectos para que algunos hombres se hicieran
notar entre sus coetáneos y sus descendientes. En este sentido, la escritura
como pretensión de inmortalidad es la pugna del escritor por conservarse más en
el tiempo que en el espacio, pero no como un ídolo de muchedumbres, esos que al
primer desencanto son derribados por los mismos que antes le llenaban de loas,
sino como ícono en unos cuantos corazones que salvaguarden en la posteridad su
figura y su obra de las erosionadas avenidas del olvido. Esto último es
perfectamente aplicable a lo que pasó, palabras más, palabras menos, con el
maestro de Providence.
Si mi estimado lector conoce la obra de Lovecraft, permítame, metafóricamente, estrechar su mano, congratularnos por las emociones derivadas de su lectura y compartir lo que resta de este texto; si, por el contrario, el muchacho enfermizo de Providence, Rhode Island, le resulta un completo desconocido, permítame presentárselo con algunas de sus mejores credenciales: sus obras, o al menos, una de ellas en esta ocasión.
El protagonista de las narraciones lovecraftnianas suele ser
siempre un individuo cuyo grado de erudición excede notablemente la media, son
hombres versados en distintas disciplinas del conocimiento: físicos, químicos,
geólogos, geógrafos, biólogos, médicos, historiadores, artistas y hasta
estudiantes de filosofía, o más propiamente de metafísica, como se narra en La música de Erich Zann.
Este relato es protagonizado por un imberbe estudiante de metafísica
al que su pobreza le obligaba a deambular entre algunos de los alquileres más
baratos de las zonas más inhóspitas de Francia, en dichas andanzas, se
encuentra con Erich Zann, un músico sumamente virtuoso que obliteraba su mudez
con las magníficas notas de su violín. Zann alquilaba la buhardilla de la casa
de huéspedes más alta de la Rue d´ Auseil
(paradero que luego de los acontecimientos que tejen esta historia no vuelve a
tener ningún testigo que diera cuenta de su locación) en un barrio en que las
nubes químicas de las fábricas aledañas eran tan densas que parecían impedir el
paso de los rayos solares, dotándole de un lúgubre aspecto. El único sonido que
rompía el sepulcral silencio en ese lugar, eran las interpretaciones nocturnas
de aquel violinista mudo; esas en las que su instrumento se superaba a sí mismo
en medio de una estridencia tan caótica como sublime que cualquier hombre
sensato negaría que fuera obra de un solo músico.
Una noche, Zann tocaría para su invitado un orgiástico concierto
al interior de su buhardilla en medio de un frenesí sui géneris, mismo que terminaría eclipsando las percepciones de
nuestro protagonista en una vorágine sin precedentes al cabo de la cual, la
vida del misterioso violinista, en
apariencia, habría de esfumarse con la misma celeridad que las notas de su
violín.
Él
no reaccionó, y el violín continuó gimiendo sin cesar. Apoyé una mano sobre su
cabeza, cuyos mecánicos movimientos fui capaz de detener, y le grité al oído
que ambos debíamos huir de las desconocidas amenazas nocturnas. Pero ni me
contestó ni mitigó el furor de su indescriptible música, mientras extrañas
corrientes de aire parecían danzar en la oscuridad y en el torbellino reinante
en el desván. Al tocarle una oreja, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo,
aunque no supe por qué, no lo supe hasta tocar su rostro inmóvil; el rostro
helado, rígido e inexpresivo cuyos ojos vidriosos miraban inútilmente al vacío.
Y entonces, gracias a algún milagro encontré la puerta y el gran pestillo de
madera, y me escapé rápidamente de aquella criatura de ojos vidriosos envuelta
por la oscuridad, y del fantasmal aullido de aquel violín maldito cuya furia se
incrementó a medida que yo huía. [Extracto de "La música de Erich Zann"]
Como testigo de los últimos días y de la desaparición de
Erich Zann, solo quedó el testimonio de ese imberbe estudiante al que más de
uno se atrevió a diagnosticar como loco, pero que hoy, junto con su compañero,
el violinista mudo de la Rue d´ Auseil
musicalizan el aniversario luctuoso número 85 de su progenitor literario:
Howard Phillips Lovecraft.
¿Alguien me concede esta pieza?
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