Oscar Wilde, un esteta transgresor incriminado por amar
Oscar Wilde fue un disidente de su época por transgredir mediante su modo de vida los prejuicios morales de la Inglaterra victoriana. Víctima de injurias, discriminación y persecución, realidad a la que muchos homosexuales se han enfrentado, padeció una gran injusticia a manos de los más poderosos. No obstante, a través de su libro Teleny obsequió a la humanidad un legado que es un pilar clave en la lucha contra el recelo social que sufren aquellos que no encajan dentro de los cánones morales del sexo-género.
El gran crimen y pecado del dramaturgo irlandés fue dejarse arrastrar por la impetuosa corriente del amor que sintió por lord Alfred Douglas, hijo del noveno marqués de Queensbery, John Douglas. De acuerdo a lo que nos narra David A. Rincón en su estudio introductorio al Teleny de Wilde, el marqués acusó al también autor del Retrato de Dorian Gray de pervertir a su hijo.
Uno de sus mayores intentos por denunciar públicamente a Wilde fue en el estreno de la obra La importancia de llamarse Ernesto, evento al que asistió la más alta sociedad de aquella época, sin embargo, los planes del marqués se vieron frustrados cuando le fue prohibida la entrada. No fue hasta 1895, cuando el dramaturgo, tras recibir una nota en la que se le acusaba de sodomía, contraatacó a John Douglas con una demanda por calumnia.
Este
último acto firmaría la sentencia de Wilde a dos años de trabajos forzados en
prisión, luego de un amañado juicio en su contra orquestado por sus enemigos
personales y políticos que buscaban la completa aniquilación del irlandés. En
este sentido, Rincón concluye que:
“Él (Oscar Wilde), que había hecho carrera escandalizando a la burguesía, satirizando los valores de la clase media y alabando la decadencia, fue la última víctima sacrificada en el siglo XIX en el nombre de la respetabilidad y la moral. Ser homosexual, al igual que García Lorca, selló su destino”.
Al salir de prisión, con el honor y el legado de su familia destruido, Wilde busca reinventarse una vida bajo el nombre de Sebastián Melmoth en París, lugar en el que murió en la indigencia el 30 de noviembre de 1900. Este breve preámbulo es tan sólo una invitación para acceder al profundo y bello mundo de Teleny.
El
texto se convirtió en una obra ritual a la que sólo podían acceder los
iniciados, aquellos que tenían el valor de actuar conforme a su propia
naturaleza, esos marginados que fueron abatidos a golpes e insultos por una
sociedad cegada bajo los más grandes prejuicios humanos. “El libro de tapas
amarillas”, como también fue conocido, se movilizó a través del underground, en lo oculto de las sociedades
moralistas de diversas épocas.
Teleny narra los deseos, los encuentros, el embelesamiento, las envidias y las traiciones que atraviesan Camille Des Grieux y el pianista René Teleny, dos hombres desbocados por el amor que siente el uno hacia el otro, pero que son señalados por su sociedad al transgredir sus valores morales.
“El relato que a continuación expongo no es pues una novela. Es una historia verdadera, la dramática aventura de dos seres jóvenes y bellos, cuya corta existencia tronchó la muerte, como consecuencia de unas pasiones extraviadas, que difícilmente podrán ser comprendidas del común de los mortales”, escribió Wilde en el prólogo a la obra en 1892.
Según David A. Rincón, está en duda si Wilde es el único autor del Teleny, aunque el lector que haya entrado en contacto con la obra del dramaturgo irlandés puede constatar que en el escrito están las delicadas y bien cuidadas pinceladas retóricas que tanto lo caracterizan.
El contenido del escrito es altamente erótico, como se puede apreciar en la escena en la que Des Grieux escucha por primera vez la dulce música de Teleny, por citar algún ejemplo. Sin embargo lo que consideramos especial de este libro es que pese a lo explícito de su narrativa, siempre se mueve en el ámbito de lo bello, de aquello que encanta y mueve los más nobles corazones.
No quiero excederme y traspasar los límites de esta historia de amor, estos comentarios no pretenden arruinarla para ustedes, lectores, que se acercarán por primera vez
a ella. Y dejaré que sean ustedes mismos quienes le pidan a Camille Des Grieux
que les cuente su historia “desde el comienzo”.
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