El lobo estepario: una invitación a bailar en el abismo.
Por Rubén Gómez
@esquirlas_filosoficas
Es
posible que este texto carezca de interés para todos aquellos que saben moverse
al ritmo de diferentes melodías y/o percusiones, que no tienen inconveniente ni
reparo para acoplarse no a uno, sino a múltiples cuerpos al compás de
diferentes canciones, que reconocen la cohesión que se logra en una pista de
baile con aquel o aquella con quien uno se acompasa así como con las demás
parejas con las que se cohabita la pista por algunos instantes. No obstante, si
usted, estimada lectora o lector, al igual que el que escribe, carece de
simpatía por el baile ya sea por falta de interés o aptitudes, quizá esto pueda
resultarle familiar.
Así
como Nietzsche –en su tercera consideración intempestiva- confesó haber sentido
que algunas de las líneas de Schopenhauer habían sido escritas para él, algo
semejante podría decirles con relación a mi acercamiento hacia algunos de los
pasajes de Hermann Hesse, particularmente esos cuyas valoraciones apuntan al
baile y la música a lo largo de El lobo
estepario.
La
novela narra algunos de los acontecimientos más relevantes de la vida de Harry
Haller, contados inicialmente en tercera persona por un testigo de los últimos
días en que se conoció su paradero. Eventualmente, el texto nos sumerge en un
relato autobiográfico del hombre al que poco menos de medio siglo de edad le
bastó para acentuar los sinsabores, el hartazgo, la repugnancia y el cansancio
que se implican en toda esa parafernalia que llamamos vida pública o social.
Nuestro
protagonista manifiesta tanta hurañía como angustia, mismas que bien podrían
ser catalogadas como patológicas, pero juzgar de esa manera su comportamiento
supone una valoración muy limitada del problema y abandonar el análisis de
otras cuestiones existenciales que se manifiestan a través de la confesión de El lobo
estepario.
En el recuento autobiográfico leemos la descripción del evento que estuvo por orillar a Haller a finiquitar sus días usando una navaja de afeitar: la invitación a cenar con un viejo profesor, antiguo amigo suyo. Más allá de la cena, fue la insulsa conversación que tuvo en compañía del profesor y de su esposa, lo que terminó por resultarle patético y cada vez más a medida que la comparaba con los grandes diálogos que antaño había tenido con ese mismo individuo.
La
decepción de Haller ante la estupidez de su amigo, nos muestra indirectamente
la forma en que la mayoría de las personas, una vez que resolvemos nuestras
necesidades, difícilmente aspiramos a
algo distinto que la distracción, el entretenimiento o cualquier actividad que
sirva para pasar el rato hasta la llegada del ocaso y no reste más que el
descanso para reiniciar la monotonía de los días.
Al
lobo estepario le resultaba insoportable que a eso se hubiera reducido la vida,
su vida, a conseguir un medio para tener lo necesario: techo, vestido, sustento
y a veces, alguna estéril compañía con la cual compartir y potenciar los medios
de entretenimiento que permiten todo, y acaso muy excepcionalmente, cuestionar
lo que se hace o los ritmos tan vertiginosos en que uno se encuentra inmerso.
La vorágine de sentimientos que lo orilló a consentir la idea de terminar con sus días arrastró sus pasos hasta las titubeantes luces de El águila negra, un bar que pretendía ser la última parada antes de atentar contra sí mismo. Entonces apareció Armanda.
¿Cómo puedes decir que te ha costado tanto trabajo
la vida si ni siquiera quieres bailar? ¿Qué has estado haciendo estos años?
Más
de uno, podría sentirse identificado con la respuesta de Haller: He estudiado, hecho música, he leído libros,
he escrito libros, he viajado. Y la réplica de Armanda, bien podría
compararse a una estocada final en esgrima, una invitación a repensar las
apuestas que hemos hecho en la vida:
¡Vaya ideas raras que tienes de la vida! ¿De modo
que has hecho siempre cosas difíciles y complicadas y las más sencillas ni las
has aprendido? (…) Bailar cuando se sabe es tan sencillo como pensar y de
aprender es mucho más fácil. Ahora aprenderás un poco mejor por qué los hombres
no quieren acostumbrarse a pensar.
No
es fortuita la analogía entre el asentimiento de Nietzsche a las líneas Schopenhauer
y el que un servidor concedió a las líneas de Hesse cuando propone, a través de
Haller, que:
“para bailar había que tener condiciones que me
faltaban por completo: alegría, inocencia, ligereza e impulso. Ya me lo había
figurado yo hace tiempo.”
Así
pues, pese a su aversión al baile, Haller experimentó gradualmente cómo la
pretensión de finiquitar el hastío de sus días con la navaja de afeitar se fue
obliterando por esos destellos obnubilantes que eran Armanda y el baile en
medio de esa sombría cueva de angustia. En cierto modo, con su mano segura y
bonita, ella había tocado su corazón y podía estrecharlo para andar por ese
nuevo sendero, esa nueva apuesta de sentido que se constituía danzando jazz, boston o fox-trot.
Sin embargo, a este horizonte de sentido le pasó lo que ocurre con casi todo ideal que se materializa cuando se combina con determinadas circunstancias imponderables o azarosas, es decir, se va destartalando inexorablemente y perdiendo su brillo. Con ello, la dudas del viejo lobo estepario, su renuencia a la convivencia social, al baile y a frecuentar los restaurantes de moda tal como estilaban los caballeros de mundo y los hombres de la industria, le hicieron sentirse un traidor al celoso cultivo de sus estudios y a la vida sosegada que otrora tenía.
La
problematización de Haller podría parecer desesperante: ¿Para qué pensar cuando
basta con bailar? No obstante, Armanda hace patente la autenticidad de dicha
desesperación, pues confiesa que entiende a la perfección la repugnancia de su
compañero hacia los bares y los locales de baile, su reserva al jazz, al boston o al fox-trot. En
otras palabras, su aversión y su
tristeza por la manera en que se piensa, se lee, se hace música, se celebran
las fiestas y se promueve la cultura. La consideración hecha por Armanda,
perfectamente, puede mantenerse vigente en cualquier momento.
“Tienes razón, lobo estepario, mil veces razón, y, sin embargo, has de sucumbir. Para este mundo sencillo de hoy, cómodo y satisfecho con tan poco, eres tú demasiado exigente y hambriento: el mundo te rechaza, tienes para él una dimensión de más”.
Satisfacerse
o sucumbir es el dilema con que Armanda lo (nos) interpela, una disyuntiva
planteada por alguien que ya estuvo ante esa bifurcación y cuya decisión apostó
por el baile y las notas de jazz como la manera de significarse los días.
Haller no demora en homologar a su compañera y además, parece que sutilmente
nos invita a los rezagados, a los profanos del baile a explorar los horizontes
de sentido, placer y vitalidad que se develan en su ejercicio. El lobo
estepario nos incita en la novedad que supone para él una fiesta, la embriaguez
de la comunidad, la pérdida de la personalidad en el anonimato que ofrece la
multitud, esa alegría cuasi mística que se muestra de manera única en el baile
acompasado de los cuerpos:
“En esta bendita noche, irradiaba yo mismo, el lobo
estepario, Harry, esta sonrisa, nadaba yo mismo en esta felicidad honda,
infantil, de fábula; respiraba yo mismo este dulce sueño y esta embriaguez de
comunidad, de música y de ritmo, de vino y de placer, cuyo elogio en la
referencia de un baile dada por cualquier estudiante había escuchado yo tantas
veces con un poco de sorna y con aire de pobre suficiencia (…) ya puede
sucederme lo que quiera; ya he sido feliz por una vez, radiante y desligado de
mí mismo”.
A
título personal, me quedo con esta descripción idílica de la fiesta, la
idealidad del baile y de la celebración, en cuyo seno logra uno desligarse de
sí mismo y de las vicisitudes que arrastra cuál si se tratara de una efímera experiencia
estética.
No
es una alternativa que se pueda tomar de manera inmediata, aunque no por ello
resulta menos seductora. Quizá, si alguna vez la vida y sus azarosos
imponderables se vuelven insufribles, uno pueda, como Haller, volcar sus pasos
y apostar por otras formas de embriagarnos para
no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace
inclinar hacia la tierra, como decía Baudelaire. Conservando siempre la
infundada esperanza de que la materialización de esas utopías no terminará por
deformarlas.



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