Niños somos y en el camino andamos

 Por Miguel Lugo

@lugoconnor 


“Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espiritual se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño”[1] 

Así comienzan los discursos públicos del Zaratustra de Nietzsche y si bien es cierto que el relato puede tener varios niveles de interpretación, que van desde el autobiográfico hasta una cierta teoría epistemológica-metafísica y una expresión el nihilismo ( o una conjunción de todas ellas) es destacable el papel que juega la figura del niño en todas estas significaciones.

¿Qué tiene de particular un niño? ¿Cuáles son sus características que hasta el mismo Zaratustra se convirtió en uno antes de bajar de la montaña? En contraposición a la figura del camello, que representa un espíritu de pesadez que busca soportar sobre sí toda la carga posible, “inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí”[2]  El niño es, pues,  ligero por lo cual puede moverse por todos los rincones y sistemas de valores, es un creador en perpetuo movimiento.

Nietzsche no es el único autor que menciona rasgos similares al respecto de la figura del niño y si bien estamos conscientes del uso metafórico que le da, creemos que  nos sirve de pretexto para recordar que es muy común tanto en la literatura como en la filosofía encontrar ligados a la idea del niño rasgos como la libertad, la creatividad e incluso, en la religión y en la teología ha llegado a representar  la pureza y la esperanza.  Sin embargo, aunque esta imagen es muy bella, en una época donde nos hemos cuestionado sobre la verdadera significación de varios conceptos, incluidos el de hombre y mujer, nos resulta un poco tentador el cuestionar si realmente los niños y/o el espíritu infantil se corresponden con estos elementos.

El principal motivo que nos genera esta duda es que la mayoría de veces que nos referimos a la infancia lo hacemos desde una perspectiva adulta y siempre opuesta, es decir, los niños son inocentes y el adulto se reconoce como un ser corrupto, el niño es juego y el adulto es seriedad, el niño es libre y el adulto se reconoce sujeto a diferentes obligaciones. Al ser así, siempre hablamos de la niñez con una cierta nostalgia y anhelo y corremos el riesgo de romantizar al espíritu infantil. No se piense con esto que nuestro objetivo es atentar contra un elemento casi sagrado en la sociedad, nuestra única intención es acercarnos un poco más a lo que significa la infancia y ver si somos justos con la forma en que lo entendemos y como nos comportamos con ella.

Hemos dicho que al considerar la infancia en contraposición con la adultez, corremos el riesgo de ver sus rasgos sólo de forma parcial ¿Cuál sería entonces el camino correcto? Evidentemente, como adultos que somos, muchas de nuestras consideraciones van a ser vistas desde nuestra perspectiva ¿Cómo asegurarnos entonces que no agregamos o quitamos rasgos cuando hablamos de los niños? La alternativa es tratar de ver como es la infancia, dejando que los niños sean infantes, escuchándolos y no interpretándolos.

Al hacer esto, quizá nos demos cuenta de que el adulto y el niño no son tan diferentes, ambos tienen pasiones, solamente que en los niños es menos censurable su expresión y que se vean desbordados por ellas. Ambos tienen ciertos tipos de responsabilidades, pues el niño mientras juega, mientras crea, mientras trabaja, dedica el cien por ciento de su esfuerzo en ello, en ese sentido, el creer que la infancia es más relajada que la etapa adulta puede ser un error. Lo mismo ocurre con la libertad, el niño está atado a lo que los padres o los adultos dictaminen y sólo en algunos aspectos es verdaderamente libre. ¿Cuál es entonces la verdadera diferencia?

Me parece que al menos hay dos, la primera es que el niño es consciente de la situación en muchas ocasiones; cuando tiene un desborde emocional intenta decirte lo que quiere y lo que siente, es consciente del rol que ocupa al jugar, del rol que ocupa al crear y al trabajar en alguna cosa, pero es capaz de dejar la responsabilidad de cada rol al terminarlo. En este sentido el niño es consciente de su mundo (entendiéndose como mundo el conjunto de personas y cosas con las que se relaciona, las cuales tienen sentido para él) y esta es la segunda diferencia; el mundo del niño es más pequeño y el mundo del adulto nos aparece como algo abrumadoramente grande y del que pocas veces captamos su totalidad.

Si lo que hemos dicho es verdad, la responsabilidad del adulto no es entonces asegurarse de que el niño se convierta en un individuo genérico que reproduzca una vida estandarizada, sino, en preservar la consciencia que tiene el niño, su capacidad para desligarse de cada rol que asume y el tener noción de su mundo, aquel en que se reconoce auténtico.

Con esto, querido lector, hacemos una doble invitación: la primera a acercarnos más a las infancias dejando que ellas sean, la segunda a repensar también lo que significa ser adulto. Quizá con esto podamos seguir soñando sueños de niños, sin pensar que ya no es tiempo de ello.

 

Feliz día del niño

Referencias: 

[1]      Nietzsche Friederich, Así hablo Zaratustra, “De las tres transformaciones del espíritu”

[2]      Idem


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