Hasta la médula
Juan Carlos Ramírez Rodríguez
Twitter: @carlos_riez
«No solo el amor; sino el instinto animal, el deseo puro es la fuerza que haría pedazos al partido» G. Orwell
Sintió la presión del mundo híper-vigilado, la sensación de que todo lo que hacía podía ser censurado, minimizado, y eliminado, le llamó “Falsa Libertad” y tuvo razón.
Hace días la compañía ‘dueña del internet’ le dio un strike a la página que administraba con sus amigos, no había pasado ni una semana de su lanzamiento y ya tenían un registro negativo, 2 errores más y eliminarían cualquier rastro de ellos.
Después de la sanción vinieron los reclamos: “no puede ser que seas tan pendejo… tenías una cosa que hacer y la hiciste mal… ¿acaso te golpearon con un ladrillo?… un simio con pulgares tiene más criterio…”, insultos normales entre las amistades de acero.
Después de 48 horas de insomnio provocado por el estrés, Pedro se soñó en medio de un páramo selvático, miles de sonidos a su alrededor enmarcando el latido frenético de su corazón que no encontraba dónde verter el deseo transmitido por los labios de Ella. Los dedos de su mano derecha se perdieron entre la maleza de su cabello, mientras que su otra mano sujetaba su cintura tratando de memorizar la orografía de su piel suplicando a Dios eternizar el momento. El clímax del erotismo aconteció en la amnesia del tiempo, días pasaron en la separación de sus labios sin ninguna interrupción. “Ahora lo entiendo'', exclamó mientras se despertaba dando vueltas en la cama. “La corrupción de la distopía'', murmuró, mientras veía en el reloj de su teléfono que iba tarde al trabajo.
Llegó corriendo a su empleo y todo le pareció falso, un grupo de personas tratando de divulgar la verdad que nunca se acaba de conocer a través de una plataforma que permite la libertad cuando no se le cuestiona, como una libertad hipócrita, los Tigres del Norte dirían: “una jaula de oro”.
A pesar de que ya pasaba de la hora inicial de trabajo, Pedro se quedó inmóvil recordando el sueño, en realidad había entendido que nada
importaba; y eso mismo trataba de decirle a Arturo, compañero de proyecto y encargado de la sección noticiosa para la que escribía.
-Te lo digo, Arturo, la corrupción de las distopías es la libertad de los sentimientos, del tiempo…. No hay nada más libre en este mundo hiperconectado que la eliminación de todo lo que nos mide: los likes, los shares, las suscripciones, etc., hasta parecen términos de la Neolengua1
-Por milésima vez, cabrón: ¡Los sueños húmedos no se razonan! Volviste a ver el perfil de La tóxica, ¿verdad?
-No, no, no, mira, sígueme el juego…
-Está bien, nomás para que regreses a trabajar.
-Orwell escribió sobre una sociedad en la que el individualismos sería sometido, junto con todas maneras de expresarnos, a un “Gran Hermano” que se la pasa vigilando todo, ¿no te parece que vivimos justo en ese mundo? uno en el que nuestra creatividad está en la palestra de las redes sociales donde todos son jueces.
-Ahora entiendo, ya sé por dónde vas. ¡Ya supéralo! La cagaste, te fuiste por la libre, no verificaste la información, la publicaste y te censuraron… ¡ya basta! vamos a lo que sigue.
-Justo a eso quiero llegar, ¡porque ya no sigue nada! La verdad se marchita entre los juicios intransigentes. ¿Cuántas veces no te he contado algo que yo considero verdadero, y días después descubrimos que no es así?¿y qué pasa en esos momentos? pues nada, porque ambos sabemos que a pesar de que “difundimos” una mentira nunca hubo intención de engañar, sólo divulgamos lo que conocíamos, nuestro entendimiento del mundo. En cambio, cuando nos juzgan los algoritmos ya nada se puede crear; necesitamos la ‘prueba y error’ para generar nuevo conocimiento, -¿Y esto qué tiene que ver con un sueño húmedo?
-Que era libre ¿sabes? En el desbordamiento de las pasiones, por más que fuera un sueño, la libertad era real. ¿Has leído 1984? Bueno, no importa, el asunto aquí es que esta etapa del mundo parece una copia de la novela. El protagonista lucha en todas sus páginas por un poco de libertad, busca ayuda en la tecnología de antes, en las memorias del mundo viejo, y en las ideas futuras de un grupo rebelde, pero el único momento de libertad está en aquello que no planeó: un encuentro furtivo con el aparente enemigo. En una primera revisión, parece que los personajes no tienen motivación para relacionarse, pero, precisamente esa es la clave; en la total opresión, una “falla” en el discurso racional tiene todo el sentido de la libertad, el punto blanco hace contraste entre el mar negro sin importar su tamaño. En un mundo como el de 1984 un ‘te amo’ improvisado se convierte en el único referente de la libertad, cualquier chispa es incendio... y pues eso, la libertad de las emociones es la corrupción de las distopías ¿no lo ves? -Veo que no llegas a ningún punto.
-El punto es sencillo, ya es 1984, nada de lo que hacemos y divulgamos es realmente “libre”, y lo libre muere en el anonimato. Entre la guerra de likes y la batalla contra los algoritmos la creatividad se pudre. Los besos verdaderos existen fuera de las presiones del tiempo y no son los adornos de la rutina… el punto es, querido amigo, que renuncio.
-No digas estupideces ¿es en serio?... ¿todo esto por un sueño? -No, todo esto es por una realidad.
Pedro comenzó a retirar sus objetos personales del escritorio y comprendió una de las despedidas de la distopía orwelliana: “la calle no estaba llena, pero no alcanzó a distinguirla”; “no alcanzó a distinguirla” lo repitió de nueva cuenta en su cabeza. “Claro, ahora lo entiendo”, murmuró.
-¿Qué entiendes? -le preguntó Arturo con un aire resignado-. -La individualidad, la libertad, la innovación, la originalidad…. ¿Aún las distingues, amigo?
-No sé de qué hablas.
Arturo ya no recibió más palabras, solo una palmada en el hombro y una sonrisa franca bastaron para darle a entender que todo, tal vez, podría estar bien.
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