Ciencia y guerra, el conflicto como acicate para descifrar los cielos y el mar

 Por Rubén Gómez     

@esquirlas_filosoficas


“Si los hombres fueran a llevar sus vidas enteras en una paz continua e ininterrumpida, sin temor a la pobreza, sin peligro de guerra, no dudo que vivirían poco mejor que los brutos, sin todo el conocimiento ni disfrute de todas esas ventajas que hacen que nuestras vidas transcurran con placer y beneficio. Nos habría hecho falta el maravilloso arte de la escritura de no ser que su gran uso y necesidad en el comercio y en la guerra no hubiera forzado su invención. Es a estos a quienes debemos nuestro arte de la navegación, nuestro arte de la siembra, y la mayoría de esos descubrimientos de los que somos maestros.”[1]

[Christiaan Huygens].

El planteamiento hecho por Huygens en su obra The Celestial Worlds Discovered  publicada en 1698 nos pone de manifiesto la directriz principal del texto escrito por Neil deGrasse Tyson y Avis Lang: que la guerra y los diferentes horizontes que abre a medida que se desarrolla sirven como catalizadores para el “progreso” de otras actividades como la alfabetización y tecnificación de los pueblos, la exploración de nuevas tierras, la investigación científica y el desarrollo tecnológico.

El devenir histórico es una muestra de la manera en que el conocimiento de los cielos ha marcado los ritmos de la vida humana en muchos aspectos, pues ha orientado y motivado desde la agricultura, el comercio, la migración, el establecimiento de imperios y sus luchas, el folclore, la religión, la psicología y hasta la poesía.

Mirar hacia las estrellas permitía a cazadores, recolectores y pastores regular sus actividades: alistarse en las noches de luna llena para salir a cazar con las ventajas que eso suponía, identificar cuando migrarían ciertas especies de aves o rumiantes o en qué momento se secarían los pozos de una región. Hoy, ya no es necesario mirar a la cúpula estelar para orientar los tiempos de nuestras actividades, en su lugar, tenemos el reloj como una suerte de condensador que mide el desplazamiento de los astros e indirectamente, rige algunas de nuestras prácticas: el trabajo, la estandarización, la producción, las horas de entrada y salida en los empleos. Asumir el cielo como un elemento del que puede sacarse ventaja o que puede ser una potencial amenaza en tiempos de guerra es un vicio que no comenzó sino hasta el siglo XX.

Antes “Los cielos hablaban: el observador de los cielos escuchaba y traducía”[2]. Y los observadores podían traducir el mensaje de los astros como astrología, interpretando en la disposición de los cuerpos celestes la posibilidad de la predestinación o una ventana hacia el futuro de la vida particular de cada individuo según los diferentes horóscopos, o bien, los observadores podían traducir el mensaje en términos astronómicos, leyendo en las estrellas una suerte de brújula-reloj, útil para orientar y cronometrar los desplazamientos terrestres en función de los movimientos celestes.


No obstante, sin los apoyos ópticos que suponen el catalejo y el telescopio para la observación de las estrellas, difícilmente habríamos podido aproximarnos a saber qué había más allá del universo observable a simple vista, y menos aún, qué otros elementos había, además de los que se ven en esa mera parcialidad del espectro electromagnético que llamamos luz visible.

En este sentido, primero el catalejo y luego el telescopio se erigieron como los instrumentos para equipar la visión y potencializar sus alcances, para detectar los detalles con mayor precisión, o hacer visibles elementos y/o fenómenos que resultaban inobservables a simple vista. Así pues, el telescopio fue tan útil a Galileo para observar y dibujar las montañas  lo mismo que los cráteres de la superficie lunar como a cualquier general militar para detectar un ejército enemigo a grandes distancias ya fuera sobre la superficie del mar o en tierra firme. De este modo el uso del telescopio volvió patente la convergencia de la ciencia con la guerra. Pero ahí no acaba su vinculación.  

Mientras que para desplazarse por tierra bastaba con que los viajeros siguieran los márgenes de un río, un sendero de animales o una cordillera montañosa, por mar tenían más dificultades, generalmente no debían perder de vista las costas al navegar pero también debían evitar acercarse demasiado para prevenir algún encallamiento.

Tanto la geografía como la navegación  eran prácticas nacientes y antes de la incorporación de los cuadrantes, los astrolabios, las brújulas y los mapas como apoyo a los recorridos marítimos, los navegantes por alta mar catalogaban y memorizaban puntos de referencia, consultaban las nubes, las mareas, las plantas y peces a diferentes profundidades, la variación del color en el agua y la posición de las llamadas estrellas fijas. Esta última consideración favoreció la apertura de nuevos caminos en la navegación, comenzó el arte de llegar a buen puerto.

Que precisamente se volvería una práctica necesaria cuando la exploración del mundo abrió nuevas rutas al comercio, mismas en las que, el carguero tenía que compartir los mares con los buques de guerra. A medida que crecían los viajes con fines de apropiación y dominio, creció también la piratería, el saqueo y la captura de esclavos.

Con la observación estelar orientando la navegación fue inminente el desarrollo de otras disciplinas y dispositivos que refinaran su ejercicio, tal como sucedió con la cartografía, misma que:

“Ayudó a conceptualizar y mostrar el <teatro del mundo> […] El mapa era la expresión portátil de la comprensión geográfica y cosmográfica […] Al igual que el calendario, el mapa, aunque formado por el pensamiento científico, es una declaración de poder político y social […] Enfatizando la idea de Foucault sobre el poder y conocimiento <la cartografía es principalmente una forma del discurso político preocupado por la adquisición y el mantenimiento del poder>”[3].

Ciencia y Guerra es un instructivo y detallado recuento historiográfico de la forma en que la combinación de disciplinas como la astronomía, las matemáticas, la cartografía y el lenguaje nos llevó a que océanos y tierras fueran exploradas, cartografiadas, inventariadas, compradas, vendidas, colonizadas, explotadas, y de paso, que sus habitantes fueran adoctrinados o subsumidos como esclavos por aquellos que habían hecho de la ciencia y de los desarrollos tecnológicos subsecuentes los principales instrumentos para estos fines. La presentación detallada de los numerosos casos que dan cuenta de este proceso los encontrará desplegados nuestro lector a lo largo del  texto.  


Por último, desde que gran parte de las dimensiones que configuran el mundo han dependido de las tensiones derivadas en los conflictos bélicos, pocas cosas han resultado de mayor interés y utilidad para las naciones dominantes que la posibilidad de controlar los movimientos de sus potenciales enemigos ya fuera por aire, por mar, por tierra o bajo ella, o a través de las diferentes capas de la atmósfera.

Para fortuna de dichas naciones, con el transcurso del tiempo, los satélites –herederos de la brújula, del mapa, del catalejo, del telescopio, del astrolabio y de otros instrumentos de investigación- han vuelto posible tal pretensión. Esto es, una aplicación especializada de la investigación para la construcción de tecnologías bélicas. Sin ir más lejos, piensa querido lector o lectora, cuántos de los dispositivos e instrumentos que ocupamos en la domesticidad de nuestros días no tuvieron primero una aplicación para la guerra.

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[1] DeGrasse Tyson, Neil, Ciencia y Guerra, capítulo 1, editorial Paidós, México, 2019, pág. 18

[2] Ibídem, cap. 2  pág.  84.

[3] Ibíd. Cap.3. Págs. 140-143. 


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