De la inmensidad contenida en un libro: Reseña del Oceano al final del camino

 Por Miguel Ángel Lugo 

@lugoconnor 

“-¿Podría existir un océano tan pequeño como un estanque de patos?

-No- dijo mi padre-, un estanque es un estanque, un lago es un lago, un mar es un mar y un océano es un océano. El Atlántico, el Pacifico, el Indico y el Ártico, creo que esos son todos los océanos”

El sentido común nos obliga a dar la razón al fragmento anterior y decir que un estanque es un estanque y un océano es un océano, las cosas son lo que son y no hay forma de que sean algo diferente. Siguiendo esta lógica podríamos decir que la fantasía es fantasía y no hay forma de que sea realidad, la literatura es literatura y no hay manera de que sea ciencia o filosofía.  Sin embargo, Neil Gaiman sabe que estas distinciones no son del todo claras y que oscilar de un extremo al otro es más sencillo de lo que se cree y justamente esto es lo que hace en El océano al final del camino, una obra publicada en el año 2013 y que rápidamente se ha convertido en el libro favorito de muchos.

La historia comienza cuando un hombre de mediana edad regresa a su pueblo natal para asistir a un funeral y es en esta escena tan común y simple que comienza a operar la magia del autor inglés. ¿Quien es, entonces, nuestro protagonista? No lo sabemos con exactitud, pues jamás se nos dice cómo es físicamente y tampoco se nos revela mucho sobre su forma de ser, lo más que llegamos a conocer es que se dedica al arte, que estuvo casado y que es padre, aunque sus hijos son ya lo suficientemente grandes para tener relevancia en esta historia. ¿Quién es la persona que ha muerto? Sólo sabemos que fue alguien cercano al personaje principal, lo suficientemente cercano como para tener que dedicar algunas palabras de despedida y tener que recibir las condolencias e interrogantes que forman parte del protocolo. Del escenario de la novela, sabemos aún menos, es un pequeño poblado en Inglaterra que con los años ha tendido a modernizarse.

Ante esta indeterminación uno, acostumbrado a los detalles, puede sentirse decepcionado o incluso enfadado, sin embargo decimos que en ello radica parte de su encanto porque si el protagonista no es nadie en especifico, eso significa que puede ser cualquiera, incluso nosotros. De tal forma, somos nosotros quienes volvemos al lugar donde nacimos después de mucho tiempo para despedir a una persona cercana. El que la novela este escrita en primera persona parece estar encaminado a generar la misma sensación.

Tras la ceremonia, el narrador toma su auto y comienza a conducir dejándose guiar por los recuerdos de los lugares andados. Si alguna vez, querido lector, has tenido la oportunidad de regresar a un sitio que fue muy significativo para ti y del cual llevas mucho tiempo alejado, seguramente podrás entender el sentimiento de nuestro personaje. A propósito de esa emoción, en algún otro lado hemos escrito que si al pasar de los años nos cuesta reconocer el camino, quizá también al camino le cueste saber quien somos ahora. Esto ocurre cuando, tras varios minutos manejando, el hombre encuentra el final del camino, una vieja granja donde recuerda haber estado, aunque no puede precisar cuando y la persona que habita la granja recuerda haberle conocido, aunque no atina a saber quien es. Ambos han cambiado y nuestro protagonista es ahora más parecido a su padre que al niño que fue. “A medida que nos hacemos mayores nos transformamos en nuestros padres; si pudiéramos vivir lo suficiente, veríamos cómo se repiten las mismas caras una y otra vez”

Esta oposición entre los adultos y los niños permeara el resto de la obra y es una de las fronteras que Neil Gaiman traspasa una y otra vez y curiosamente de los niños hay una descripción más detallada que de los adultos, como si se diera a entender que cuando niños somos más individuales que cuando grandes. Con todo, como también dijimos alguna vez, los adultos y los niños no son muy diferentes y lo que suele separarlos es la forma en la que interpretan el mundo. Al parecer, los adultos olvidamos como es que los niños viven el mundo. Pero, ¿Qué pasa cuando lo recordarmos? Pues nuestro hombre sin nombre comienza a recordar que la granja es de las mujeres Hempstock, que en ella habitaban la señora Hempstock, su mamá la anciana señora Hempstock y su hija Lettie. Recuerda que vivió algunas aventuras con ella, aventuras que ahora le parecen inverosímiles. ¿Fueron verdaderas o se estará equivocando al recordar? ¿De qué manera se construyen los recuerdos? ¿De qué forma se construye la realidad? ¿La realidad y la fantasía se excluyen? La frontera entre lo real y lo fantasioso es la segunda línea que el autor cruzara en repetidas ocasiones, llegando a establecer una especie de mitología y como todo mito no es completamente real ni completamente falso.

Parte esencial de esta mitología es el océano de Lettie Hempstock, un estanque de patos ubicado en la parte trasera de la granja y el cual, según la niña aseguraba, habían tenido que cruzar para llegar a este mundo. ¿Cómo puede un océano tener el tamaño de un estanque? ¿De donde vinieron las Hempstock? ¿Qué o quienes más cruzaron el océano? Todo esto va entrelazando las aventuras que de niño vivió nuestro personaje junto a Lettie. Sin embargo, querido lector, no queremos contarte más, pues preferimos invitarte a que seas tu mismo quien se sumerja en el oceáno que representa este pequeño libro.





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