La lucidez del pesimismo: parte I

 Por Rubén Gómez 

@esquirlas_filosoficas

                                         Fotografía: Rubén Gómez

 “Ante todo, es un gran observador de nuestras interioridades y sus respectivas miserias, un fino conocedor de los laberínticos vericuetos del alma humana.
Por eso sus páginas acerca de la felicidad o del amor han devenido inmortales”.

 


Roberto Aramayo, Cap. 5. De la muerte y el despertar, en “Schopenhauer: La lucidez del pesimismo”.

 

Roberto Aramayo decía que Schopenhauer: La lucidez del pesimismo fue un texto a manera de conmemoración por el bicentenario de la publicación de El mundo como voluntad y representación, la obra magna de Arthur Schopenhauer que salió a la luz en 1818. El pesimismo, entendido como lucidez -dice Aramayo-, logra iluminarnos como un faro en la noche y nos des-ilusiona, esto es, nos emancipa de las ilusiones someras, de las apariencias, de las fantasías y hasta de las quimeras que motivan el trajín de esta aventura que llamamos vida.

Arthur Schopenhauer hablaba de sí mismo como aquél que había escrito El mundo como voluntad y representación. Ciertamente es así como le hubiera gustado que la posteridad lo recordara, como el autor de una obra que exponía, en lo general y en lo particular, su único pensamiento, es decir, su mundosofía (sabiduría del mundo).

Si usted, estimado lector, pretende acercarse al estudio de la filosofía de Schopenhauer, el presente texto de Roberto Aramayo constituye una opción muy recomendable para aproximarlo a una visión panorámica de la misma. Repartida en dos partes Aramayo nos presenta una invitación sumamente amena para conocer al pensador oriundo de Danzig. ¿Y qué manera más pertinente de hacerlo que con la tematización de algunas de sus principales investigaciones? Esas que nuestro autor considera como las claves de acceso al pensamiento de Schopenhauer. En la primera de ellas y a lo largo de cinco capítulos, los objetos de estudio serán los sueños, la vida, los enigmáticos jeroglíficos del cosmos, los fundamentos y confines de la moral, la libertad, el destino y la muerte; mientras que en la segunda, se nos presentará la consideración sobre la posibilidad de ser feliz en clave pesimista y algunos de los contrastes entre Schopenhauer y Kant a propósito de la ilustración (Estos últimos puntos serán tema de nuestra siguiente entrega).

La redacción de Aramayo nos muestra que la rigurosidad del tratamiento académico no está peleada con la claridad expositiva, como haciendo un sutil guiño a la propuesta de Schopenhauer en la introducción de su tesis doctoral (La cuádruple raíz del Principio de Razón Suficiente) a propósito de la claridad como la buena fe del filósofo y su semejanza con un tranquilo lago suizo:

«En general, el filósofo digno de tal nombre, debe buscar y procurar en todos sus escritos estas dos cualidades mencionadas: claridad y precisión, y esforzarse siempre en parecerse, no a un revuelto e impetuoso torrente, sino más bien a un lago de Suiza, que por su sosiego aparece más claro cuanto más profundo, dejando ver su fondo desde el primer momento».

La revisión de Aramayo nos permite una interesante exploración por la biografía de Arthur Schopenhauer y algunos de sus episodios más significativos, desde la situación familiar de los primeros años en que se presentó ese famoso dilema entre seguir la vida de comerciante que su padre quería para él o decantarse por su vocación filosófica, hasta las múltiples dificultades que atravesó la venta de la primera edición de su obra magna y los sinsabores de su vida como profesor a la sombra que le suponía la popularidad de Hegel en la universidad de Berlín. 

El pensamiento que Schopenhauer desplegaría a lo largo de El mundo como voluntad y representación fue nutriéndose desde sus primeros viajes por Europa, aquellos en los que escribía líneas como las siguientes, y que años más tarde aparecerían como parte de sus escritos póstumos:

«Cuando yo tenía diecisiete años, antes de aplicarme al estudio, me vi conmovido por las calamidades de la vida, igual que le ocurrió a Buda en su juventud, al descubrir la enfermedad, la vejez, el dolor y la muerte. A partir de la existencia humana se proclama el destino del sufrimiento. Este parece constituir el fin de la vida, como si el mundo fuera la obra de un diablo, pero dicho fin  tampoco es el último, sino más bien, un medio para conseguir por nosotros mismos el fin óptimo».

Consideraciones que, eventualmente, fueron mostrándose de manera más sintética en otros de sus textos, por ejemplo, en los Aforismos sobre la sabiduría de la vida a través de célebres afirmaciones tales como que «el error innato del hombre es pensar que ha nacido para ser feliz». La crudeza que albergan las líneas de este pensador bebe de muchas y muy variadas fuentes, pues él mismo pone de manifiesto en diversas ocasiones que tiene en una estima muy semejante tanto las obras de Baltazar Gracián, de Calderón de la Barca o de Cervantes como los planteamientos de Platón, de Epicuro o del mismo Kant.

A medida que avanzamos en la lectura, Aramayo va mostrando a un Schopenhauer que podríamos adjetivar como ecléctico, pues resalta a ese pensador que no tenía empacho en ejemplificar sus reflexiones lo mismo con los pasajes y personajes de Shakespeare, Goethe o Rousseau que con las noticias de diarios nacionales relatando crímenes infames.

Aramayo nos describe a un pensador que, pese a su radical ateísmo, no se ve impedido para dedicar algunas de sus consideraciones a la religión y reconocer en la pluralidad de sus manifestaciones la muestra más clara de la necesidad metafísica que nos atañe de manera inherente en tanto que hombres, es decir, la necesidad que tenemos por una explicación que nos diera alguna clave de esta enigmática existencia en la que no hay nada claro más que su miseria y futilidad.

Somos animales metafísicos que ante la vida y la muerte construyen dos sendas  como posibles respuestas ante la necesidad metafísica: la filosofía en sentido propio y la filosofía en sentido alegórico, es decir, la religión. Esta última está llena de alegorías que se pretenden respuestas a las incógnitas de la existencia, muchos individuos las asumen en la confianza de que alguna pueda ser apropiada. A través de la filosofía o de la religión vamos significando o problematizando la existencia, cada quien en la medida en que su perspicacia se lo permite.

¿Y qué pasa con el destino, la libertad, la muerte, el sufrimiento y los sueños? ¿Toda explicación de dichos asuntos está subsumida a la causalidad con la que se despliega el Principio de Razón Suficiente? No necesariamente, pues iremos viendo que a la par de las explicaciones lógicas y sistemáticas aparecerán otras que, aparentemente, ignoran la causalidad y sus conexiones.

Todos los textos que hayan tematizado asuntos enigmáticos ameritan ser analizados, así pues, no deberá sorprendernos cuando entre las cavilaciones de Schopenhauer encontremos referencias traídas desde el hipnotismo, el mesmerismo, el magnetismo animal, la magia e incluso el estudio de los fenómenos paranormales y ¿por qué no, una teoría a propósito de la interpretación de los sueños? (Guiño-guiño, Freud).

El recorrido al que Aramayo nos invita a través de sus líneas muestra que, la belleza de la pluma schopenhaueriana invariablemente nos lleva a pensar, y más aún, pareciera que las consideraciones que se derivan de su lectura no emanan de otra parte que no sea de un ejercicio de introspección por parte de los lectores.

Grosso modo valga hasta aquí esta breve mención del tratamiento hecho por Roberto Aramayo para facilitarnos el conocimiento de Schopenhauer y dejar que sea este, su pequeño texto a manera de homenaje, el que nos auxilie en su comprensión a lo largo de este recorrido. Un recorrido que también hicieron personajes como Borges, Thomas Mann, Nietzsche, Tolstoí, Kafka, Wittgenstein, Freud… y un largo etc.

 

¡Una maravilla  con esos compañeros de viaje!






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