La noche de los látigos
Por Juan Carlos Ramírez Rodríguez
@carlos_riez
«En la guerra encuentra uno todo lo que no espera»
J. Ibargüengoitia
Una madrugada
de insomnio en la ciudad más contaminada del país, el reloj marcaba la 01:45,
frente a mí una mesita de concreto con un tablero de ajedrez pintado, al fondo
la gigantesca catedral y el Palacio de Gobierno enmarcaron la soledad de La
Gran Plaza. Una persona comenzó a gritar mi nombre mientras se acercaba, era
Pedro Rojas.
-Si nos
ponemos de acuerdo, ni nos vemos -le dije con melancolía-.
-Será porque
ya no respondes los mensajes -me dijo, mientras me abrazaba-. Qué bueno que te
encontré, tengo que mostrarte algo -me decía mientras con una mano me invitaba
a seguirlo.
-No pienso moverme, acabo
de llegar.
-Vamos, ven.
Seguro andas con tus insomnios de siempre. Hay algo que acabo de descubrir que
tienes que ver.
Me levanté sin muchos
ánimos, Pedro es del tipo de personas que te pueden dejar de hablar años y
cuando te ve, te trata como si no hubiera pasado el tiempo, también, es de los
que tienen esa manía de caminar hasta que se te duermen los pies. Hace años no
sabía nada de él, ¿Qué hacía despierto en la madrugada y vagando por la ciudad?
¿Acaso el insomnio ya es la nueva epidemia? “Llegamos”, dijo. Por fortuna no caminamos
mucho, unas 2 o 3 cuadras, y nos paramos bajo el balcón de un banco ubicado en
la Calle Lucha.
-Mira allá arriba.
-No veo nada.
-Hasta allá arriba, casi
donde inicia el techo, ¿alcanzas a verlo?
-¡Madre de Dios! ¿Cuánto
lleva eso ahí arriba?
-No lo sé, pero, ¿verdad
que es asombroso? Apuesto a que llevas pasando toda la vida por la Calle Lucha,
y no sabías que a mitad del camino, una estatua del mismísimo Espiridión Lucha
saluda a todos los que transitan por aquí.
-¿Alguna idea de quién lo
puso?
-Ninguna, y llevo horas
buscando en internet y nada. Ya iba rumbo a mi casa cuando te vi en la
banca.
Ambos nos quedamos viendo
la estatua de Espiridión Lucha varios minutos, hasta que él interrumpió el
silencio con su característica voz de locutor.
-Imagina, hace
casi 110 años los ejércitos de los generales Colorio y Matos marcharon por esta
calle y entraron al palacio después de haber derrotado al General Traidor.
Ambos generales subieron al balcón del edificio para saludar desde lo alto a
los integrantes de sus tropas. Las crónicas de aquel desfile triunfal marcan
una clara diferencia entre los destacamentos, mientras que los del general
Matos, los del norte, iban con armas importadas de otro país, y caballos
gigantes de pedigrí, las del general Colorio usaban el machete, la mayoría iba
a pie, otros pocos iban arriba de caballos flacos que a veces tenían que cargar
hasta con 3 jinetes. Ven -me dijo mientras caminaba de regreso a la Gran Plaza
desde la cual se podía observar el Palacio-. Los primeros en pasar frente al
balcón fue el ejército de Matos, durante casi 20 minutos desfilaron sus
caballerías, infantería, y artillería. Poco después le llegó el turno al
ejército de Colorio, los minutos pasaban y la columna de soldados del
centro-sur no disminuía, según los relatos, el desfiles de Los Colorios duró
casi 45 minutos, nadie podía creer lo que estaba ocurriendo ya que era bien
sabido que el ejército de Matos los superaba 2 a 1. Fue un muchacho el que
acabó con la magia, allá en aquella esquina -me apuntó con el dedo justo en la
intersección de la catedral y el Palacio-, allá fue justo donde el joven vio
que después de pasar frente al balcón, la tropas del general Colorio se
apresuraban en darle la vuelta a la manzana para volverse a formar en la línea
del pelotón, se quitaban y ponían el sombrero, la ropa la usaban al derecho y
al revés, y gritaban con tantas ganas como si fuera la primera vez. El joven
gritó hacia el balcón lo que estaba ocurriendo, los generales murieron de risa,
y desde aquel día entre la tropa comenzó a masificarse la palabra “balconeo” al
acto de revelar algo que se quería ocultar.
-¿Es verdad lo que me
acabas de contar?
-Yo creo que
sí. Digo, lo único que tengo verificado en los periódicos de aquella época es
la duración de los desfiles victoriosos y las características de los ejércitos,
pero si no fue por este truco, ¿qué otra explicación se te ocurre?
Nos quedamos
viendo y después reímos como desesperados en medio de la Gran Plaza del
país.
-Te extrañaba,
amigo. No tienes idea de lo complicado que se ha vuelto el trabajo.
-No, no tengo
idea, y más ahora que no tengo trabajo -respondió Pedro, que no dejaba de ver
el balcón del Palacio-.
-No me digas, que pena
¿Cómo estás?
-Creo que en
mi peor momento; quise aprovechar este tiempo para conocerme y terminó en una
guerra interna; y como lo dice Ibargüengoitia: “En la guerra encuentra uno todo
lo que no espera”.
Sus manos tenían un
extraño tic que no existía hace años que lo conocí. El cabello estaba recién
rapado, y en su brazo izquierdo se asomaba un nuevo tatuaje que no alcancé a
distinguir. Después de varios minutos volvió a interrumpir la tristeza que
crecía en el silencio.
-¿Recuerdas la famosa
fotografía de La Silla Presidencial?
-La de los 2 generales que
está llena de fisgones ¿quién no?
-Pues esa foto
no tiene nada de la presidencial. Ambas sillas formaban parte del mobiliario
que había dejado la dictadura de 30 años de Felipe Torres. Solo estaban
haciendo espacio, unos dicen que para bailar, cuando un fotógrafo les pidió
posar, a los generales les alcanzaron los objetos más cercanos y se sentaron en
medio del bullicio, en aquel entonces, todo lo que estuviera dentro del Palacio
tenía el Águila de la República sin importar el estilo. Lo interesante de todo
esta anécdota, es que fueron las primeras imágenes que las personas conocieron
del interior del palacio, en aquellos años, todo lo que salía del edificio era
catalogado como presidencial, el escritorio presidencial, el reloj
presidencial, la bacinica presidencial con todo y su mierda presidencial, pero
la verdad es que a ninguno de los dos generales le interesaba la presidencia,
eran personas que sabían lidiar con la guerra, no con la paz.
-¿Me estás mintiendo otra
vez?
-No lo sé. Que obsesión la
tuya de conocer La Verdad.
-Trabajo como editor de un
diario, es ya una manía.
-Pues para tus
manías mis verdades. Te dará un consejo: a las personas no les importan los
detalles de la verdad, a uno le basta con saber que necesita oxígeno para vivir
sin tener que conocer cómo está compuesta la atmósfera.
-Aun así lo
necesitan saber.
-¿En serio lo
necesitan? Supe que hace un par de años te casaste ¿recuerdas el nombre de la
persona que te vendió el anillo de compromiso?¿la hora de la venta, las otras
opciones, el chofer del taxi que te llevó, así como el nombre del mesero que
puso la argolla en la copa de vino? Aun así, la falta de esos detalles no le
quita ni un gramo a tu verdad.
-Tienes un punto
válido.
-Yo no tengo
nada, en todo caso es un punto para Ibargüengoitia. ¿Conoces Los pasos de López? Es la historia
ficticia, más real, de la Independencia de México. Un montón de subtramas que
aportan a un hecho histórico, que dicho sea de paso, nunca se menciona. La
historia de la Independencia sin mencionar jamás a la Independencia.
-Entonces ¿cómo sabes que
es esa guerra?
-No podría ser
otra. Te apuesto a que si tu escribieras los hechos de un momento histórico del
país con los nombres cambiados, la gente sabría de lo que hablas. Como La noche
de los látigos, aquella en la que el General Triador, Rodolfo Callo, dio un
golpe de estado asesinando a sangre fría al presidente Espiridión Lucha, y al
vicepresidente Carlos Carrera Cantos, lo que avivó la lucha de los ejércitos de
Arnulfo Matos en el Norte, y Vicente Colorio en el Sur, terminando con los
desfiles que acabamos de repasar.
-Oye, en el diario tenemos
una vacan…
-No lo hagas,
no es necesario. Sé que te dije que estaba mal, pero no podría estar mejor, al
menos ahora me estoy dando tiempo para sentir la realidad del mundo. Por
cierto, ya me voy.
-¿No quieres que te pida
un taxi?
-No te
preocupes, me voy caminando. No vemos luego, Señor Editor. Espero que no pierda
La Verdad buscando los detalles de la
verdad. -Y Pedro se alejó, como suele alejarse, cuando no quiere ser molestado.
Gracias a la conversación
de aquella noche cuya fecha no recuerdo, el diario Surgimiento, en el cual
trabajaba, empezó a publicar una serie de columnas ficticias sobre La noche de los látigos, un hecho que
marcaría la última transformación armada del país.
La columna se imprimió por
más de 60 semanas consecutivas, siendo la impresión con más aceptación entre
nuestra audiencia. El final, que fue distribuido ayer, fue impreso en la
primera plana, incluso fue retomado por otros medios nacionales. La columna se
llamó “El Camino de Pedro” del capítulo 1 hasta el final, en honor a la obra de
Ibargüengoitia y la plática de Pedro.
Desde aquella madrugada,
el insomnio fue extirpado de mi cuerpo, o al menos así lo creo, la realidad
puede ser tan inverosímil, que a veces es necesario agregar algo de fantasía
para dotarla de credibilidad.

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