De un extranjero en su patria, una consideración sobre el sentido de la historia

 Por Rubén Gómez 

@esquirlas_filosoficas


“Todo pueblo tiene objetos peculiares de su fantasía: sus dioses, ángeles, diablos o santos, que continúan viviendo en las tradiciones populares, cuyas historias y hazañas cuenta la nodriza a los niños, impresionando su imaginación haciendo que esas historias sean perdurables. Aparte de estas criaturas de la imaginación, en el recuerdo de la mayoría de los pueblos viven todavía los antiguos héroes de la historia de sus patrias y (tal vez todavía) los valientes anteriores a la época en la cual el pueblo se reunió en un Estado bajo leyes civiles. Estos héroes no viven aislados en la fantasía de los pueblos; su historia, el recuerdo de sus hazañas, está vinculada a fiestas públicas, a juegos nacionales, a muchas instituciones internas y condiciones externas del Estado, a edificios y parajes bien conocidos, a templos y a otros monumentos”. [1]   
Wilhem, Hegel, “Escritos de juventud”, Cap. La fantasía religiosa de los pueblos 

 

Cuando se pregunta sobre la utilidad de la historia en nuestros días, siempre me gusta responder de acuerdo con algunas de las consideraciones de Wilhem Hegel y de Luis Villoro. La utilidad de la historia no resulta evidente de manera inmediata o bajo una perspectiva utilitarista que tome como criterio su rentabilidad -lo cual se muestra claro-, pues no es un instrumento o herramienta que sirva para tal o cuál finalidad. 

Siguiendo la interpretación de Luis Villoro, es posible decir que, en cierto modo, la historia cumple para algunas sociedades contemporáneas una función análoga a la que, por ejemplo, cumplía la mitología para las comunidades antiguas[1]. Dicha analogía se establece cuando consideramos que, así como en el marco de los primeros establecimientos sedentarios el hombre comenzó a emplear el lenguaje para crear interpretaciones conceptuales de su entorno y explicarse o volverse familiar su situación en el mundo; lo mismo ocurre en el caso de la historia con las civilizaciones posteriores y contemporáneas, es un relato explicativo que dota de sentido al presente en función del pasado.

Sin embargo, por fantásticas e inverosímiles que puedan ser consideradas las primeras explicaciones de corte mitológico, es innegable su importancia en el proceso de conformación de una identidad comunitaria y que con base en este tipo de comprensiones discursivas y con la paulatina transmisión que tuvieron de generación en generación, muchas comunidades explicaban y justificaban (y aún lo hacen), por ejemplo: la erección de un Estado, sus instituciones, sus leyes, la riqueza, fama o reconocimiento de algunos, sus códigos morales y hasta los preceptos que determinan la preferencia por cierto estilo gastronómico.  Así pues, por mucho que bajo cierta pretensión cientificista-positivista, haya quien pretenda demeritar el estudio de la historia acusando la carencia de “exactitud” en sus investigaciones, no es el caso que el rigor metodológico con que se articula sea menor; aunque no resulte evidente a primera vista, la historia no deja de marcar algunas pautas de la dinámica social en que usualmente nos encontramos, basta con revisar cuántas de las fechas que tenemos marcadas como festivas en el  calendario atienden a esta consideración.

La historia permite explicar los hechos presentes a partir de los eventos pasados, al remitirnos a un pasado en concreto, el presente es dotado de sentido, tiene entonces una razón, una causa por la cuál es de la forma en que acontece. Así también, ésta es el motor que incentiva la cohesión social entre los miembros disgregados de una localidad, pues plantea la posibilidad de un origen común, muestra los lazos que unen al individuo con una comunidad, así como otros que lo ligan a una nación en una escala más amplia, afianza a unos con otros bajo la homogenización de comprensiones relativas a su papel en un escenario más amplio, la vida del individuo adquiere otro significado en la medida en que se inserta en un proceso colectivo que lo excede y lo rodea. Gracias a ello es posible decir que la historia justifica nacionalidades, estados, instituciones, creencias y hasta propósitos comunitarios, es pues, un pensamiento integrador. 

                                                           Fotografía: Rubén Gómez. 

No obstante, que la historia sea vista como un pensamiento integrador, como causa de cohesión social entre hombres, comunidades y naciones, la vuelve peligrosa,  pues al subsumirse su administración y enseñanza bajo los intereses de unos cuantos, no sería extraño que adquiriera un carácter adoctrinante y disfrazara como intereses colectivos los objetivos de unos cuantos particulares. En este punto señala Villoro: 

"Ninguna actividad intelectual ha logrado mejor que la historia dar conciencia de la propia identidad a una comunidad. La historia nacional, regional o de grupos cumple, aún sin proponérselo, con una doble función social: por un lado favorece la cohesión en el interior del grupo, por el otro, refuerza actitudes de defensa frente a los grupos externos (...) Las historias nacionales oficiales suelen colaborar a mantener el sistema de poder establecido y manejarse como sistemas ideológicos que justifican la estructura de dominación imperante”[3]

De este modo, ante la pregunta “¿Y la historia para qué?”  resulta pertinente enfocar la respuesta en la implícita comprensión a la que está enfocada nuestro saber, es decir, a la comprensión de los vínculos originarios que prestan cohesión a una comunidad humana y la dotan de identidad, mismos que permiten a cada individuo asumirse como parte de un conglomerado más amplio que lo significa como miembro de una localidad, como ciudadano de alguna nación, o como agente de una institución. 

Y sin embargo, pese al carácter homogeneizador que puedan albergar las historias nacionales en la educación de sus poblaciones, no es el caso que siempre logren su cometido: hermanarlas. Pues ocurre con alguna sana frecuencia que algunos compatriotas se vuelven como extranjeros entre los suyos; pero no porque hayan nacido en otro lugar o vengan de otro sitio, sino porque siendo conciudadanos no se comportan como todos, no piensan lo mismo que todos, no se les ocurren las mismas ideas que a sus coterráneos; son extraños entre sus connacionales, como locos entre una masa cuyos criterios y verdades parecieran ser el resultado de una prescripción idiosincrática. 

Así se siente un extranjero en su patria.

 

Referencias: 

[1] Hegel, Wilhem “Escritos de juventud”, Cap. <<La fantasía religiosa de los pueblos>>, editorial Fondo de Cultura Económica, México, 2012, pág. 112.

 [2] Cfr. Villoro, Luis “Historia ¿Para qué?” <<Cap. El sentido de la historia>>, editorial siglo XXI, México, 2005, págs. 38-40.

[3] Ibídem, Villoro, pág. 45.


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