O lo otro...Breve acercamiento a Kierkegaard, parte II
Por Miguel Cruz
@lugoconnor
![]() |
| Soren Kierkegaard |
En esta oportunidad, querido lector, me gustaría continuar con la presentación del pensamiento de Soren Kierkegaard. Y si el artículo anterior no fue lo suficientemente grato como para invitarte a su lectura, pido me culpes a mí y no al danés, pues la escritura de éste es sin duda mucho más atractiva que la mía. Con todo, más atrapante que la forma en que se expresa es lo que dice, y sobre eso quisiera hablar en las siguientes líneas.
En la anterior entrega mencionamos que el filósofo de Copenhague establece un doble juego dialéctico. Por un lado, sus obras (tanto las firmadas con algún pseudónimo como las firmadas con su nombre) parecen comunicarse de cierto modo, mostrando diversas posibilidades de existir, por otro, se establece una conexión con el lector, quien seguramente se sentirá identificado con alguno de los planteamientos de nuestro autor. Hasta ese punto todo parece normal, y no habría razón para destacar a Kierkegaard entre los demás literatos y filósofos, pero la cuestión se torna interesante cuando el lector se identifica con más de una de las opciones presentadas, cuando se ve como Johannes el seductor (protagonista del diario de un seductor) y a la vez se ve llamado por las exhortaciones éticas que hace “B” en sus cartas.
Cuando eso sucede, el autor ha logrado su cometido de confrontar al lector y ponerlo en una situación en la cual debe elegir entre las alternativas presentadas, las cuales, al final del día no son simples opciones literarias, sino que representan diferentes maneras de existir, diferentes formas de vivir. Lo que Soren Kierkegaard pretende es que su querido lector tome conciencia de sí mismo y de la forma en que habita en el mundo, que sea capaz de elegir entre lo uno y lo otro, teniendo presente lo que cada decisión implica.
Esta actitud se puede comprender si tomamos en cuenta el contexto en que se desarrolla el pensamiento de Kierkegaard. La sociedad de Dinamarca del siglo XIX se encontraba altamente influenciada por la filosofía de Hegel y el idealismo alemán, lo cual había provocado, según la opinión de nuestro autor, que se viviera bajo las categorías del absoluto y de esta manera se perdiera de vista la vida del individuo y los compromisos que ésta exige.
Junto con esto, la prosperidad económica que Dinamarca había tenido en años anteriores llevó a sus habitantes a un estilo de vida aburguesado, muy allegado a los placeres estéticos pero un tanto alejados de la reflexión. Todo esto influía incluso en la religión, que fue uno de los temas que más le interesó a Kierkegaard. Pues consideraba que el danés promedio de la época no tenía claro lo que significaba ser un verdadero cristiano y se conforma con serlo por el hecho de pertenecer a una cultura o una tradición cristiana, sin reparar en los compromisos que se adquirían con tal pretensión.
Siendo así, su obra puede entenderse como un intento, un exhorto para que cada uno tome consciencia de sí y de la forma en que habita; que cada individuo se reconozca como tal ante los colectivos (sociales o metafísicos) y de esta manera asuma el compromiso que implica la existencia. En diversas entradas de sus diarios, desde sus años de estudiante, nos muestra que se encontraba en la búsqueda de una certeza, de un punto arquimédico sobre el cual basar el resto de las cosas y en una carta del 1 de agosto de 1835 lo formula de la siguiente manera
Se trata de entender mi destino, de ver lo que la divinidad quiere que haga. Lo que importa es encontrar una verdad que sea verdad para mi, encontrar una verdad por la cual querer vivir y querer morir […]¿De qué me serviría además que desarrollara el significado del cristianismo, ser capaz de aclarar muchos fenómenos particulares, si ellos no tuviesen para mí mismo y mi vida un sentido más profundo
Con todo, el joven filósofo es consciente que este tipo de compromisos y esta forma de vivir no son nada sencillos, es por eso que sus escritos terminan desarrollando conceptos como los de la angustia y la desesperación, los cuales llevan a quien los experimenta a tomar decisiones sobre la manera en que existe.
Los tres estadios en los que se puede encontrar la vida, según su perspectiva, son los siguientes: el estético, dedicado a los placeres tanto sensibles como intelectuales; el ético, donde el individuo toma un cierto grado de compromiso para con la sociedad y consigo mismo; y el religioso, donde entra en una relación con Dios y es el máximo estadio al que se puede aspirar. Aunque no debemos caer en el error de ver los estadios como una suerte de escalera que debemos de subir, sino como un constante flujo con puntos de encuentro entre los cuales el hombre transita enfrentándose constantemente a la decisión entre lo uno y lo otro.
Y tú, querido lector, ¿aceptarías el desafío de Kierkegaard de posicionarte como uno ante el todo y buscar esa verdad por la cual vivir o morir?
Cita:
1.- Papirer IA75.

Comentarios
Publicar un comentario