Octubre lúgubre: «Los sauces» de Algernon Blackwood
Por Rubén
Gómez
@esquirlas_filosoficas
“Necesitaba con urgencia algún tipo
de explicación, del mismo modo que aquel individuo que aspire a la felicidad de
encontrar su lugar en el mundo para encarar las fatigas de la vida necesita una
interpretación válida del cosmos, aunque
al final sea absurda”[1].
Algernon Blackwood, Los sauces.
Algernon
Henry Blackwood fue uno de los escritores ingleses más prolíficos de relatos
fantásticos y del terror moderno anglosajón; fue también, miembro de esa
brillante camada de escritores británicos que redimensionaron los horizontes
del cuento de terror entre finales del siglo XIX y principios del XX, créditos que comparte con:
Arthur Conan Doyle, Lord Dunsany, Arthur Machen y William Hope Hodgson, entre
otros.
Blackwood
sentó las bases de una narrativa novedosa, que además de rescatar algunos de
los elementos de la tradición gótica victoriana, incluía la consideración de
otros fenómenos extraños, cuya ocurrencia estaba más allá de los acostumbrados alcances
del terror psíquico, eventos que bien pueden adjetivarse como metapsíquicos y/o
pseudocientíficos; sucesos que exceden el marco de explicaciones
lógico-racionales con que nos apropiamos del mundo, pero que no por esto quedan
cancelados de todo cuanto acontece.
La
inspiración al igual que la mimesis poética de sus obras estuvo subsidiada en
gran medida por sus diferentes viajes y empleos, como lo fue su recorrido-estancia
por los ignotos bosques canadienses, sitios que abonaron a la germinación de ese
poder tan seductor como enigmático que despiertan las grandes planicies, vale
decir lo mismo de sus días como reportero del New York Evening Sun. Sin embargo, fue la práctica del montañismo
la que lo llevó a recorrer el Danubio entre los veranos de 1900 y 1901,
precisamente, de ese recorrido nacería la atmósfera de la novela corta que
motivó estas líneas: Los sauces.
Howard
Phillips Lovecraft le dedicó algunas notas en el décimo capítulo de su ensayo: El horror sobrenatural en la literatura,
pero más allá de las reservas y la censura que el maestro de Providence
manifiesta con respecto de la pretendida terminología paranormal empleada por
Blackwood en algunas de sus obras y lo contraproducente que esta podría
resultar tanto para la gestación del misterio como de las atmósferas ominoso-esotéricas
en cada relato, Lovecraft destacó la forma en que el arte y la sobriedad alcanzan su expresión más pura en Los sauces, relato que mantiene las
pinceladas justas y necesarias de enigmas para dotar de una verosimilitud singular
a lo que bien podría ser una descabellada fantasía, o no…, usted lector,
juzgará ello.
El
Danubio nace en la meseta alemana de Baar, en la Selva Negra y desemboca en el
Mar Negro, el escenario en que se gesta el argumento de esta historia yace
entre Viena y Budapest, específicamente cerca de Bratislava, capital de
Eslovaquia. En este lugar, el Danubio se adentra en una región desolada, en la
que las aguas se expanden incontenibles a falta de un cauce principal, lo cual,
hace de aquel territorio un extenso pantano cubierto por incontables sauces
enanos. Un pantano que cambia cuasi camaleónicamente según las precipitaciones,
y a veces, cuando éstas cesan, tan numerosas son las llanuras como los bancos
de arena que se erigen por encima del agua y parecen avivarse por el rítmico
vaivén de los sauces que albergan sobre sí. En este escenario se adentran los
dos protagonistas de la trama y la relatoría de uno es el único testimonio que
hay de los singulares acontecimientos que dejó esa travesía por el Danubio.
Luego
de un día complicado surcando y salvando las aguas del río, nuestro narrador y
su acompañante buscan albergue en alguna de aquellas arenosas llanuras
provisionales para encallar su canoa con el objetivo de pasar ahí la noche. En
este punto de la narración se establece la excelsitud de la atmósfera y la
subordinación de los aventureros ante los fascinantes encantos de la misma. Así
pues, resulta posible considerar que el juicio del narrador queda subsumido,
embelesado, y a merced de las postales que se muestran en aquel sitio ajeno de
cualquier atisbo de actividad humana.
Quizá,
esta pre-comprensión del ambiente es la que los empuja sutilmente a
sobredimensionar cada ocurrencia que rompe el cuadro de monotonía dinámica que
se dibuja entre las cambiantes riberas y el flujo incesante del Danubio, y es
que, nada más extraño para romper esa armónica uniformidad que la repentina
aparición de una nutria a las orillas
del promontorio y la no menos inaudita presencia de un hombre a bordo de un
pequeño bote flotando entre aquellos desolados parajes, y que devolvía una
mirada de estupefacción a los hombres que le contemplaban desde la llanura, al
tiempo que se santiguaba y realizaba una pantomima tan inaudible como
ininteligible.
A
medida que esa primera noche se dibujaba, la contemplación de la inmensa
extensión de aguas salvajes, de la violenta danza de los sauces enanos al compás
de la fuerza del viento va despertando en nuestro narrador una extraña
inquietud “Ningún escenario corriente
podía producir un efecto semejante”[1].
Y como bien apunta nuestro protagonista:
Las grandes
demostraciones de la naturaleza, desde luego, nunca dejan de impresionarnos (…)
Las montañas intimidan, los océanos sobrecogen y el misterio que encierran los
grandes bosques siempre ejerce un extraño embrujo en nosotros”[2].
Precisamente
esta subsunción del juicio -a lo que Kant o el propio Schopenhauer nombrarían
como el sentimiento de lo sublime que evoca la naturaleza- es la que impide a
nuestro cronista conciliar el sueño aquella noche, la que distorsiona su
valoración sobre algunos acontecimientos, la que agudiza su percepción al grado
de permitirle captar sutiles sonidos ahogados bajo las fuertes ráfagas de
viento, la que configuraba formas de animales antediluvianos en el follaje de
los sauces, los mismos que parecían cerrarse cada vez en torno a su campamento
y cuya única prueba de ese silencioso complot era un tenue sonido de pisadas
sobre la arena al exterior de la tienda. Es decir, esa disposición anímica bien
pudo ser la autora de aquellas
peculiares experiencias.
Producto
de la sugestión o no, ni el alba del amanecer siguiente fue capaz de erradicar
la extrañeza de esa noche: una cortada en la base de la canoa con la longitud
suficiente para poner en entredicho la continuidad del viaje aunada a la
desaparición de uno de los remos, eran quizá, el saldo de las anomalías de la
madrugada anterior.
Es
sumamente llamativa la manera en que la serenidad lo mismo que la ecuanimidad
aparecen con mayor facilidad bajo la luz matinal, acompañadas de pretendidas
explicaciones causales, por no decir lógicas de los hechos: ¿La cortada en el
casco de la canoa? El roce de una piedra durante el descuidado encallamiento en
la arena. ¿La desaparición del remo? Que las limitantes de la imaginación
impidan concebirlo siendo arrastrado por las fuertes ráfagas de viento durante
la madrugada no significa que no pudo ocurrir de esa manera.
Las
inminentes reparaciones de la canoa y la búsqueda de algún medio para sustituir
el remo faltante terminan obligando a nuestros viajeros a demorar su estancia
un día más en ese promontorio de arena que cada vez perdía más metros de
superficie contra el flujo del Danubio.
Una
muestra de la genialidad de Algernon Blackwood en esta novela estriba en esa
directa proporcionalidad entre intervalos de tiempo y enigmas/misterios, es
decir, a mayor cantidad de tiempo, mayormente inescrutables aparecen los
acontecimientos. Describir la segunda velada de los protagonistas en ese
promontorio solamente como una locura,
sería juzgarla con un criterio muy limitado. Asúmase mi reserva a continuar la
reseña sin comentar este apartado como una vehemente invitación al lector para
compartir las letras de Blackwood y que ello, sea quizá, motivo de otros
encuentros en lo venidero.
Finalmente,
es pertinente decir que el reconocimiento de Lovecraft a Blackwood va más allá
de los siete párrafos que le dedica en el décimo capítulo de El horror sobrenatural en la literatura;
hay un guiño tan sutil como genial en su cuento de 1927 El color que cayó del cielo, en éste y en Los sauces, los árboles se mueven pese a la ausencia del viento,
como si una fuerza, misteriosa e inextricable para los espectadores, les
animara en cada caso.


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