Pensar y/o ser feliz

 Por Rubén Gómez 

@rockben05 

Melancolía I, Alberto Durero (Detalle)

¿Quién puede ser feliz en el mundo? ¿Qué significa ser feliz? ¿Qué significa pensar? ¿Existe alguna relación entre pensar y ser feliz, una especie de amalgama entre ambas actividades, o, por el contrario, son actividades siempre excluyentes entre sí?

Podemos esgrimir algunas respuestas provisionales antes de someterlas a examen, eso haremos a continuación. El objetivo de esta serie de cavilaciones, estimados lectores, radica en explorar la relación entre pensar y felicidad; primero como una disyunción y luego como una conjunción. Consideraremos si pensar, en tanto que actividad, podría introducir para quien se ejercita en ella, algunos obstáculos infranqueables en la búsqueda de la felicidad, o, si resultaría posible que pensar pudiera allanar su consecución.  

La disyunción “pensar o ser feliz” puede plantearse desde las comprensiones expuestas en el Eclesiastés, particularmente a través de las siguientes líneas: “donde abunda la sabiduría abunda el disgusto y quien añade ciencia, añade dolor”[1], mismas que el propio Schopenhauer recuperaría en el parágrafo 56 de El mundo como voluntad y representación, cuando afirma que:

“Cuando el conocimiento gana en claridad y se incrementa la consciencia, también aumenta la angustia, que por consiguiente alcanza su grado más alto en el hombre y a su vez sigue aumentando cuanto mayor sea la perspicacia e inteligencia de éste (…) Quien aumenta la sabiduría aumenta con ello el sufrimiento”[2].

Si nos mantenemos en esta valoración estamos lejos de asumir que pensar pueda amalgamarse o incluir en su desarrollo a la felicidad. Es evidente que pensar sería lo equivalente a un ejercicio angustiante, uno que disuelve las certezas, los saberes y las creencias que nos dan algún grado de seguridad; pensar nos llena de dudas, alimenta la desazón ante las explicaciones que se pretenden totalizantes, nos deja cierta sensación de inconformidad con lo que tenemos delante.

Pensar permite que afloren las sospechas frente a lo que otrora asumíamos como certezas, como garantías que orientaban nuestros pasos por esa red de significaciones que llamamos mundo; es decir, pensar pone en cuestión el sentido de lo que creemos, decimos o hacemos. Por eso nadie, o casi nadie, quiere pensar. Es más sencillo creer.

Resulta más sencillo creer lo que otros dicen, lo que otros creen y se esmeran en hacernos creer, lo que dicen los líderes de opinión a través de la radio, la televisión o las redes sociales, lo que sostienen los oradores en sus discursos dulzones, someros y retóricos, mismos que, aderezados con un toque de seguridad al hablar cancelan cualquier observación que juzgue su veracidad o que ponga de manifiesto algún atisbo de falibilidad en su contenido. Perfectamente podrían estarnos mintiendo de manera elegante sin que siquiera lo notemos, esta última consideración aplica también para quien escribe estas líneas.


El Sapere aude propuesto por Kant en su texto “¿Qué es la ilustración?” brilla por su ausencia, pues ¿Quién tiene el valor de servirse de su propia razón todavía? ¿Quién piensa auténticamente por sí mismo? Más bien, parece que constantemente nos invitamos a no pensar, traigamos a cuenta muchas de las frases de nuestra idiosincrasia que así lo ponen de manifiesto:

“¿Para qué piensas tanto? Mejor actúa”, “No lo pienses tanto, mejor distráete, olvídalo”.

Quizá, sin notarlo, nos vamos invitando a vivir con el menor número de elementos posibles en la cabeza, “Las personas ocupadas no piensan tonterías”, reza también otro pretendido adagio popular. Sin embargo, me atrevería a precisar: Las personas ocupadas no piensan, pues operan, reproducen maquinal, acrítica e irreflexivamente (muchas veces) sus labores; es decir, parecen automatizar su conducta.

Ahora bien, si saber pensar no es ninguna garantía para la consecución de la felicidad ni para la obtención de algún éxito monetario ¿Qué sentido tiene hacerlo?

“Esta es -escribe Óscar de la Borbolla-, precisamente, la pregunta que hacen los que no piensan, los que forman parte de la masa de seres humanos que se mueven por inercia y que, más que moverse corren agitados tras el éxito, convencidos de que el éxito y lo que conduzca a él, es lo único que vale la pena […] Ni todo aquel que tiene éxito piensa, ni todo el que piensa tiene éxito. Ésta es la trágica ecuación que, una y otra vez, se desprende de las evidencias de la historia […]” [3].


Melancolía I, (Completa)

Ante esta falta de garantías en el ejercicio del pensamiento uno podría explicarse por qué resulta más sencillo creer, más sencillo ligarse a una certeza que nos obsequie algún grado de tranquilidad, que nos coloque sobre el suelo seguro de cualquier dogma que pretenda una explicación de lo que acontece. En este punto, exploremos la siguiente cuestión:

¿Es posible, todavía, pensar y ser felices?

Pensar, ineludiblemente nos pone de manifiesto la finitud de nuestra existencia, que vamos a morir, pero no a la carta, no cuando queramos o cuando nos creamos listos, no un momento, sino solo una vez y para siempre.

Si la muerte nos ningunea (guiño y recomendación de esta lectura) ¿Por qué otorgar tanta importancia a la imagen pública, a lo que los otros opinen de nosotros, al qué dirán?

“La muerte pone de manifiesto la reverenda ridiculez de la fama, del renombre y no solo, sino también, la insignificancia absoluta de las cosas que poseemos, de las que hemos hecho, de lo que hemos alcanzado. Nada vale nada ante la lección de finitud que nos da la muerte.

Porque la muerte es la gran maestra que enseña el verdadero valor de cada cosa, […] nos hace comprender que quien realmente no posee ningún valor es uno mismo: uno es tan frágil, tan mortal como el que acaba de partir”[4].

De esta manera, la aparente escisión de los binomios “pensar o felicidad” y “pensar y felicidad” puede cancelarse si se considera que la muerte se lleva por igual los triunfos y los fracasos, las alegrías y los sinsabores. Que ella nos permite relativizar el valor de los obstáculos (cada uno tiene los propios) que impiden la consecución de la felicidad.  

Así pues, si damos el visto bueno a la resignificación, esto es, a la reasignación de valores que permite la consideración de la finitud de nuestra existencia, aceptaríamos que tanto el individuo melancólico que se ejercita en el pensamiento como el que simplemente vive sin asombrarse de su existencia están a la misma distancia de la vanidad, de la soberbia pretensión de que hemos entendido todo. O como dice el autor del Eclesiastés:

“He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y aflicción del espíritu”[5].

¿Qué semejanza existe entre el melancólico individuo que va pidiendo a sus libros den tregua a su dolor y aquel que, sencillamente, cree que ha entendido de qué va la vida porque la ha reducido al consumo y al entretenimiento? ¿No son acaso igual de soberbios y vanidosos?

No vamos a ir más allá en la elucubración de estas cuestiones, no por ahora.

Aunque eso no los priva, estimados lectores, de la posibilidad de continuar dialogando las inquietudes que hayan aflorado con los argumentos aquí expuestos, quizá ya no con esta lectura, quizá no en una conversación con otros (que pueden o no pensar), pero sí, en un ejercicio de introspección:

 

Para ti: pensar/ser feliz ¿se entienden como una disyunción o como una conjunción?

 

Leo sus comentarios.




[1] Eclesiastés, I, 18.

[2] Schopenahuer, Arthur, El mundo como voluntad y representación, parágrafo 56, pág. 549-550. 

[3] De la Borbolla, Óscar, “La rebeldía de pensar”, FCE, pág. 13.

[5] Eclesiastés, 1, 14. 


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