Religión y necesidad metafísica, una mirada desde Villoro y Schopenhauer
Por Rubén Gómez
@rockben05
La creencia en
la Divinidad proviene de la negativa a admitir que todo es absurdo […]Creer en
la divinidad es creer que el universo debe tener un sentido. Desconozco ese
sentido, pero puedo vislumbrarlo en la grandeza del todo, en su fuerza
inagotable, en su diversidad creadora, en su sublime esplendor. Todo habla de
“un no sé qué, que queda balbuceando”. No pretendo entonces, profanar el
misterio; solo puedo ensalzarlo y doblegar a él mi voluntad.
[Luis Villoro,
El concepto de Dios y la pregunta por el sentido, en “La significación del silencio y otros
ensayos”]
La
adhesión personal a una religión puede basarse en diferentes motivos, desde la
confianza que se deposita en una doctrina heredada y en las personas e
instituciones que la practican, hasta asumirla como una tradición que se perpetúa desde la
educación recibida, misma que gana vigencia a medida que la adquisición y
reproducción de esa religión favorece la conformación de una comunidad. Así
mismo, la adhesión de los individuos a una religión puede obedecer a motivos de
carácter práctico tales como la cohesión social, la construcción de una
identidad o la búsqueda de un sentido de pertenencia a una determinada
localidad para ser reconocido en ella.
Vista
de esta manera, la religión no es separable de la moralidad aceptada ni de
otros modus vivendi consensuados
entre los integrantes de una comunidad, más aún, puede ocurrir con el individuo
como decía Schopenhauer: “Si se le
inculcan (esos hábitos de comportamiento) tempranamente, le bastarán como explicaciones de su existencia y
sustentos de su moralidad”[1].
Precisamente, el cumplimiento de las virtudes comunes, heredadas de la
tradición, tales como la solidaridad, la comunión y otras que se respaldan en
la aprobación social, podrían constituir otros de los móviles que vinculan a
los individuos con la religión.
Si
apelamos a la etimología para desglosar la palabra religión, encontramos que está compuesta por el prefijo “re”, que se traduce como otra vez o volver a; y del verbo latino ligare,
es decir, ligar o juntar; por ello, diríamos que,
literalmente, religión significa “volver
a ligar”, ligar al hombre con la totalidad, o por lo menos, con algunas de
las pretendidas explicaciones sobre esta misma totalidad.
“Pues
si hay algo deseable en el mundo, tan deseable que incluso la tosca y
aletargada muchedumbre, en sus momentos de lucidez, estimase más que la plata y
el oro, es que un rayo de luz caiga sobre la oscuridad de nuestro existir y nos
aporte una explicación sobre esta enigmática existencia, en la que solo está
clara su miseria y futilidad”[2].
A
partir de este punto podríamos señalar algunas de las siguientes generalidades
sobre las religiones: que son complejos sistemas de creencias custodiadas y
reproducidas por comunidades o instituciones, y son el resultado de muchas generaciones
de creyentes que las han preservado. Así también, es posible decir que a la
base de todas ellas encontramos una experiencia de Lo Santo o Lo Sagrado. La
experiencia de este concepto puede tener múltiples manifestaciones.
Basílica de Guadalupe, toma frontal. Fotografía: Rubén Gómez.
En
comparación con lo cotidiano, es decir, lo que se repite, lo que puede ser
comprendido y manejado, lo sagrado se
ofrece como lo insólito, lo incomprensible, lo inmanejable. Atendiendo lo que
dice Rudolf Otto en su texto Lo santo, veremos que dicho término
tiene múltiples adjetivos: lo numinoso,
lo fascinante, lo inefable, lo absolutamente heterogéneo, lo otro, el mysterium tremendum, el misterio
tremendo.
Así
pues, ante la posibilidad que supone la manifestación de este misterio
tremendo o de lo numinoso, es perfectamente natural que el hombre se sienta
rebasado, pues lo que tiene delante es un poder inconmensurable, inquietante,
que no puede detener ni controlar. Luis Villoro nos ofrece la siguiente
descripción con relación a este punto:
“(Este poder) Causa horror y a la vez atracción. La reacción del religioso es
ambivalente: trata de evitarlo, porque tal poder puede destruir o aniquilar,
pero también le fascina y encanta, porque lo vive como fuente de creación, de
vida, de plenitud.”[3]
Un
punto en el que concuerdan Villoro y Otto es en que, frente a la inexorable
manifestación de las fuerzas naturales y la amenaza que algunas de sus
manifestaciones pueden suponer para la conservación del individuo, la respuesta
de los primeros hombres ante dichas fuerzas fue deificarlas, esto es,
considerarlas como dioses, adjudicándoles algún grado de divinidad, algún grado
de lo sagrado en su mostración.
Sin
embargo, no sólo fueron consideradas como sagradas las manifestaciones de la
naturaleza, sino también los lugares que nos llenan de asombro, parajes
solitarios, desiertos, bosques, las cumbres de algunas montañas por su cercanía
con el cielo, todo aquello que produce un sentimiento de extrañeza o
magnanimidad y nos pone de manifiesto nuestra nimiedad cósmica; lo que en la
estética del pesimismo estudiamos con el nombre de lo sublime
dinámico-matemático.
Lo santo también está en los momentos en que sucede
algo extraordinario, en los sitios reservados para la postración, manifestación
o resguardo de la divinidad, ahí donde se ofician ceremonias y aparecen los hombres
que parecen sobrehumanos por ese halo de santidad que generalmente les acompaña
en las liturgias o celebraciones semejantes. De esto lugares, Schopenhauer
decía que eran la manifestación material de la
necesidad metafísica: “Templos e
iglesias, pagodas y mezquitas testimonian en todos los países de todos los
tiempos, con su esplendor y su grandeza, la necesidad metafísica del hombre”[4],
esto es, el afán por ese rayo de luz que nos aporte alguna explicación,
suficiente y satisfactoria, de esta enigmática existencia.
Por
ahora, concluyamos considerando lo siguiente: ¿La percepción de eso que suele
llamarse Lo santo/sagrado en la
naturaleza, en el hombre, en la vida y en la muerte, contradice o cancela la
posibilidad de conocer racionalmente los hechos del mundo? Es interesante
pensar que, aunque podamos llegar a una explicación científica completa del
universo, de sus fenómenos y de la etiología que les relaciona en términos de
causas y efectos, es decir, que aunque podamos explicar en completitud cómo es el mundo todavía podríamos
preguntar: ¿Y qué sentido tiene todo
esto?, o recuperando a Heidegger, ¿Por
qué es el mundo y no más bien, la nada?
Esto
nos orilla a estimar que, que el universo sea, el mero hecho de que exista eso
que llamamos cosmos, sigue apareciendo como el mayor, inexplicable y tremendo
misterio, mismo que siempre da y seguirá dando cabida a las aproximaciones
religiosas a propósito de la pregunta que interroga por su sentido y
significado.
Y ante esta cuestión, cuéntanos, estimado lector o lectora ¿Con qué respuesta te has persuadido del sentido de la existencia?
Participar de algún sonidero durante las vísperas del 12 de diciembre también es una de ellas...
[1] Schopenhauer, Arthur, parágrafo
17 de Complementos al mundo como voluntad
y representación, editorial Alianza, España, 2012, pág. 213.
[2] Ibídem, pág. 216.
[3] Villoro, Luis, Vías de la razón ante lo Sagrado, en “La significación del silencio y otros ensayos”, Fondo de Cultura Económica, México, 2016.
[4] Ibídem, Schopenhauer, pág. 215
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