Los herederos de la esclavitud musical

 

Por Arthur Cuevas

@arthurcaves


“Lira de oro, a la que el paso obedece”.
Píndaro, Pítica I, 1.

 

 

La música nos ha acompañado durante milenios, desde los rituales efectuados por las primeras tribus hasta llegar a sonorizar nuestros días a través de los teléfonos “inteligentes”. Regularmente la asociamos con el goce frenético o el consuelo perfecto para nuestros corazones. Sin embargo, muy pocas veces reconocemos el poder esclavizante que este arte ejerce sobre nosotros.

¿Cómo es posible que la música nos vuelva esclavos?, ¿más bien nos libera de alguna manera, cierto? Son los primeros cuestionamientos que nos asaltan al leer a Pascal Quignard en ‘El Odio a la Música’, un libro que llama la atención por su propio título y que nos permitió reflexionar acerca del gran poder que reside en la naturaleza sonora de dicho arte.

La μουσική (mousikē) o el arte de las musas se ocupa de la creación y organización tanto de sonidos como de silencios. Al agruparse estos elementos, se suelen repetir en intervalos regulares a un determinado tiempo; se crea el ritmo. Los sonidos musicales se sustentan, en la mayoría de los casos, en los principios de armonía y melodía. La primera tiene que ver con la combinación de sonidos distintos y simultáneos que son acordes entre sí. Mientras que la melodía es aquella composición agradable al oído que se desarrolla con independencia de su acompañamiento.

El concepto de música ha cambiado a lo largo del tiempo. Muchos músicos y compositores han quebrantado sus reglas para crear nuevos lenguajes de expresión musical, generando diversas escuelas. También se ha utilizado como un móvil para la protesta social y la transmisión de ideologías. Se ha industrializado y vulgarizado para prostituirse conforme a los principios del sistema capitalista. En música nada está definido.


No obstante, hay algo que permanece inamovible en su naturaleza. La música tiene la facultad para evocar un sinfín de sentimientos en nuestras almas, así como para mover nuestros cuerpos mediante su hechizo sonoro. El ser humano siempre es víctima de la música. Es algo que padecemos de manera involuntaria. Estas características son los pilares del poder esclavizante de la música que resalta Quignard, quien afirma que: 

“La presa de la música es el cuerpo humano. La música es intrusión y captura del cuerpo. Hunde en la obediencia a quien tiraniza atrapándolo en el cepo de su canto. (…) La música capta, cautiva donde suena y donde la humanidad se entrega a su ritmo, hipnotiza y hace desertar al hombre de lo expresable. Durante la audición, los hombres son reclusos”.

Quizá para ser testigos de esto bastará con escuchar una de nuestras canciones favoritas en algún tipo de reproductor y prestar atención a cómo de pronto comenzamos a mover el pie, a tararearla o menear la cabeza. Sin mencionar las emociones que despiertan en nuestro interior en virtud de la melodía de alguna canción o pieza musical.

En el mundo antiguo se entendía perfectamente el poder de la música, un poder que se ejerció en los conflictos bélicos. A través de la música se inflamaba el corazón de los soldados para acrecentar su valentía. Platón dedicó parte de su ‘República’ para analizar la importancia de la música en la educación de los guardianes que deberán resguardar la ciudad ideada por Sócrates.

Para Tucídides la música también permite ordenar las líneas de batalla y marchar en función del ritmo de los tambores. “Sin música, una línea de batalla se expone a la desorganización en el momento en que avanza para ir a la carga”, añade el historiador y militar griego en su ‘Historia de la Guerra del Peloponeso’.

En nuestros días algo similar sucede en los conciertos de metal o punk. La banda ordena a los espectadores, quienes se separan en dos grupos dejando un espacio libre entre ellos. El grupo que toca la música tiene ahora el control. El público reposa sobre atenuados acordes de guitarra, que por lo regular se acompañan con algún tipo de percusión que marca el ritmo. Sin embargo, cuando el estruendo de la música aparece como el de un relámpago, la orden es clara: los espectadores deben enfrentarse a empujones, brincos, golpes y patadas contra los que tienen enfrente. Los estudiados en el tema llaman a este encuentro “moshing”.


Pascal Quignard. 

“El director de orquesta construye todo un espectáculo de eso que el oyente obedece. Los oyentes se asocian para ver a un hombre parado en una plataforma que hace hablar y callar a voluntad a un rebaño que obedece. (…) Un rebaño que obedece equivale a decir una jauría de animales domesticados. Una jauría de animales domesticados define a la sociedad humana”, añade Quignard.

 La música puede encantar al ser humano sin ninguna dificultad. La industria del entretenimiento lo sabe a la perfección y ahora explota a este arte para manipular nuestras emociones. Imaginemos alguna de esas típicas escenas melosas hasta el colmo en una película dramática, ¿la imagen tendría el mismo efecto emocional en nosotros sin el acompañamiento de una dulce melodía o la canción “adecuada”? En una película de terror, ¿qué sería de ella sin los sonidos estruendosos que provocan los sobresaltos en los espectadores? Esta industria conoce bien el poder de la música, por ello lo ejerce sobre nosotros a diestra y siniestra para obtener beneficio. De acuerdo con los expuesto con el escritor francés en ‘El Odio a la Música’:

“La música viola el cuerpo humano. Pone de pie. Los ritmos musicales fascinan los ritmos corporales. Enfrentado a la música, el oído no puede cerrarse. Al ser un poder, la música se asocia a cualquier poder. Es esencialmente no igualitaria. Oír y obedecer van unidos”.

 Quignard asegura que nuestras sociedades se encuentran saturadas de sonido, “por primera vez desde la invención de los instrumentos, el uso de la música se ha vuelto coercitivo y repugnante”. Hoy en día encontramos la música en todas partes: restaurantes, centros comerciales, transporte público, aeropuertos, playas, parques, y muchos más sitios[1].

Queremos cerrar con lo siguiente: desde la perspectiva del filósofo francés, la música permite que determinados grupos ejerzan un poder sobre los otros, fomentando con ello la injusticia social mediante prácticas horrendas, hasta llegar al extremo en el que alguien que amó la música por sobre todas las cosas, termine odiándola[2]. Por nuestra cuenta, podemos decir que somos fieros amantes de la música, no obstante, este tipo de libros nos invitan a mirar desde otra perspectiva un lado que pareciera oscuro en torno a una de las bellas artes. Consideramos que la música no es malévola por sí misma, uno la hace de ese modo, al utilizar su poder para fines ajenos e intereses particulares.



[1]    Este pensamiento se podría contrastar con lo expuesto por David Byrne en su libro ‘Cómo funciona la Música’, en el que afirma que la música permite estetizar los entornos en los que estamos inscritos.

[2]     Quignard ejemplifica esto último retomando las anécdotas narradas por Simon Laks y Primo Levi, quienes centraron algunos de sus textos en el uso de la música como elemento de tortura a los judíos que estuvieron en los campos de concentración nazis.




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