Vida contemplativa: pensar la inactividad desde la inactividad

 

Por Rubén Gómez

@rockben05

Perspectiva, Rubén Gómez. 


La verdadera felicidad se debe a lo vano e inútil, a lo reconocidamente poco práctico, a lo improductivo, a lo propio del rodeo, a lo desmedido, a lo superfluo, a las formas y a los gestos que no tienen utilidad y que no sirven para nada. Andar paseando parsimoniosamente comparado con el caminar, correr o marchar hacia algún lado es un lujo. El ceremonial de la inactividad es: hacemos, pero para nada.

Byung Chul-Han, Vida contemplativa


Confieso que la lectura de Vida contemplativa fue mi primer acercamiento como tal a una obra de Byung Chul-Han, con antelación me había acercado, indirectamente, a sus planteamientos sobre la sociedad del cansancio y la romantización de la autoexplotación disfrazada de superación personal en el contexto de la sociedad del rendimiento y la productividad.

Vida contemplativa: elogio de la inactividad es un particular exhorto para reflexionar sobre las múltiples implicaciones que tienen los vertiginosos ritmos de vida en que nos encontramos subsumidos. Que únicamente nos limitemos a percibir la vida según términos de trabajo y rendimiento nos reduce a lo que Han llama animal laborans (animales que laboran) individuos que reducen sus actividades a meras tareas operarias que no requieren mayor intervención de la reflexión o del pensamiento crítico para su ejecución. Es una reproducción de lo mismo todos los días.

Una reproducción de lo mismo que se encuentra subordinada a los intereses de lo que este filósofo llama, la sociedad neoliberal del rendimiento, mismos intereses que son reproducidos por medio de diferentes recursos ideológicos y finalmente asimilados por el común denominador de las poblaciones. En este sentido, la vida del individuo se reduce a operar en función de incrementar la productividad (hacer la mayor cantidad de actividades en el menor lapso de tiempo posible), la vida se convierte entonces en una suerte de competencia que tiene como objetivo la eficiencia y la funcionalidad. Y el sentido colectivo que se consensa para la vida es: más rendimiento, más producción, más consumo, más entretenimiento, sin pausas, sin momentos ni espacios para la reflexión, gradualmente, esto se asemeja a una lucha por la supervivencia que cancela y no admite la inactividad.

En medio de esa vorágine subordinada a la actividad, se da, de manera casi automática, una explotación inherente en cada individuo, y más aún, dirá Han, es una autoexplotación que se romantiza como superación personal. Una autoexplotación ideológicamente encaminada a la consecución de los estereotipos de éxito, rendimiento y competitividad. Cada aparente logro alcanzado no es sino una presea que debe presumirse a los demás, sin embargo; aquellos individuos que no alcanzan las expectativas ideológico-meritocráticas planteadas socialmente desde la educación elemental, dirigen la frustración contra sí mismos, es así como se ven imposibilitados para poner en cuestión las estructuras sociales, políticas y económicas que les tienen en el estado de competencia, hiperactividad, hiperproducción e hiperconsumo cotidiano. Parece que vivimos para sobrevivir estas condiciones.

Otro síntoma de estas circunstancias son los constantes discursos de motivación, proactividad, emprendimiento y coaching empresarial. A través de ellos, se propone que el individuo se vuelva empresario de sí mismo, y que, en apariencia, se asuma como un sujeto libre dentro del mercado en tanto que no está sometido a ningún otro que lo mande y/o lo explote, pero en lugar de ello, se explota a sí mismo, por más que lo haga con entera libertad. Así pues, la explotación de uno mismo, a veces es más severa que la ajena, pues va aderezada con el sentimiento de libertad. Entonces “La obligación de actuar, de producir y de rendir, conduce a la falta de aire. El ser humano se asfixia en su propio hacer”[1].



Byung Chul-Han nos invita a pensar este problema en términos heideggerianos, afirmando que estamos en un mundo gobernado por el conformismo del estado interpretativo público,

“Gozamos y nos divertimos como se goza, leemos, vemos y juzgamos […] como se ve y se juzga. El uno [Dasman] que no es nadie determinado y que son todos, prescribe el modo de ser de la cotidianidad”[2].

De este modo, diríamos que vivimos en un mundo con interpretaciones prefabricadas, en una existencia interpretada y decidida según la actividad y la utilidad. A este respecto dice Han que “El mundo es siempre <mundo del obrar>. Las cosas son herramientas. Todo está sometido al <para algo>”[3].

Aquí es pertinente preguntar: ¿Qué papel juega la inactividad en medio de estas dinámicas? ¿Es solamente ese tiempo libre que dentro de las relaciones capitalistas constituye un período de descanso de la actividad, es decir, un elemento funcional en el seno de la producción y derivado del trabajo? Si ante esta cuestión, estimados lectores, tenemos una respuesta afirmativa, mucho me temo que nos asemejamos al mero animal laborans.

Para nuestro pensador “La inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana […] La inactividad forma lo humano”[4]. De acuerdo con él, las dinámicas a las que estamos sujetos la gran mayoría de nosotros nos hace perder la disposición para la inactividad y el sentido de la misma, esto es, para hacer sin producir, para hacer nada, sin miras a la utilidad o al para qué.  

Hemos aceptado la mercantilización del tiempo, de nuestro tiempo, y, por ende, de nuestra vida, “el tiempo es dinero” escuchamos que se dice o quizá nosotros decimos. Por tal motivo, todo tiempo que pasa sin ser productivo es visto como un déficit, como una pérdida de tiempo (dinero), siendo que, precisamente, ese tiempo fuera de los criterios de utilidad y productividad es la inactividad.

Las inactividades requieren mucho tiempo. Exigen un largo rato, una intensa pausa contemplativa. Son raras las inactividades en una época de apuros en la que todo se ha tornado tan a corto plazo, tan de corto aliento, tan corto de miras. Hoy se impone por todas partes la forma de vida consumista en la que toda necesidad debe ser satisfecha de inmediato. No tenemos paciencia para una espera en la que algo pueda madurar lentamente. Lo único que cuenta es el efecto a corto plazo, el éxito veloz. Las acciones se acortan y se convierten en reacciones. Las experiencias se rebajan a vivencias. Los sentimientos se empobrecen en la forma de emociones o afectos. No tenemos acceso a la realidad, que solo se revela a una atención contemplativa[5].



Así pues, todo aquello que encuentra gestación en la inactividad: filosofía, poesía, arte, música, ayuno, fiesta, etc. pueden perfectamente entenderse como déficits o pérdidas, pues son negaciones del capital, un capital que es la actividad en estado puro. El humano incapaz de la inactividad, de esa pausa y de ese silencio que implica va degradando paulatinamente en un animal laborans. Pues incluso, da la impresión de que nos esforzamos por huir de las pausas y los silencios, pues cuando aparecen automáticamente los cancelamos con otra serie de estímulos que nos ocupan y distraen inmediatamente: dispositivos móviles, audífonos; la música se vuelve un medio para huir del silencio.

Incluso el lenguaje, que otrora constituía el criterio distintivo entre nosotros y el resto de los animales también ha terminado obedeciendo a la vertiginosidad, al flujo constante de información que se sucede sin cesar, pues parece que el margen entre una y otra novedad informativa es muy estrecho. La información vive del atractivo de la sorpresa y del frenesí de la novedad. No hay, por tanto, mucho espacio para otros ritmos en el lenguaje, otros que se acompañen de la pausa, de la cadencia, del énfasis y del acomodo cuidadoso de las palabras, eso explica porque se reducen drásticamente los espacios para discursos como la poesía. También, el lenguaje que versa sobre nosotros se ha subordinado a la terminología económica para hablar de “gestión emocional” o de “rentabilizar las crisis”. Lo humano se ha reducido como agregado del factor económico.

Concluyamos pensando la siguiente cuestión: ¿Qué somos al margen de la acción y la producción? ¿Qué nos queda si nos privamos de ambas, será acaso la contemplación? Efectivamente, eso queda, la contemplación sin atender la finalidad ni la utilidad, la esencia de la inactividad hacer para-nada.

Apunta nuestro autor al respecto:

La actividad contemplativa es una inactividad, un reposo contemplativo, un ocio, en la medida en que, al contrario de la vida activa, no actúa, es decir, en la medida en que no tiene su meta fuera de sí misma. En la inactividad en cuanto ocio, la vida se vincula consigo misma […] Solo la vida contemplativa promete la autosuficiencia divina, la dicha perfecta”[6].

Además de un exhorto a considerar cuán animal laborans podemos llegar a ser, o quizá somos, esta obra de Byung Chul-Han, nos invita a recuperar las posibilidades que se ofrecen en el reposo propio de la vida contemplativa, y de paso, recuperar-nos a nosotros, a esos que somos al margen de las determinaciones laborales que tenemos encima, porque sí somos algo más allá de eso, ¿verdad?



[1] Chul-Han, Byung, Vida contemplativa: Elogio de la inactividad, Taurus, México, 2023, pág. 55. 

[2] Ibídem , pág. 56

[3] Ibídem, pág. 58

[4] Ibíd. págs.11-12

[5] Ibíd. pág. 22.

[6] Ibíd. Págs. 74-75. 






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