De los Juegos de la vida
Por Miguel Ángel Lugo.
@lugoconnor
El
discurso sobre las tres transformaciones del espíritu[1]
con el que el Zaratustra de Nietzsche inicia su vida pública, ha sido objeto de
varios estudios e interpretaciones. Incluso en este mismo blog, tenemos ya una
entrada en la que comenzamos hablando sobre qué representa la imagen del niño
(última transformación del espíritu) en esta especie de parábola. Decíamos
entonces que para el filósofo alemán el niño representaba inocencia, olvido,
dinamismo, libertad y juego[2]; y
proponíamos cuestionarnos si estos rasgos pertenecen en efecto a la infancia o
son producto de una idealización adulto-céntrica.
Si
bien, igual que entonces, consideramos que es necesario cuestionarnos algunas
notas de esta concepción del niño, creemos que hay dos en particular que no
podemos negarle: el juego y, derivado de ello, la libertad. Y es que la
experiencia nos ha demostrado que el niño juega y que, desgraciadamente, el
adulto no lo hace ni de la misma forma ni con la misma constancia. Ya que hace poco han terminado las
celebraciones por el día del niño, nos parece un buen momento para hablar un
tanto sobre el juego, su relación con la libertad y porque también los adultos
deberíamos jugar.
Comencemos
por hablar de qué entendemos por juego. En su libro Cerebro y libertad,
Roger Bartra nos dice que el juego “se trata de un comportamiento libre y
aparentemente superfluo”[3] y
que esta actividad libre y voluntaria “al mismo tiempo implica un orden
regulado”[4].
Es decir, cuando el niño juega se instala en un espacio donde él establece las
reglas, donde acepta atarse a ellas, donde se vuelve creador y donde, terminado
el juego, es capaz de volver a las reglas que ya se encuentran en el mundo.
Cuando un niño juega, por ejemplo, a ser ladrón o policía, sabe que terminando
el juego volverá a la normalidad, no reproducirá los patrones de su personaje
ni seguirá obligado a tener que atrapar o huir de su compañero de juego. De esta forma, cuando el niño juega, se entra
en un espacio donde las cosas se resignifican de manera simbólica y donde somos
un poco más libres.
Pero,
el humano no es el único que juega, también entre los animales el juego tiene
un papel primordial y, según algunas religiones, también los dioses juegan.
¿Esta al mismo nivel el juego de los hombres, los animales y los dioses?
Pareciera que no, pues el juego en los animales parece tener más un fin de
educación que de esparcimiento y para algunos dioses el juego es su estado
natural. Veámoslo con más detalle para apreciar la diferencia y dimensionar las
particularidades del juego en los niños.
Según nos comenta el mismo Bartra, estudios de
varios zoólogos apuntan a que el juego en los animales “ayuda a construir un
conocimiento practico del entorno, a adquirir y perfeccionar habilidades
físicas y a cimentar las relaciones sociales y afinar tanto la musculatura como
el sistema nervioso”. A través del fenómeno lúdico, estos animales adquieren
habilidades necesarias para sobrevivir y si bien es cierto que en los bebes y
niños pequeños el juego también ayuda al desarrollo físico motor, alcanzada
cierta edad, funciona más como un mundo simbólico que el niño va creando. Con
una nueva realidad donde voluntariamente se coloca y en la que imita la
realidad, pero con su propia perspectiva.
En
cuanto a los dioses, hemos dicho que el juego es su condición natural, porque
(salvo algunas excepciones) comúnmente se les concibe como seres omnipotentes,
no sujetos a las leyes que rigen el universo del hombre. De esta forma, no
están determinados para actuar de tal o cual forma y al no estar obligados a
algo, son enteramente libres. Algunas
vertientes del hinduismo, por poner un ejemplo, suelen concebir que nuestro
mundo es producto del juego de uno o uno de los dioses (como menciona Alain
Danielou en su libro Mientras los dioses juegan)
También
en occidente, se ha mencionado la dimensión lúdica como algo propio de los
dioses. Giorgio Colli en El nacimiento de la filosofía nos habla sobre
Dionisio y Apolo y como en cierta manera sus acciones son una forma de jugar
con los hombres. Toma como ejemplo el Laberinto, ese producto apolíneo en la
que el hombre se pierde y nos dice “Hay un elemento lúdico en el modo de
manifestarse a los hombres de Apolo, en las expresiones del arte y la
sabiduría”[5]
Este juego del laberinto de la razón se va a convertir con el tiempo en lo que
los sabios llaman enigma. Por su parte, “En Dionisos, el juego es inmediatez,
espontaneidad animal que se goza […] consiste en abandonarse al Azar[6]”
Como
podemos ver, las acciones de los dioses, pueden ser vistas por el hombre como
una especie de juego, con resultados beneficios o fatídicos según corresponda, pero
siempre libres, siempre fuera de cualquier obligación, siempre voluntarias y
por ello lúdicas.
Podemos
apreciar entonces, que el juego de los niños se halla en un punto intermedio,
no sujeto a lo pedagógico, como en los animales, y no siendo una entrega total
al azar, como en las deidades. Con todo, es sin duda un espacio de libertad.
Sin embargo, conforme pasa el tiempo, este espacio lúdico va perdiendo peso en
la vida de los hombres. El adulto deja de crear sus reglas al jugar y se somete
a las reglas de la sociedad, deja de simbolizar el mundo y se contenta con
estar en él, deja de tener libertad y se somete a la pura necesidad.
Quizá
es por ello que Nietzsche insiste en que el espíritu tiene que convertirse en
niño y que el niño es libertad y juego. Es por ello también, querido lector,
que quise escribir estas cortas líneas para invitarte a escapar por un momento
de la necesidad y liberarte jugando.
El
día del niño ya pasó, pero siempre es buen pretexto para volver a jugar.

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