El origen de la novela negra en la narrativa de Edgar Allan Poe
Por Rubén Gómez
@rockben05
Últimos días
El
27 de septiembre de 1849, Edgar Allan Poe se embarcó desde Richmond, Virginia con rumbo a
Filadelfia para comunicar a su tía, María Clemm <<Muddie>> (como le decía de cariño), que Sarah Elmira Royster acababa de
aceptar de muy buena manera casarse con él.
Sarah
Elmira Royster había sido su novia de juventud entre 1825 y 1826, sin embargo,
entre algunas reservas por el padre de ésta a dicha relación y el ingreso de
Poe a la universidad de Virginia, su continuidad se vio truncada. Las
circunstancias posteriores fueron favorables para que se reencontraran entre
julio y septiembre de 1849 cuando Poe regresó a Richmond y para que las nupcias
entre ambos se programaran para celebrarse en octubre de ese mismo año.
El
barco que llevó a Poe de Richmond a Baltimore atracó dos días después de su
salida, el 29 de septiembre, desde ahí, Poe debía tomar el tren a Filadelfia,
pero debía esperar algunas horas. En alguna de las horas siguientes su destino
quedó sellado. Lo que ocurrió a partir de ese momento y durante los cinco días
siguientes es un mar de conjeturas; hay un paréntesis enigmático con relación a
lo que pasó con él desde el 29 de septiembre al 03 de octubre de 1849, fecha en
la cual, Edgar Allan Poe apareció en un parque de Baltimore; sucio,
desorientado, cuál vagabundo, cubierto con ropa vieja, manchada, con un
sombrero de paja, despeinado, con el rostro demacrado, los ojos vacíos y sin
brillo, seguramente todavía con los remanentes del láudano y el alcohol en el
cuerpo. Remanentes que se hacían patentes a través de un estado de absoluto
delirio e incoherencia, que le hacían trastabillar con cada paso.
Aquel,
había sido un día de elecciones en Maryland, la fiesta asumía muchas formas
para manifestarse: bandas de música, muchachas bailando, simpatizantes de los
diferentes partidos invitando a votar por sus candidatos, conversaciones,
gritos y mucho bullicio. Era muy común que en esos escenarios, los partidos en
pugna hicieran votar en repetidas ocasiones a pobres diablos, a quienes
emborrachaban con antelación para después llevar de un comicio a otro. Aunque
no hay pruebas determinantes de ello, es muy probable que Poe fuera utilizado
como votante y abandonado a su suerte más tarde.
Vivió
cinco días más en una cama del Washington College Hospital de Baltimore y como
nos cuenta Julio Cortázar, en la breve semblanza biográfica que antecede a la
colección de cuentos y poemas que tradujo de Poe, “en esos últimos días el resto de sus fuerzas se quemaron entre
terribles alucinaciones, la lucha contra las enfermeras que lo sujetaban a la
cama, los gritos de desesperación con los que llamaba a Reynolds, el explorador
polar que había influido en la composición de su Arthur Gordon Pym y que,
misteriosamente se convertía en el
símbolo final de esas tierras del más allá que Edgar parecía estar viendo”[1]
Finalmente,
Edgar Allan Poe murió a las tres de la
madrugada de un 07 de octubre, hace 174 años, “Que Dios ayude a mi pobre alma” fueron sus últimas palabras;
aunque siguiendo lo dicho por Cortázar, algunos biógrafos más entusiastas
terminaron por incrementar indebidamente este mortuorio soliloquio.
El
escenario en que se sitúan los últimos días de la vida de Poe, está envuelto
por una densa nube de misterio, pues como tal, nunca se logró determinar con
claridad cuál o cuáles fueron las causas de su muerte. Es cierto que existieron
distintas especulaciones que colocaban a su alcoholismo como la causa principal,
así mismo, se habló de sífilis, cólera o tuberculosis, y hasta una sobredosis
de láudano como posibles desencadenantes del desequilibrio mental que
caracterizó sus últimos días. Con respecto a este paréntesis en su biografía y
a la ignorancia que hay sobre las causas de su muerte, concuerdan cuatro
escritores que en algún momento hicieron las veces de sus biógrafos: Edmund
Wilson, H. P. Lovecraft, Julio Cortázar y Rolando Díez. Todos ofrecen versiones
semejantes de este pasaje, letras más, letras menos.
Es innegable que la obra de Poe marcó profundamente la literatura de América, dejó una gran influencia en la escuela simbolista de Francia y en el surgimiento del surrealismo, ni qué decir de la modificación de la literatura sobrenatural. Herederos de su pluma son autores como Charles Baudelaire, Fiodor Dostoyevski, Franz Kafka, Guy de Maupassant, Thomas Mann, Julio Verne, H. G. Wells, H. P. Lovecraft, Borges, el propio Cortázar y ni qué decir de Arthur Conan Doyle y Agatha Christie.
El origen de la novela negra
Es
justamente con estos últimos dos autores que podemos situarnos en el tema que orienta estas líneas: El origen de la literatura policíaca o también
llamada novela negra en la narrativa de Edgar Allan Poe a partir de la figura
de Auguste Dupin. Así mismo resulta de nuestro interés resaltar la influencia que
tuvo este personaje en la tradición posterior del relato policíaco, a saber, en
Sherlock Holmes y Hércules Poirot. Dicha influencia puede establecerse en al
menos dos puntos relevantes: la caracterización del investigador divorciado de
las pesquisas oficiales y la predominancia del pensamiento racional tanto en
sus indagaciones como en sus observaciones, obliterando el papel de las emociones
y/o muestras de efusividad en su conducta.
Ahora
bien, los primeros esbozos de la novela policíaca dentro de la obra de Poe se
encuentran específicamente en la trilogía de relatos: Los crímenes de la calle Morgue, publicado en diciembre de 1841; El misterio de Marie Roget, publicado
entre noviembre y diciembre de 1842 y La carta robada, relato publicado en
1845. Los tres están protagonizados por Auguste Dupin.
Los crímenes de la calle Morgue,
es el primer relato en el que apareció Auguste Dupin, y diríamos también, bajo
una interpretación cronológica, que es el punto de partida para lo que más
adelante sería llamado como La novela
negra. Así mismo, en este relato se encuentra esbozada una de las primeras
imágenes del detective como un agudo razonador, frío, maquinal, insensible,
como una suerte de visionario. Dice Poe en los primeros párrafos de este texto:
“Así como el hombre
robusto se complace en su destreza física, y se deleita con aquellos ejercicios
que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esas actividades del espíritu que consisten en desenredar. Goza incluso con las
ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan
los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos y al solucionarlos muestra un
grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural”[2].
Del
mismo modo, en la introducción de este texto, Poe asevera que esta facultad de
resolución se ve vigorizada por el estudio de las matemáticas en sus ramas más
altas; y aunque propiamente no lo específica en el texto, uno puede suponer que, por la época, es muy probable que se refiera a los desarrollos hechos por los
matemáticos franceses contemporáneos de Dupin: Laplace, Carnot, Poincairé.
Siguiendo con el esbozo del detective hecho por este autor en la primera parte del texto, leeremos también, que juegos tales como el ajedrez y las damas ofrecen una oportunidad sui géneris para ver en acción los dotes de los cuales se jacta nuestro razonador empedernido.
“Silencioso, procede a
acumular observaciones (…) Examina el semblante de cada uno de sus compañeros
comparándolo con el resto de sus oponentes. Una palabra casual o descuidada, la
caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente ansiedad o
negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas con el orden de su
disposición, el embarazo, la vacilación, el apuro o el temor… todo ello
proporciona a su percepción aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la
realidad del juego”[3].
Es
así como esta descripción de los caracteres del investigador policíaco vino a
configurar una suerte de estereotipo que encontró un eco muy significativo en
la conformación de la personalidad del detective consejero consultivo más
famoso de Londres, hablamos de Sherlock
Holmes y más adelante, ocurrió un caso análogo con Hércules Poirot de Agatha Christie. Para empezar, atendamos cómo se
manifiesta dicha influencia en la descripción que Watson hace sobre la nula
expresión emocional de Holmes en el primer párrafo de Escándalo en Bohemia, relato inicial de Las aventuras de Sherlock Holmes.
“Todas las emociones eran
aborrecibles para su mente fría y concisa pero admirablemente equilibrada. Era,
estoy seguro, la más perfecta máquina de razonar y observar que el mundo haya
visto; pero como enamorado se habría colocado a sí mismo en una posición falsa.
Nunca hablaba de las pasiones más tiernas como no fuera con escarnio y mofa.
Eran cosas admirables para el observador: excelentes para descorrer el velo de
los motivos y las acciones de los hombres. Mas para el razonador adiestrado,
admitir tales intrusiones en su propio temperamento delicado y fríamente
ajustado era introducir un factor perturbador que podía arrojar la duda sobre
sus resultados mentales”[4].
En
esa misma descripción, Watson señala que ni la arena en alguno de sus
instrumentos más sensibles o una grieta en el lente de una de sus potentes
lupas habrían sido tan molestos para Holmes como permitirse albergar una
emoción tan fuerte como el amor. Sin embargo, los guiños y referencias entre Holmes y Dupin
no se agotan únicamente en estas características compartidas, en Estudio en escarlata -la primera novela
en la que aparece Sherlock Holmes-, nos encontramos con una mención explícita
de éste último hacia su homólogo francés; esto luego de que fuera el propio
Watson quien asociara la conducta y hábitos de Sherlock con las del
detective creado por Poe, un cumplido poco afortunado para Holmes, quien
termina respondiendo:
“Sin duda piensa usted que me está halagando
al compararme con Dupin. Ahora bien, en mi opinión Dupin era un tipo realmente
mediocre. Ese truco suyo de irrumpir las meditaciones de sus amigos mediante
una pertinente observación, al cabo de un cuarto de hora en silencio es
realmente muy aparatoso y superficial. Tenía cierto genio analítico, sin duda,
pero no era en absoluto tan gran fenómeno como Poe parecía creer”[5].
Es indudable que el episodio referido por Holmes en la cita anterior, no es otro sino aquel que aparece descrito a través de las primeras páginas de Los crímenes de la calle Morgue; particularmente en la descripción del escenario en que se desarrollarían las tensiones principales de la trama. Ahí, Dupin irrumpe de forma intempestiva en las asociaciones mentales de su acompañante y cronista solo para confirmarle en voz alta lo que éste había considerado únicamente en sus pensamientos: que Chantilly, un hombrecillo de reducida estatura con serias pretensiones en el arte histriónico, estaría mejor en el teatro de variedades que representando a Jerjes en la tragedia de Crébillon. Ante la impavidez de su interlocutor, Dupin desanda el camino de su conclusión y explica punto por punto la concatenación de premisas que lo llevaron hasta ese corolario, concatenación que implicaba a un frutero, el pavimento, la estereotomía, las consideraciones físicas de Epicuro, Orión y finalmente a Chantilly.
Ahora
bien, pese a la crítica hecha por Conan Doyle a través de su Sherlock Holmes a
este icónico pasaje que ilustra las habilidades de Dupin, encontramos un homenaje
y una remembranza explícita a Poe en El
paciente residente, relato contenido en Las
memorias de Sherlock Holmes. En esta narración encontramos cómo es que Holmes
hace un proceso análogo al de Dupin para seguir el curso de las cavilaciones de
Watson, al cabo del cual, el protagonista acepta que tenía por costumbre realizar observaciones
semejantes a las del detective de Poe. Incluso, Holmes hace el siguiente
comentario a Watson como para mitigar la estupefacción de quien se sabe
violentado en la intimidad de sus pensamientos.
“Las facciones le han sido dadas al hombre como medio de expresar sus emociones, y las suyas le sirven de forma leal, especialmente sus ojos”[6]
Para
Poe, la relevancia de las facciones, de lo que hoy día suele llamarse como
expresión no verbal, cobra una relevancia fundamental particularmente en el
relato de La carta robada, pues en
uno de los apartados, el mismo Dupin confiesa que había conocido a un pequeño
de ocho años, cuyos triunfos en un pequeño juego de adivinación de pares o
impares se basaban en la observación y el cálculo de la astucia de su oponente,
e incluso cita las palabras que el pequeño le dirigió en una conversación.
“Si quiero averiguar si
alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus
pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la
de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en
mi mente o en mi corazón coincidentes con la expresión de mi cara”.
Aunque pueda parecernos irrelevante, el estudio de este ejemplo supuso un punto de interés para las consideraciones psicoanalíticas de Jaques Lacan, quien más tarde dedicaría uno de sus seminarios exclusivamente al análisis del texto de Poe, y particularmente al de este pasaje que relaciona de manera frontal la expresión corporal con el surgimiento de ciertos pensamientos o sentimientos en el individuo.
Regresando a la estructura de los relatos que nos competen, si apelamos al carácter extraordinario de las narraciones en cuestión, es totalmente claro que, Los crímenes de la calle de la Morgue encierran en sí la trama más inverosímil y fascinante de los tres, me inclino a considerar que la mayoría de nosotros aceptaría que, como decía Darwin en los capítulos cuarto y quinto de El origen del hombre, los principios de imitación, censura y aprobación fueron los pilares sobre los cuales se fueron construyendo gradualmente los primeros lazos de comunidad. ¿Quién tendría la imaginación tan retorcida para siquiera suponer que el principio de imitación de uno de los llamados simios mayores en relación a los hábitos matutinos de su dueño terminaría con un cadáver degollado por una navaja de afeitar y otro con el cuero cabelludo arrancado de raíz e incrustado en una angosta chimenea? La respuesta hasta nuestros días sigue siendo, solamente a Edgar Allan Poe.
Pero
así como loamos al genio creativo del primer relato de Dupin, es pertinente
señalar también los elementos no tan favorables del segundo: El misterio de Marie Roget, el más
extenso, complejo, rebuscado e incluso cansado de esta trilogía. No es la
lectura fácil, atractiva, rápida y con un final de fantasía que el gran público
demandaba. Y sin embargo, aquí nos asalta un dilema que parece estar ligado
siempre a los grandes genios: ¿Su obra desluce, sencillamente porque carece del
aplauso de sus contemporáneos?
Independientemente
de la respuesta que cada uno de nosotros pueda esgrimir a esta cuestión, a
título personal, considero que, las vivencias quizá no tan gratas que tuvo Poe
a nivel personal mientras trabajaba en esta obra, terminaron permeando en su
estilo, al menos en esta particular comparación.
Finalmente, sea como poeta, bohemio, opiómano o amante de la noche y las letras, la relevancia de Edgar Allan Poe en los primeros esbozos de la novela negra y en general, de la literatura universal, es innegable. No obstante, acotándonos al particular interés que aquí se ha puesto de manifiesto, diríase incluso, que algo de esa seriedad y melancolía inherentes a su detective, se mezclan también con el ánimo de quienes compartimos la lectura de sus obras.
[1]
Cortázar, Julio, Biografía de Poe,
Cuentos 1, Alianza editorial, México, 201
[2]
Poe, Edgar Allan, Cuentos 1, <Los crímenes de la calle Morgue>,
Alianza, México, 2016, pág. 475
[3]
Ibídem, pág. 477-478.
[4]
Conan Doyle, Arthur, Escándalo en
Bohemia, Fontamara, México, 2018, pág. 7.
[5]
Conan Doyle, Arthur, Estudio en Escarlata,
Fontamara, México, 2014, pág. 25
[6]
Conan Doyle, Arthur, Las memorias de
Sherlock Holmes, <El paciente residente>, Fontamara, México, 2010,
pág. 145.
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