Especial noche de Walpurgis: Epístola de un escéptico.
Por
Rubén Gómez
@rockben05
Me
resisto a aceptar que la extraña concatenación detrás de los eventos suscitados
la noche en cuestión, vaya más allá de la sencilla ocurrencia de una ordinaria parálisis
de sueño. Pese a la distancia temporal que ahora me separa de lo que aquella
noche ví, o creí ver y escuchar, no deja de resultarme complejo establecer una
línea de explicación que dé cuenta de algunas situaciones específicas. Algo en
lo que he concordado en charlas posteriores con quienes han tenido la paciencia
de escuchar con antelación este relato es que, entre más me devano conjeturando
posibles explicaciones y elucubrando escenarios fantásticos, más intrincado me
parece todo esto. Algunos de mis amigos más cercanos, comprensivos y
solidarios, niegan con una titubeante vehemencia que mi narración sea el relato
de una psique desequilibrada o
enferma, no es que desconfíe de ellos, pero quizá, ponerlo por escrito
esclarezca las cosas y, gradualmente me devuelva un poco de la tranquilidad
nocturna que he perdido.
Me encontraba de visita en el pueblo natal
de mis abuelos paternos, San Pedro Apóstol, Oaxaca. Eran poco más de las de las
dos y media de la madrugada cuando me incorporé de golpe en la cama, acababa de
tener un episodio de parálisis de sueño, diría que nada extraordinario de no
ser por toda la serie de visiones y alucinaciones auditivas que tuve durante el
mismo: como generalmente me ocurría en estos casos, abrí o creí abrir
abruptamente los ojos sin poder mover el cuerpo. Sin embargo, en esta ocasión,
mi vista enfocaba el muro opuesto a la ventana y no sé de qué forma la luz que
se filtraba, de la luna o de las farolas, parecía dibujar fantásticas sombras
antropomorfas que iban y venían por la habitación, una habitación que no era
mía, más aún, a la par de esos movimientos comencé a tener algunas
alucinaciones auditivas: una especie de tintineo metálico que luego pareció un
cascabeleo y después una especie de agudo silbido cuyo origen no podía si
quiera imaginar. Tintineos, cascabeleos y silbidos que se agudizaban a medida
que pasaba el tiempo pero que también paseaban a través esa habitación cuya
disposición todavía no me era del todo familiar; pero no paseaban en armonía,
sino de manera caótica, atónica, arrítmica, desesperante, arrastrada por el
vaivén de las sombras, a veces antropomorfas a veces amorfas. Ante la
insoportable sensación que gestaba cada segundo de ese episodio pretendí
inútilmente gritar, maldecir, defenderme, moverme. Imposible.
Y así como el hombre que, en medio de una
batalla siente la frustración que antecede a la inexorable derrota y hace un
último acopio de fuerzas para mandar un desesperado ataque, así lo hice yo
hasta que pude incorporarme, un espasmo de dolor, semejante a una jaqueca
intensa me devolvió de espaldas contra la almohada. Y entonces, un punzante
pinchazo de dolor a la altura de la sien empezó a intensificarse. Sentí un
escalofrío recorriendo mi cuerpo, estaba empapado en un sudor frío, cosa
extraña en una noche tan fresca. Toqué mi frente con el afán de mermar la
jaqueca, estaba más caliente de lo habitual, tenía fiebre.
Un impulso de regurgitación que superó en
intensidad a la cefalea y a la fiebre me obligó a levantarme de la cama. Esa
triada de padecimientos me acompañó el resto de la velada, no hubo más
alucinaciones ni sueños, pero tampoco descanso.
La claridad del alba al despuntar
comenzaba a colarse en mi habitación cuando logré dormitar un poco, lejos
estuve de tener un descanso reparador. Los inconvenientes apenas iban a
comenzar.
-Te hicieron ojo, hijo
–comentó mi abuela, a la mañana siguiente mientras que, según ella, me limpiaba
con un huevo, alcohol y otras hierbas-, la familia de la jovencita con la que
platicaste ayer tienen fama de dedicarse a este tipo de actividades, trabajos
si quieres llamarle así. Qué bueno que solo tuviste el dolor de cabeza y el
vómito.
No respondí nada ante esa afirmación por
parte de mi abuela, lejos estuve de concederle mayor relevancia, pues asumí que
sus comentarios estaban motivados por no pocos prejuicios idiosincráticos al
igual que otras cosas que se contaban en el pueblo. De manera introspectiva me
tranquilicé diciendo que pudieron ser múltiples factores los que desencadenaron
esos síntomas: la calidad del agua, la preparación de los alimentos, los
residuos químicos que una mina aledaña emitía al aire, que esa noche no me
acoplé a la disposición de un colchón que no era el mío. Etc.
Mi abuela debió interpretar la
incredulidad que se colaba a través de una ligera sonrisa y se tomó la libertad
de contarme una historia, que, de no ser por los eventos que estarían por
venir, seguramente ahora ya no recordaría.
- Las brujas y su pacto con el maligno abundan en este pueblo, hijo,
y aunque la llegada del alumbrado público a las calles y de otros artefactos
tecnológico hayan ido acallando gradualmente sus herejías, no significa que,
porque no las veas o no las creas posibles, no estén ocurriendo.
La tesitura de su voz cobró una seriedad
un tanto inusual para ella, sus palabras estaban envueltas en un tono solemne
que en nada se parecía a la habitual jovialidad con la que me hablaba. Pese a
que ese detalle llamó mi atención siguió sin modificar mis consideraciones
internas, pero desdibujé de a poco la sonrisa que había esbozado y volví a
guardar silencio. Ella continuó.
-Cuando tu abuelo era un niño de cuatro o cinco años estuvo a punto de sucumbir a causa de esas mujeres consortes de Satán. Su madre, tu bisabuela Bertha, había tenido varias confrontaciones con algunas de ellas por la asignación de lugares para vender tamales en el atrio de la iglesia durante la fiesta de San Pedro. Dos de ellas querían acaparar todo el espacio disponible y no dar oportunidad a nadie más. Tu bisabuela, aguerrida como era, no se permitió intercambiar muchas palabras antes de empezar a intercambiar golpes para revertir las intenciones de aquellas señoras, al cabo de lo cual sometió a ambas públicamente, obligándolas a cambiar de opinión. Sin embargo, ella y otros testigos que presenciaron la escena, afirmaron que, por lo bajo, ambas mujeres la amenazaron con la promesa de que eso no terminaría así.
Las
noches del 29 y 30 de junio el acostumbrado silencio del pueblo se ve
sustituido por la música de bandas, jaripeos y bailes en honor al santo patrono,
la frontera entre el final y el comienzo de cada día se desdibuja en medio del
bullicio y la algarabía. Precisamente durante la primera velada, tus bisabuelos
salieron al tradicional baile en la plaza del palacio municipal y justo al
frente de la iglesia del pueblo. No repararon en que dejarían solos a sus dos
hijos, tu abuelo Julián, dicho sea de paso, el más pequeño de ellos.
No
me imagino cuáles fueron las emociones que ambos sintieron cuando cerca de las
cuatro de la mañana del día siguiente al regresar a casa encontraron a sus
compadres Daniel y Galdina, los padrinos de tu abuelo, con el niño recostado en
un petate, ardiendo en fiebre y balbuceando palabras sin aparente sentido, la
madrina de tu abuelo le había colocado compresas de agua tibia en la frente y
aligerado las ropas con la intención de bajarle la temperatura.
De
acuerdo con su testimonio, los compadres ya dormían cuando cerca de las dos de
la madrugada el penetrante llanto de un niño se coló por los muros de carrizo
del cuarto en el que se encontraban descansando. Precisamente, a través de los
intersticios entre un carrizo y otro, Daniel observó a tu abuelo caminando en
medio de la calle con dirección a la vereda que desembocaba en el río del
pueblo. Esa vereda se encontraba rodeada por múltiples árboles y finalmente
terminaba en un gran sauce a lado del río, mismo del que se contaba, solía ser
el centro de ceremonias nocturnas entre las brujas del pueblo y el maligno,
que, de acuerdo con diferentes versiones, a veces aparecía como macho cabrío y
otras con la forma de un gran perro negro. Todos llegaron a la misma
conclusión: algo o alguien se estaba llevando a tu abuelo.
Los
días posteriores a ese acontecimiento, el niño estuvo muy débil, constantemente
acosado por fiebres muy altas y algunas posibles alucinaciones. No fue sino
hasta que empezaron a limpiarlo con huevo, hierbas y otros remedios que poco a
poco fue recobrando la salud, aunque eso no impedía que tuviera algunos
esporádicos episodios nocturnos en los que despertaba llorando o gritando
¿Sonambulismo? Esa es una explicación muy simplista para lo que le sucedió.
Escuché con suma atención las palabras de
mi abuela, no quise interrumpirla con ninguna clase de pregunta o comentario
que pudiera considerarse impertinente o escéptico, si esos relatos ligados al
pensamiento mágico le bastaban para dar cuenta de la frágil salud de mi abuelo
durante su infancia yo no iba a objetar absolutamente nada. Dejé que el día
transcurriera con cierta normalidad, a excepción del notorio cansancio que
pesaba sobre mis párpados y extremidades no tuve más que rescatar hasta que
comenzó a oscurecer.
A medida que la luz del día agonizaba una
especie de inexplicable ansiedad empezó a recorrer mi cuerpo, los síntomas de
la noche anterior comenzaron a agudizarse y esta vez ni la limpia con huevo ni
los múltiples remedios que mi abuela ocupaba traían alguna mejora. No sé cuánto
tiempo pasé dando vueltas en la cama aquejado por el dolor, el mareo, la
sudoración y las náuseas, hasta que en un afortunado momento tuve la dicha de
no saber más.
La tranquilidad de mi descanso fue turbada
por un espasmo involuntario que me hizo abrir los ojos, pero no podía moverme,
era otro episodio de parálisis de sueño. Solo que esta vez mucho más desesperante
que la última, eran tintineos, cascabeleos, silbidos y gritos o algo que se le
parecía, pero con mucha mayor violencia. No tardaron en aparecer esas malditas
sombras danzantes ahora antropomorfas y luego amorfas, que amenazaban con
acercarse cada vez más, casi puedo jurar que sentía la fuerza del viento que
emitían sus movimientos alrededor de mi cama, en cada ocasión más cerca de mí.
Gritar, insultar, pedir auxilio y quizá rezar
eran alternativas absolutamente inútiles, al contrario, entre más vehemencia
trataba de imprimir a mi voz y a mis movimientos más cercana sentía la
presencia de aquellas sombras. No tardaron mucho en comenzar a rozar mis
extremidades, a presionarlas, a someterlas. No recuerdo cómo o en qué momento
ya estaban sobre mi pecho y mi cuello, soy incapaz de describir el miedo y la
impotencia que me acontecían en esos momentos. Por algunos instantes perdí todo
control y sensibilidad sobre mi cuerpo, creí que todo había terminado.
Silencio.
Una ligera sensación de humedad que
recorrió mi espalda y mis piernas me hizo recobrar la conciencia, me avergoncé
un poco pues creí que a causa de todo aquello, había perdido el control sobre
mis esfínteres, pero me sentí feliz de sentirme de nuevo.
¡Qué ingenuo fui!
Hubiera preferido mil veces la vergüenza
de haberme orinado y no lo que ví al despertar.
La humedad de mi espalda se debía a la
torrencial lluvia que caía esa noche, mientras que mis piernas estaban
sumergidas en la mitad del río cuando me desperté. Ahí, bajo la sombra de aquel
sauce maldito, en medio del caudal de aquel río en el que, otrora mi abuelo
pudo perder la vida yo acababa de recobrar la conciencia. No sé qué animales
hacen tanto eco cuando se ríen, o al menos eso me pareció cuando las múltiples
sombras antropomorfas se confundieron con las agitadas ramas del sauce.



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