Apuntes preliminares para leer a Lovecraft

 Por Rubén Gómez 

@esquirlas_filosoficas


Si entre los miembros del auditorio que me acompañan esta noche, alguien conoce la obra de Howard Phillips Lovecraft, permítame, metafóricamente, estrechar su mano, congratularnos por las emociones derivadas de su lectura y compartir lo que resta de este texto; si, por el contrario, el muchacho enfermizo de Providence, Rhode Island, le resulta un completo desconocido, permítame presentárselo con algunas de sus mejores credenciales: sus obras y algunas de las magníficas aportaciones que logró para el género de terror durante el siglo XX.

Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island; su padre fue Winfield Scott Lovecraft y su madre  Sarah Susan Phillips. Cuando Lovecraft tenía tres años su padre sufrió una crisis nerviosa en un hotel de Chicago, tal condición lo mantuvo en cama casi cinco años hasta el 19 de Julio de 1898 cuando falleció bajo el diagnóstico de paresia general, una fase terminal de la neurosífilis. Luego de la muerte de su padre, Howard fue criado por su madre, sus tías Lilian y Annie, y su abuelo materno Whipple Van Burren Phillips, quien le compartiría su gusto por la literatura fantástica, los relatos arcaicos y los libros de su biblioteca personal,  su abuelo constituiría una influencia académica y formativa de suma importancia en los primeros años de nuestro autor.

Sin embargo; en 1904 ocurrió para el joven Lovecraft uno de esos eventos que nos harían asentir sin ningún miramiento a las primeras líneas de su relato Arthur Jermyn, el mono blanco, que:

La vida es una cosa espantosa y detrás de lo que nosotros sabemos de ella, acechan demoníacas verdades que a veces la hacen doblemente espantosa.[1] 

Hablo del fallecimiento de su abuelo Whipple Van Buren Phillips, hecho que dejaría notablemente en desbalance a Lovecraft, que entonces contaba con catorce años de edad, el muchacho quedó tan afectado por la pérdida de quien alguna vez tomó el lugar de su padre y de la casa que le vio nacer, que consideró el suicidio durante algún tiempo.  Aunado a ello, la mala gestión de las propiedades y de la herencia obligó a la familia (su madre y sus tías) a mudarse, lo cual, supondría otra ruptura anímica-moral para la tranquila vida de nuestro autor.

Siguiendo lo que S. T. Joshi -uno de los principales biógrafos de nuestro festejado- dice sobre esta misma etapa, nos encontramos con tres eventos notables: la afición de Howard Phillips Lovecraft por los casos de Sherlock Holmes y la creación de su propia agencia de detectives derivada de tal admiración, que a los quince años escribió su primer relato La bestia en la cueva,  y que en  1906 tendría su primera aparición en letra impresa, siendo que el Providence Journal publicó una carta suya en la que, como materialista científico, rechazaba abiertamente a la astrología… Lo cual nos permite entrever su clara oposición a la pseudociencia, no así a las increíbles posibilidades que alberga el cosmos.

Pero ese marcado rechazo a las pseudo-ciencias resulta comprensible cuando consideramos que la obra de Lovecraft se desarrolló a la par de la tradición positivista en la ciencia durante la primera mitad del siglo XX. Es pertinente recordar que las pretensiones del positivismo venidas desde Auguste Comte y hasta personajes como Rudolf Carnap y otros miembros del círculo de Viena, o mejor llamado Círculo de Viena para la concepción científica del mundo estaban principalmente enfocadas en la desacreditación de cualquier tipo de conocimiento o investigación que careciera de una metodología científica que orientara su desarrollo.

Así pues, es un común denominador que los protagonistas de las narraciones lovecraftnianas sean siempre individuos cuyo grado de erudición excede notablemente la media, son hombres versados en distintas disciplinas del conocimiento: físicos, químicos, geólogos, geógrafos, biólogos, médicos, historiadores, artistas y hasta estudiantes de filosofía, o más propiamente de metafísica, como se narra, por ejemplo en La música de Erich Zann

Básicamente, puede entenderse este elemento como una preparación por parte de Lovecraft ante las objeciones positivistas o cientificistas que pudieran aparecer a sus narraciones; son los relatos de “hombres de ciencia” que palidecen, enloquecen o mueren ante los abismos insondables del cosmos y/o los misterios que se albergan en él.

Sobre este punto, tenemos la consideración de Juan Antonio Molina Fox en el estudio introductorio al segundo tomo de la narrativa completa de Lovecraft en editorial Valdemar, quien a lo largo de dicha introducción lo considera un pesimista cósmico.

«Lo que caracteriza a la ficción lovecraftniana [...] es la utilización de elementos de la tradición gótica reinterpretados en términos científicos. Sus relatos expresan la soledad y la pequeñez de la condición humana en un universo infinito y amoral, azaroso y hostil, carente de significado y angustiosamente ajeno a nuestras preocupaciones y cavilaciones. Pero el miedo ya no lo provoca el morboso encuentro con cadáveres o espíritus, sino la conciencia de nuestra precaria situación en el mundo. La vastedad y extrañeza del universo contrasta con la importancia cada vez menor de los seres humanos dentro del esquema general».[2]


Pero, ¿Hay más elementos para considerar a Lovecraft un pesimista cósmico?

Seguramente sí, siempre que consideremos la constante tendencia a la “desvalorización” del hombre, siempre que se considera lo ínfimo de los alcances que tienen la mayoría de los individuos y lo absurda que resulta la ufanía del género humano cuando es considerado desde una perspectiva cósmica. También si consideramos que desde una perspectiva pesimista a mayor grado de conocimiento y claridad que gana un hombre en su comprensión del mundo, mayor será su grado de sufrimiento; justamente lo que pasa con la mayoría de los protagonistas de Lovecraft, cuyos inexorables destinos son la locura o la muerte. Una exposición más clara de este aspecto la he trabajado ya en la conferencia “Remanentes del pesimismo schopenhaueriano en la obra de H.P. Lovecraft”

Reseñemos algunos ejemplos de sus relatos para identificar estos rasgos y, en un segundo momento para recomendar algunas lecturas, quiero empezar compartiendo mis impresiones del relato con el que conocí a nuestro autor: El murmurador en la oscuridad.

Puedo decir que es una de sus narrativas noveladas más extensas, consistentes y detalladas; está ambientada en las faldas de las frondosas e insondables colinas de Vermont. A través del relato se detallan las indagaciones de Albert Wilmarth, profesor de literatura de la (ficticia) universidad de Miskatonic, luego de las anomalías (una suerte de seres animaloides de consistencia y formas inextricables) que salieron a flote con las inundaciones ocurridas en el verano de 1927 en aquella región.  Es por medio de una relación epistolar con un campesino del lugar llamado Akeley, que Wilmarth nos relata el acoso nocturno al que "unos seres venidos del planeta más allá de Neptuno, Yuggoth" (para ese momento aún no se consideraba Plutón como planeta) someten al campesino y a sus perritos hasta hacerlos sucumbir por medio de múltiples persecuciones nocturnas, mismas que solo eran mitigadas por la luz de la luna en medio de aquel desolado escenario.

Así mismo, tenemos el relato de Los sueños en la casa de la bruja, narración a través de la cual conocemos a Walter Gilman, un estudiante de física y matemáticas que ve trastocada la tranquilidad de sus descansos nocturnos a raíz de sus asiduas investigaciones relacionadas con una serie de enigmáticas ecuaciones sobre geometrías no euclidianas y el vínculo de éstas con algunas tétricas prácticas de brujería. El joven matemático en formación, Walter Gilman, nunca supo si la fiebre trajo esos alucinantes sueños o si esos sueños alucinantes trajeron la fiebre. Al final,  Gilman terminaría siendo víctima de sus inenarrables visiones nocturnas protagonizadas por una bruja y su mezquino acompañante: una rata de facciones antropomórficas llamada Brook Jenkins.

Y vamos a cerrar con la que quizá, es la obra más popular de Lovecraft, La llamada de Cthulhu. Una obra que, a 95 años de su publicación no deja de fascinarnos, pues al fin y al cabo toca un tema que aun a la fecha resulta enigmático, hablamos de las posibles maravillas y misterios que seguramente se albergan en el lecho marino; ignoramos que hay en las profundidades de los océanos, la exploración en la fosa de las islas marianas solo nos ha permitido sumergirnos poco más de 10 kilómetros, el punto más profundo del océano (hasta ahora). 

Releamos las líneas iniciales de La llamada de Cthulhu:

“La cosa más misericordiosa en el mundo, creo yo, es la incapacidad que tiene la mente humana para correlacionar todo lo que contiene. Vivimos en una plácida isla de ignorancia rodeados por los negros mares de infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, cada una moviéndose en su propia dirección, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá tales panoramas aterradores de la realidad y a la endeble posición que en ella ocupamos, que habremos de enloquecer ante la revelación, o bien, de huir de esa funesta luz hacia la paz y la seguridad de una nueva edad oscura”.[3]

El mérito de Lovecraft estriba en que por medio de sus relatos y novelas nos vuelve patente cuán vulnerable es la condición humana en el entramado cósmico; así como lo frágil que resulta su cordura y su juicio cuando los acontecimientos que atestigua, exceden o sobrepasan el marco teórico de explicaciones racionales bajo las cuales asimila e interpreta la realidad. Lo cual, no es otra cosa que la obliteración de las llamadas “leyes naturales”. Esto es, la apertura al terror cósmico.

¿Por qué leer a Lovecraft? Porque es una puerta a lo fascinante, un catalizador del asombro para los lectores que gusten aventurarse en el conocimiento de la inmensidad del cosmos, de los fenómenos, misterios y maravillas que este pueda contener.

¿Quiénes somos, de dónde venimos, por qué estamos aquí o hacia dónde vamos?... Algunas respuestas a manera de ensayos, de esbozos ante estas incógnitas pueden encontrarse entre sus páginas, sin que ello signifique ninguna clase de doctrina, por el contrario, quizá las respuestas no sean tan consoladoras como esperamos…



 Referencias: 

[1] Lovecraft,  Howard Phillips Narrativa completa, Vol. I, editorial Valdemar, España 2005, pág, 205.

[2] Molina Fox, Juan Antonio,  Estudio introductorio a Narrativa completa. Vol. II, Editorial Valdermar, España, 2005, pág 19. 

[3] Lovecraft, Howard Phillips, “La llamada de Cthulhu”, editorial Mirlo, México, 2017, pág 23. 

 

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