Lectura y guapura: ¿leer nos hace más guapos (o no)?

Por Rubén Gómez

@rockben05

Marilyn Monroe y Arthur Miller

El día internacional del libro nos ha permitido reparar ya en ocasiones anteriores sobre la cuestión ¿por qué leer? De manera generalizada, y quizá, un tanto acrítica, hemos convenido y reproducido el juico de que leer es bueno, útil y/o provechoso. Las campañas en radio y televisión nos recomiendan leer veinte minutos al día, los profesores desde la educación elemental se encargan de extender ese discurso sin reparar en las implicaciones que ello podría tener, y posiblemente, la familia de cada cual lo ha sermoneado sobre este punto, cargando a la lectura virtudes que no tiene.

Comencemos repasando algunas de las bondades que tiene un ejercicio constante de la lectura:

1.- “El límite de mi mundo es el límite de mi lenguaje” afirma Ludwig Wittgenstein en su obra más icónica, “El tratado lógico-filosófico”. El planteamiento de este autor nos invita a considerar que, la captación que cada quien tiene del mundo es del mismo tamaño que su vocabulario, es decir, la asimilación que tenemos del entorno es tan nutrida o tan escasa como lo sea nuestro léxico. Siempre pensamos con palabras o a partir de ellas, son el instrumento mediante el cual conectamos los elementos más disímiles de la realidad, si tenemos un vocabulario reducido, seguramente nuestra capacidad de análisis y reflexión sobre dichos elementos también lo será.

2.- En los libros (cabría considerar como excepciones de esta estimación a los textos redactados con un lenguaje muy elemental) aprenderemos palabras desconocidas, esas que se empolvan por la falta de uso, encontraremos otros nombres con los cuales llamar a las mismas cosas; quienes leen se apropian de nuevos términos cada vez, si se me permite una analogía, podríamos decir que, los libros son los gigantes en cuyos hombros hemos de apoyarnos para ampliar nuestros horizontes, o como dice Óscar de la Borbolla, leer para crecer porque: “Tenemos la estatura de los libros que hemos leído”.

3.- Sin embargo, la lectura no debe ser una imposición sino, más bien, debe ser asumida como una especie de gusto a la carta, pero sin que se tome de clasista al argumento, la lectura debe ser un gusto refinado, es decir, que leer se vuelva una auténtica conversación con algunas de las mentes más ingeniosas que el género humano ha brindado, una conversación en la que no nos descubran sino lo más selecto de sus pensamientos, como diría René Descartes. Si se piensa con un poco de detenimiento, la gentileza y enseñanzas morales de las fábulas despiertan el ingenio y estimulan la simpatía entre prójimos; las acciones memorables que cuentan las historias ficticias y verídicas elevan el ánimo y leídas con discreción, ayudan a formar el juicio respecto a determinadas valoraciones de nuestra vida: la propia y la que compartimos en comunidad.

4.- Aquellos que no leen sólo tienen una visión del mundo: la propia, que generalmente suele ser paupérrima. Sin embargo, la lectura de novelas permite establecer un contraste entre los mundos creados por tantos autores y el que nos toca vivir. Gracias a ello, se vuelve legítimo, lo mismo que auténtico, cierto sentimiento de inconformidad y discrepancia con la monotonía de nuestra realidad cotidiana. Comenzamos a formar un sentido crítico con respecto de los escenarios y discursos que aparecen en el entorno inmediato, la lectura adquiere entonces, un carácter emancipador.

5.- Sócrates y Arthur Miller podrían perfectamente ilustrarnos la manera en que la lectura nos ejercita en la retórica (el arte de hablar bellamente) y en construir discursos los suficientemente sofisticados al grado de que, a veces, esta elocuencia nos puede llegar a embellecer a ojos y juicios de los demás. Basta recordar que Alcibíades, entre otros aspectos, amaba a Sócrates por eso, y que, en el caso de Arthur Miller, sus lecturas y textos fueron lo suficientemente seductores para valerle un matrimonio con Marilyn Monroe (el símbolo sexual femenino del siglo XX). Perfectamente diríamos que la elocuencia y retórica derivadas de la lectura, constituyen una forma sutil de seducir y encantar a los demás; el humor y la risa con que se tiñe el diálogo son recursos agregados que abonan al mismo fin. Leer nos ayuda a hablar bellamente y hablar bellamente nos embellece frente a los otros.


Por ahora, dejaré aquí los puntos que resultan favorables a la lectura, esos que nos permiten afirmar que sí, que leer nos hace más guapos. Pero qué hay con la contraparte, ¿es el caso que podríamos enlistar algunos aspectos no tan favorables de la lectura, es decir, algunos motivos para afirmar que leer no nos hace más guapos?

Por supuesto que sí, también podemos afirmar que la lectura no nos hace más guapos, ni más ricos, ni más buenos. Quizá le hemos cargado a los libros y a la lectura virtudes que no tienen. Aquí algunas razones:

1.- Leer no nos hace más guapos, al contrario, gradualmente nos encorva la espalda y hace prominente el abdomen bajo a causa de la mala postura.

2.- No necesariamente nos hace más inteligentes, no todos los textos contribuyen favorablemente a este punto. Con todo respeto para quienes leen superación personal: redactar obviedades disfrazadas o maquilladas de verdades monumentales no tiene nada de extraordinario, es solamente revestir con colores atractivos una serie de falacias. A título personal, considero que ese tipo de textos tienen su éxito en los notables vacíos existenciales de muchos, la necesidad de respuestas para encarar la vida, y qué mejor que respuestas sencillas y positivas, aunque falaces cuando se analizan detenidamente. ¿Qué tipo de texto leerían los que no leen? Por ahí se perfila una respuesta.

3.- Por desgracia, leer no nos hace ricos, antes bien, podríamos decir que es un hábito que nos descapitaliza como lectores, la adquisición de libros, independientemente del formato que uno elija, requiere de una inversión constante, misma que no está en función de una remuneración inmediata. Si el lector es fan de las versiones electrónicas gratuitas ¡Qué maravilla! Si, por el contrario, al igual que su servidor, prefieren los formatos físicos, estamos en este problema.

4.- Si realizamos una lectura descuidada, sin considerar nuestra salud ocular, podemos comenzar a tener algunas complicaciones con la misma, desde la resequedad, la fatiga o hasta incrementar la miopía. No es clínicamente sano mantener de forma prolongada la vista en un solo punto y con caracteres tan pequeños.

5.- Perdemos muchas experiencias vitales por estar leyendo, la lectura se lleva las horas de nuestros días, y nos separa de la adquisición de otras experiencias. También se aprende viajando y experimentando el mundo.

6.- Es una falacia considerar que leer nos hace buenas personas. No hay una relación de causa-efecto entre un hecho y otro, no porque sean libros de moral, tratados de ética, fábulas o textos religiosos los que llenen nuestras estanterías significa que los lectores seamos mejores o buenas personas. Como decía Schopenhauer con relación a este punto, uno puede saber historia del arte o tener algunas nociones técnicas sobre determinados aspectos artísticos sin que ello le convierta necesariamente en un artista; uno puede saber teoría musical sin que eso le convierta en músico, uno puede saber todo lo que quiera sobre teoría moral o deontología y sería absurdo creer que eso nos moraliza o nos vuelve santos necesariamente.



Ojalá que, con el pretexto que supone la celebración del día mundial del libro, nos acerquemos un poco más a esos especímenes que resultan tan inusuales y raros en nuestros días, considerando siempre que “inusual” y “raro” no son sino un par de sinónimos con los que también se nombra a lo extraordinario.

Finalmente: ¿Qué otras virtudes sí tienen los libros? Y ¿Qué otras virtudes que no tienen le hemos cargado a los libros?

¡Los leo!


 

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