La lámpara roja: Arthur Conan Doyle más allá de Sherlock Holmes
Por Rubén Gómez
@rockben05
Sir Arthur Conan Doyle cumplió 164 años esta semana y,
aunque en alguna ocasión ya había dedicado un texto para él: “Conociendo a Sherlock Holmes, el personaje que eclipsó a su creador”, lo hice con el
objetivo de resaltarlo como un autor que fue subsumido bajo el halo de su personaje
literario principal.
Sin embargo, en esta oportunidad tomaré como excusa su
obra La lámpara roja: realidades y
fantasías de la vida de un médico para tematizar, justamente, su ejercicio
profesional como médico. Porque sí, antes de aventurarse en la creación y
escritura de los múltiples casos de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doyle estudió
medicina y ejerció dicha profesión tanto en el terreno de la consulta doméstica
como al servicio de la milicia británica durante la década de los 80´s en el
siglo XIX.
Para 1894, año en que publicó La lámpara roja, Conan Doyle ya gozaba de la fama y el reconocimiento
que había alcanzado con las publicaciones de Sherlock Holmes, precisamente, a
causa del éxito de su personaje, había abandonado gradualmente la práctica
médica. Dicho texto bien podría considerarse como un homenaje a sus años en la
faceta de médico, unos honores conformados por una serie de relatos que solo tratan de ser un reflejo, con las suficientes dosis
de realismo de la práctica de la medicina.[1]
En el prefacio a su texto, Conan Doyle confiesa que: No es posible escribir a la ligera acerca
del ejercicio de la medicina, pues las situaciones a describir son tan
variopintas que van desde la entereza del carácter, el heroísmo, los sacrificios
por amor, hasta las más amargas pruebas o los casos más extraños, tétricos y
oscuros abordados por los cirujanos.
Así pues, si la descripción del ejercicio médico no es
precisamente la descripción de pasajes gratificantes, inspiradores y hermosos
en la mayoría de los casos, y si, por el contrario, nos pone de relieve un
amplio catálogo de desgracias humanas, disputas entre semejantes y en general,
múltiples formas de hacer patente nuestra fragilidad frente a los potenciales
padecimientos o enfermedades que podrían aquejarnos en algún momento…
¿Por
qué reflejar algo tan ingrato? -y
responderá el propio Conan Doyle- Es
competencia de la imaginación tanto lo que nos parece triste como lo que nos
resulta placentero. Bienvenidas sean las cosas que nos ayudan a pasar un mal
rato, pero nada más, porque soy de la opinión de que valen tanto como aquellas
que nos permiten poner de relieve la importancia de la faceta más seria de la
vida.[2]
Luego de exponer esta consideración, nos dice que esta
serie de relatos pueden homologarse a lo que, en el campo de la medicina,
serían los remedios alternativos, de sabor amargo pero estimulantes y
necesarios en algunas ocasiones. Pues son narraciones que nos llevan más allá
de la manera en que habitualmente pensamos, nos orillan a enfrentarnos con la
gravedad de las cosas, con ese cariz severo y no tan amable con que a veces las
maquillamos para volverlas más soportables.
Pese a que hay una distancia considerable entre los
temas que Conan Doyle trabajó a través de los diferentes casos de Sherlock
Holmes y los que presenta en La lámpara
roja, resulta imposible no encontrar múltiples semejanzas entre ambas narrativas:
siempre es un médico el que nos escribe; Watson en el primer caso y los
diferentes narradores – ya sea en primera como en tercera persona– en los
relatos que componen el susodicho compendio.
A Conan Doyle lo delata ese uso particular de los
tecnicismos para describir la condición clínica de los involucrados, la
precisión para nombrar las patologías que van apareciendo en cada ocasión y ese
característico sello para nombrar emociones, y eventualmente, contagiarlas por
medio de las palabras a quienes lo leemos.
En particular, hay dos narraciones de este texto a partir de las cuales me permitiría recomendarlo. La primera de ellas es El caso de Lady Sannox, pues constituye un grandioso ejemplo para hablar con acierto sobre lo violentos e iracundos, o de lo silenciosos y astutos, que pueden ser los actos de algunos individuos cuando el amor convertido en venganza es el sentimiento que los alimenta. Conan Doyle nos invita a considerar que una gran cantidad de asesinatos y crímenes; ya sean violentos o premeditados para ejecutarse con sigilo y discreción, se cometen en nombre del amor, o bien, están motivados por esas conservas amargas en que suele convertirse cuando se ve traicionado: celos y venganza.
Debe ser más que frustrante para un médico haber salvado a múltiples personas de las crisis más complejas o de los diagnósticos menos prometedores y no poder replicar lo mismo con aquellos que ama. Más aún, no alcanzo a imaginar lo que sentirán cuando es un error suyo el que pone en entredicho la vida de sus seres amados. Precisamente ese es el caso del doctor Douglas Stone con su amante Lady Sannox, uno nunca está suficientemente preparado cuando son los celos y la venganza quienes empujan la mano que golpea sobre nuestros intereses: un teatro, tres actores, un drama amoroso y un director caprichoso que nos recuerda que, como decía Hobbes, la razón es la espía de las pasiones y que todos somos asesinos potenciales. Perder los estribos y cometer alguna estupidez de la que, eventualmente, nos arrepentiremos por causa del amor, los celos o la venganza, es algo más ordinario, más común, de lo que quizá estamos dispuestos a aceptar.
La segunda de las narraciones que me atrapó se titula Consideraciones de un cirujano, misma que
aborda el recuento de algunas de las memorias más significativas de un médico
veterano en el ocaso de sus días, hacia un joven que apenas inicia su ejercicio
como doctor. Un recuento que contempla desde su primera consulta, su primera
visita al quirófano y sus incursiones en la cirugía experimental de finales del
siglo XIX.
Entre anécdota y anécdota, el viejo cirujano deja
entrever algunas opiniones que bien podrían ser las del propio Conan Doyle a propósito
de la condición humana:
Hay
gente que opina que cuanto mayor es el trato con la naturaleza humana y más
íntimo el contacto con ella, menor es el respeto con que se le considera.[…] Si
bien la maldad es la que suele aflorar a la superficie, las capas más profundas
son buenas.[3]
¿Necesariamente tenemos que ser médicos para suscribir
dicha opinión? O ¿Nos bastan unos cuantos años de convivencia con algunos de nuestros
semejantes para corroborarlo de primera mano?
Sin embargo, a medida que avanzan las Consideraciones
de un cirujano uno va encontrado otras claves y quizá, algunas
recomendaciones para hacer más llevadera la práctica medica, pero que, a título
personal, también considero que podrían ser extensivas y aplicables para otras
actividades (el ejercicio docente, guiño, guiño):
No
creo que haya que recordarle, mi joven amigo, que cuanta menos experiencia
tiene un médico, más elevado es el concepto que defiende de la dignidad de la
profesión que ejerce […] Ya tendrá tiempo de descubrir, muchacho, que son
tantas las tragedias que ve un médico a lo largo de su vida que nadie es capaz
de soportarlas si no es con esa vertiente cómica que contribuye a aliviarlas de
vez en cuando.[4]
Y aunque ahora será con otras palabras, reiteraré las
preguntas que formulé líneas arriba: ¿Tenemos que ser médicos para suscribir
esta consideración? O, es que acaso, según a lo que cada uno dedique sus días, ¿Nos
hemos tomado las cosas con demasiada seriedad? No era mi intención terminar con
algunas cuestiones sobre la suficiencia de la dedicación que cada cual imprime
a sus actividades cotidianas, pero tal parece que, como decía Arthur Conan
Doyle, estos relatos nos ayudan a pensar más allá de la manera en que
habitualmente lo hacemos.
Una lectura recomendada para mis conocidos en el campo
de las ciencias médico-biológicas, pero también para todos los que quieren
conocer nuevas formas de reflexionar sobre eso que insistimos en llamar (quizá a falta de
un nombre más preciso): Condición humana.
Leo sus comentarios.
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